OPINIÓN

En busca de los valientes

Políticos, currantes, artistas... los aburridos viandantes nos pasamos la vida buscando modelos contra la cobardía

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A quienes, como el arriba firmante, somos de natural apocado (que es una manera autocomplaciente y huidiza de decir cobarde) sentimos una devoción que roza lo religioso por los valientes. En casa del carnicero se suspira por la caballa y en la del pescadero, porque aumenten las cuotas de pesca. Los dioses, bajo nacarados disfraces celestiales, son, en su omnipotencia, aburridos funcionarios de la eternidad que tienen la gracia por castigo. Son los héroes mortales con sus miserias, con sus temores, con sus cicatrices y con sus dudas los que desbrozan el camino por el que el resto de contribuyentes debemos transitar.

Les confesaré (atranque puertas y cierre ventanas) que no me gustan los toros. El espectáculo del ruedo es tan grandioso como grosero, tan colorido como blanquinegro. Pero contemplar a Juan José Padilla lleno de heridas, con el gesto torcido y la mano serena decirle a la muerte que está apagado o fuera de cobertura me da escalofríos. Yerran quien pirata llaman al jerezano, él es más marino viejo, un Churruca al que un arcabuz de 400 kilos le ha volado el ojo y grita un que siga la fiesta, aquí no ha pasado nada. «Oiga usté, que sacó una bandera con un pollo» me reprochará, con más razón que un santo, el que quiera juntar aquellas churras con esta merina.

No crean que en este infierno de cobardía me quemo solo. Los millones de asalariados de este país tememos perder nuestro chusco de pan por un quítame aquí esas corbetas. Por eso, cuando hombres y mujeres de Navantia levantaron el mono (o el pantalón de traje, que el hábito no quita el susto) del asiento para decir «aquí estamos nosotros» me contagió su fervor que, como toda hazaña, buscaba épica para ganar a la tragedia. «Oiga usté, que la tragedia se la van a llevar en Yemen», me responderá quien determina hasta dónde alcanza la sombra del verdugo.

Cerca de Gaugamela, Alejandro Magno dejó atrás a sus soldados y se metió con su caballo en un río para perseguir al enemigo. Cuando ellos le miraron avergonzados por su cobardía él les respondió, más o menos según la leyenda: «Con el valor se gana el respeto». Lo admiro aunque soy más de persas que de griegos y que me recriminen lo que quieran quienes deshacen ‘retuises’ escatológicos, plagian doctorados presidenciales, trampean másteres oportunistas o, simplemente, son valientes juntando cobardes.