La Tercera

Moscardó, Neville, Reagan

«La llamada ley de Memoria Histórica de 2007 proclamaba la reconciliación entre los españoles para “contribuir a cerrar heridas todavía abiertas”, y en la Proposición de Ley presentada por el PSOE el pasado año, una nueva vuelta de tuerca, se señala que responde al “principio que nos condujo hacia una democracia estable y consolidada: la concordia”. Pero esas buenas intenciones son desmentidas por los hechos»

Escritor y Académico correspondiente de la Real Academia de la HistoriaActualizado:

Personalmente ya me ha afectado una de las iniciativas visibles del Gobierno municipal madrileño «del cambio». Entre más de medio centenar de calles ha cambiado el nombre de la mía. Pese al compromiso de un teniente de alcalde que decora su despacho con un póster de Lenin, no se han arbitrado ayudas para los gastos que supone a las empresas, comercios y particulares afectados, aunque el edil aseguró que «la partida presupuestaria está ya aprobada». Como para fiarse de su palabra. Previamente tampoco se había producido una de esas consultas ciudadanas a las que tan aficionada es la izquierda radical cuando cree que las ganará.

El cambio de nombres en el callejero se produce tras decisiones judiciales en su caso recurridas. Hay recursos judiciales abiertos, pequeñez que en nada inquieta a la alcaldesa, juez de profesión, ni al responsable de la Oficina de la Memoria Histórica; declaró que si se perdían los recursos se modificarían los nombres no por vía judicial sino «aplicando la Ordenanza que regula el callejero».

«Mi calle» se titula una emblemática película de Edgar Neville, ilustre escritor, dramaturgo, humorista y director de cine al que se ha dado el nombre de la calle que se dedicaba al capitán general José Moscardó Ituarte. Mi calle. El conde de Berlanga de Duero, título que ostentaba Neville, es más que probable que no hubiese deseado ser sustituto en el callejero del general Moscardó, conde del Alcázar de Toledo. Es obvio que Edgar Neville merece una calle con su nombre, pero deberían plantearse decisiones no excluyentes, que no borren páginas de la Historia sino que la completen.

En Madrid hay monumentos y calles dedicados a personajes que no coincidieron precisamente en sus posiciones políticas: Castelar, Cánovas, Espartero, Narváez, Calvo-Sotelo, Prieto, Largo Caballero… Y los dos últimos fueron golpistas confesos en octubre de 1934, la sangrienta revolución de Asturias. Deberíamos acostumbrarnos a esta pluralidad. No es siempre así. En el Congreso de los Diputados hay bustos de Prieto y de Besteiro pero no de Calvo-Sotelo, uno de sus miembros destacados, asesinado por fuerzas del Gobierno republicano el 13 de julio de 1936. Ahora se quiere recordar a generales de la guerra civil excluyendo a otros de la contienda pero del bando contrario; algunos de ellos eran compañeros de academia militar y amigos aunque adversarios.

Los casos de falsificación histórica son múltiples. Vivimos la apoteosis del maniqueísmo. Por ejemplo, se homenajea a los voluntarios de las Brigadas Internacionales, invento de la Komintern de Stalin, que no vinieron a España precisamente para defender la democracia sino para emular la Revolución de 1917 en Rusia. Leamos a Orwell entre tantos otros.

La llamada ley de Memoria Histórica de 2007 proclamaba la reconciliación entre los españoles para «contribuir a cerrar heridas todavía abiertas», y en la Proposición de Ley presentada por el PSOE el pasado año, una nueva vuelta de tuerca, se señala que responde al «principio que nos condujo hacia una democracia estable y consolidada: la concordia». Pero esas buenas intenciones son desmentidas por los hechos.

El callejero en un sistema democrático debería reflejar unión y no confrontación ni exclusión; no tener como referencia una tragedia de hace ochenta años cuyo poso es anterior al fallido golpe militar del 18 de julio

Edgar Neville estuvo a punto de ser fusilado en Madrid, huyó, pasó a la llamada zona nacional, y colaboró con sus servicios de propaganda. Fue un diplomático eficaz, un intelectual abierto, un creador brillante, un hombre honesto. Es justo que tenga una calle en la ciudad en la que nació, vivió buena parte de su vida y murió. El callejero en un sistema democrático debería reflejar unión y no confrontación ni exclusión; no tener como referencia una tragedia de hace ochenta años cuyo poso es anterior al fallido golpe militar del 18 de julio que se convirtió en una guerra precisamente porque la sociedad estaba dividida en dos y el conflicto pasó de militar a popular. Ignorar aquellas vísperas, en las que venía anunciándose –síganse los discursos de Largo Caballero– un golpe revolucionario de signo contrario, es falsear la Historia.

El coronel Moscardó, gobernador militar de Toledo, se encerró en el Alcázar con más de mil combatientes y medio millar de civiles no armados resistiendo un asedio que duró del 21 de julio al 27 de septiembre de 1936. El sitio del Alcázar toledano fue uno de los acontecimientos más famosos –ahora diríamos mediáticos– de la guerra, se estudiaba en las academias militares de medio mundo, y zarandeó la opinión internacional desde el factor humano; los sitiadores fusilaron a Luis, de 24 años, hijo de Moscardó por el grave delito de ser hijo de su padre. «Sin novedad en el Alcázar, mi general», el saludo con el que Moscardó recibió a Varela cuando entró en el histórico recinto prácticamente destruido, alcanzó repercusión universal.

Inocencio Arias cuenta en su delicioso libro «Los presidentes y la diplomacia» un curioso episodio. Fue el 9 de julio de 1981. El ministro de Asuntos Exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, visitó Washington para dar un empujón a la renovación del entonces vigente convenio con Estados Unidos que se había firmado en 1976 y que ya se considerada inaceptable. Pérez-Llorca fue recibido por el presidente Reagan, lo que no era ni mucho menos habitual en una visita de rango ministerial. Tras las congratulaciones de Reagan por la fortaleza de la democracia española tras el 23-F, el presidente de la nación más poderosa del mundo empleó prácticamente el tiempo de la audiencia en hablar del coronel Moscardó y de la gesta del Alcázar. Nos narra Arias que Reagan se mostraba «fascinado» por la defensa del Alcázar y por «el abnegado gesto» de Moscardó. «Qué hombre», repetía, mientras pedía al ministro más detalles del asedio, aunque parecía conocer el tema en profundidad.

Sospecho que el interés y la admiración de Reagan no ablandarán la pétrea sesera de los gobernantes municipales madrileños sobre el Alcázar y su coronel. Aseguraría que Reagan no es santo de su devoción. Acabó con la Guerra Fría, promovió un fuerte incremento militar en su enfrentamiento con la Unión Soviética a la que consideró «imperio del mal» y apoyó decididamente el anticomunismo en todo el mundo. Su último año de mandato coincidió con la caída del muro de Berlín.

Además Reagan había sido capitán… Lagarto, lagarto. A nuestros dirigentes municipales les repelen los grados militares. Han llegado a cambiar el nombre de la calle Comandante Zorita por el de Aviador Zorita. Una misma persona. Los afectados: empresas, comercios y particulares, no cuentan. Pero Demetrio Zorita, primer aviador español en superar la barrera del sonido, no deja por ello de haber sido comandante del Ejército del Aire, aunque en su calle haya perdido el grado militar por las fobias infantiles de unos radicales. No cabe un tonto más.