José Landi - Opinión

¿Adónde van los coches?

Que nada más obligar al pago aparezcan cientos de plazas libres a diario donde antes no cabía un coche demuestra una cosa: esos conductores tienen alternativa

José Landi
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Menos mal que ya escriben tantos, tanto, que sólo les da tiempo a leerse a sí mismos. Nadie lee nada de otros. Mejor. Así no habrá enfados. Porque los residentes se enfadan siempre, por todo, mucho. Son esos seres entre la última juventud y la primera vejez que pueblan Europa. Aterrorizados ante la posibilidad de que el menor cambio –una brizna de Levante, un ruido cercano, un grado menos en la leche que corta el café...– pueda romper su sacro bienestar. Nunca esperaron tenerlo tan grande y largo. Y viven asustados por si encoge. Complicado combinar solaz y terror. Los tenía por incompatibles.

Será por tanta comodidad que tienen los nervios de punta y al menor comentario, saltan. O saltaban. Ahora están muy ocupados, enredados a tiempo completo, o tratando de frenar en asamblea vecinal los efectos salvajes del capitalismo yonki o de su hija: la revolución de pega y paga. Eso sí, en privado aún alquilan a su madre moribunda como porteadora para mudanzas si la oferta es conveniente. Ni hablemos de pisos, trasteros y habitaciones. A esos susceptibles vecinos –contribuyentes a regañadientes, alérgicos a los seres humanos– o concretamente a los del Paseo Marítimo y alrededores quería hacerles una pregunta retórica (quiere decir que no espera respuesta): ¿Adónde van los coches? ¿adónde los habéis metido?

Ha sido poner el Paseo Marítimo y calles adyacentes como aparcamiento de pago, por horas, naranja o azul, y relucen a diario hectáreas de plazas libres en lugares donde, cuando es gratuito, no cabe un folio A4 en batería. Conste que la zona azul me parece la más mezquina y maquiavélica obra del invertencionismo estatal en nuestras vidas. Conste que los aparcamientos subterráneos privados me parecen el más repulsivo sector comercial, a la altura del tabaco (sin distinguir entre estanco y contrabando), las farmaceúticas, el periodismo y los vendedores de alarmas antirrobo.

Pero el hecho incuestionable de que esos miles de coches hayan desaparecido, de que decenas de plazas brillen libres durante horas y horas, demuestra un hecho irrefutable: los que aparcaban ahí, los que se quejan tanto, tienen una alternativa. No creo que sea pagar un potosí en un subterráneo cuando quieren ahorrarse el parquímetro. Quizás sí aparcar más lejos, o ir andando, o en bus, o en bici, o en moto. O tienen otra legítima (plaza) por ahí. Lo que sea, pero alternativas existen. Las he visto en forma de huecos. También las habrá cuando el Paseo, de Ingeniero La Cierva a Cortadura, sea por fin peatonal, bulevar al fin. Por más que vecinos y residentes se rompan la camisa llorando por no saber cómo llegar a su amado garaje o los repartidores –esos conductores ejemplares que siempre van pensando en los demás, despacito y dejando paso– amenacen con alzarse en armas.

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