Imagen del desfile militar celebrado ayer en Corea del Norte
Imagen del desfile militar celebrado ayer en Corea del Norte - REUTERS
EDITORIAL

Editorial: Respuesta global frente a Pyongyang

Es de esperar que la nueva Administración de EE.UU. consensúe con sus socios y aliados los pasos que vaya a dar contra el régimen de Corea del Norte

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La situación en torno a la península de Corea ha devuelto al mundo a un ambiente de tensión prebélica de una intensidad que no se recordaba desde el fin de la Guerra Fría y que se suma a una sucesión de acontecimientos en los que el nuevo presidente norteamericano ha hecho incontestables exhibiciones de musculatura militar. Del aislacionista «America First», Washington ha pasado sin solución de continuidad a una actitud de intervención proactiva en todos los puntos candentes del planeta. También es oportuno recordar que los conflictos no desaparecen cuando se ignoran, como se le podía reprochar sin duda al expresidente Barak Obama.

En la historia reciente, los dirigentes de las principales potencias mundiales se vieron obligados a hacer una proverbial gala de sangre fría antes de dar un paso que podría haber sumido al mundo en una devastadora guerra nuclear, como fue el caso de la crisis de los misiles en Cuba. Fidel Castro fue el único que entonces dejó claro que no se sentía intimidado por la situación, y de ser por él, habría hecho estallar el conflicto atómico, del mismo modo que, en estos momentos, del tirano norcoreano Kim Jong-un puede esperarse cualquier provocación insensata. Esa es la diferencia entre una dictadura y una democracia: sin necesidad de rendir cuentas de sus actos, fuera o dentro de sus fronteras, los regímenes totalitarios pueden llevar a cabo las mayores atrocidades. De un sistema democrático, en cambio, se espera que tenga en cuenta intereses que están por encima de la propia coyuntura. Es ese espacio donde se suelen mover los grandes líderes, aquellos que son capaces de generar un consenso internacional, sobre todo con sus aliados, para fraguar una respuesta común.

Evidentemente, si Pyongyang y su extravagante y despótico líder se empeñan en fabricar armas nucleares y pretende usarlas para intimidar al exterior, será imposible evitar que el mundo libre tome medidas para impedírselo. Pero ello deberá hacerse siempre de forma racional y reflexiva. Desde que Trump empezó a utilizar las prerrogativas de su cargo como comandante en jefe, ha intervenido en cuestión de días en todos los conflictos abiertos, desde Siria a Afganistán, y seguramente esas acciones fueron un acierto si nos atenemos a la respuesta aquiescente que (sobre todo la primera) obtuvo de los aliados de Washington. Es de esperar que la nueva Administración de la Casa Blanca consensúe con sus socios y otros países amigos con peso en el tablero internacional los pasos que vaya a dar en Corea del Norte, sin caer en la provocación que Kim Jong-un parece dispuesto a perpetuar en este recalentamiento del clima geoestratégico.