Vamos a perdernos

Baker lo tiró todo por la borda pero siempre se mantuvo fiel a la música

Pedro García Cuartango
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Ha pasado totalmente desapercibido, al menos en España, el aniversario de la muerte de Chet Baker, que se mató al caerse por la ventana de un hotel en Amsterdam en circunstancias no aclaradas. Han pasado 30 años y su figura en el mundo del jazz no ha hecho más que agrandarse hasta convertirse en un mito. Pocas semanas antes de su muerte había actuado en el colegio San Juan Evangelista de Madrid, donde yo descubrí el jazz a principios de los años 70 gracias a Tete Montoliu y Pedro Iturralde.

Chet Baker era el gran genio de la trompeta junto a Miles Davis, aunque sus estilos son muy distintos. La forma de interpretar de Baker resulta más intimista y melódica, mientras que Davis es una fuerza de la naturaleza con una maravillosa originalidad.

En sus últimos años, Baker estuvo en la cárcel por tráfico de drogas y mostraba un aspecto físico demacrado, sin dientes, con profundas arrugas en su cara. Parecía un mendigo. Un vivo contraste con su apariencia juvenil cuando la cámara le mimaba en los años 50 y era el ídolo de millones de mujeres americanas.

Hay una película estremecedora, rodada por Bruce Weber meses antes de su triste final, en la que Baker exhibe su decadencia no exenta de un talento musical que no menguó hasta su muerte. El documental se titula Let’s Get Lost, que podríamos traducir como vamos a perdernos.

Las primeras imágenes son impresionantes porque un jovencísimo Chet aparece filmado en una playa de California junto a dos chicas que bailan sobre la arena mientras el viento agita sus ropas. Luego la cámara le muestra en el presente, bajo los efectos de la heroína, en una limusina que avanza por una autovía bajo las palmeras que se mecen en la brisa nocturna. Está recostado en el asiento de atrás y hay dos mujeres que ríen a su alrededor. Habla confusamente y, tal vez, sabe ya que le falta muy poco para morir.

Como le sucedió a John Coltrane, Charlie Parker, Bill Evans y al propio Davis, Chet Baker fue devorado literalmente por las drogas que le convirtieron en un guiñapo. Llegó al fondo en su degradación personal y no remontó jamás, lo que milagrosamente no parecía afectarle cuando tocaba la trompeta.

He pensado algunas veces que Baker era un reverso de Dorian Gray, el personaje de Wilde que sólo envejece en el cuadro que le retrata mientras se mantiene joven para quienes le ven. Al trompetista le sucedía lo contrario: su aspecto físico se deterioraba de forma impresionante mientras su música ganaba en pureza y sonoridad.

Baker lo tiró todo por la borda, perdió el amor de sus mujeres y murió solo y arruinado. Pero siempre se mantuvo fiel a la música, como una amante a la que era incapaz de dejar y a la que consagró todos sus afanes. Cuando le oigo tocar junto a Paul Desmond en Together se me encoje el corazón porque es imposible expresar mejor los sentimientos que en esa grabación. Y es que siempre nos quedará su You Can’t Go Home Again como un refugio al que volver.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango