EDITORIAL ABC

El odio de ETA no ha dado tregua

Es fundamental que los partidos constitucionalistas cierren filas para arrancar de la sociedad el germen totalitario que en su día plantó ETA

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Acaban de cumplirse cinco años desde que ETA anunció el cese de su actividad, que no su disolución ni la imprescindible entrega de armas, pero la terrible lacra del terrorismo no solo ha dejado tras de sí un numeroso reguero de víctimas y un ingente sufrimiento colectivo, sino que también ha dado en herencia una despreciable cultura de odio, rencor e inquina, cuyo veneno es necesario extirpar mediante la cooperación y el compromiso de quienes defienden la libertad y la democracia. La salvaje agresión que sufrieron la semana pasada dos guardias civiles y sus parejas en la localidad navarra de Alsasua a manos de un grupo de radicales pertenecientes a la izquierda abertzale es un fiel reflejo de ese odio a todo lo que suene a España que, bajo el delirio utópico de construir Euskal Herria, todavía anida con fuerza en parte de la sociedad vasca y navarra, e incluso de forma mayoritaria en algunos pueblos y ciudades de ambas regiones.

El hecho de que Bildu se haya consolidado como segunda fuerza en las últimas elecciones autonómicas del País Vasco da buena cuenta de la magnitud y gravedad del problema. El partido de Arnaldo Otegui se negó a condenar la brutal paliza de Alsasua, frustró la declaración institucional que pretendía realizar el Congreso el pasado jueves para exigir la disolución de ETA, aprovechando el aniversario del cese del terrorismo, y lo peor de todo es que amenaza con vulnerar la ley y el Estado de Derecho para imponer su particular ideario si algún día llega a alcanzar el poder. Bildu alienta desde el terreno político esos focos de odio extremo que, en el caso concreto de Alsasua, centran su atención en la Guardia Civil, pero cuyo único objetivo, en el fondo, no es otro que amedrentar a quienes piensan de forma diferente a ellos. No es casualidad, por tanto, que los agresores de la Benemérita sean también miembros del movimiento abertzale Ospa, una mutación de la antigua "kale borroka" que es muy conocida en la zona por sus constantes burlas y ataques hacia la Guardia Civil y la Policía Foral de Navarra.

Frente a la violencia, el odio y el radicalismo no caben medias tintas ni ponerse de perfil. Ahora corresponde a la Justicia investigar los hechos para, en caso de que los detenidos resulten culpables, castigar a los agresores con todo el peso de la ley por un posible delito de odio, tal y como establece el Código Penal. La respuesta judicial debe ser contundente para evitar ataques similares en el futuro. Pero, al mismo tiempo, es fundamental que los partidos constitucionalistas cierren filas, evitando así los despistes que en ocasiones protagonizan los socialistas vascos, para arrancar de la sociedad el germen totalitario que en su día plantó ETA y condenar sin ambages este tipo de actos. Es de agradecer que el PNV haya optado, al menos, por no echarse al monte en esta materia.