Editorial

Junqueras, propaganda y mentiras

El líder de ERC utilizó la Sala Segunda como plataforma de propaganda ante los medios internacionales, frente a los que dramatizó un pacifismo seráfico

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Los interrogatorios a Oriol Junqueras y a Joaquim Forn demostraron que la declaración unilateral de independencia fue, ante todo, una gran estafa a los catalanes, pero ejecutada como una agresión real y sistemática a la Constitución. No obstante, cada acusado optó por una estrategia distinta, de manera que mientras Junqueras se entregaba al discurso victimisma del separatismo pacífico y bienintencionado, Forn pretendió construir un relato exculpatorio de sí mismo a partir de su desconocimiento de los hechos, algo absolutamente inverosímil desde su posición de máximo responsable de los Mossos d’Esquadra al tiempo de producirse el asedio a la Guardia Civil en la Consejería de Economía y la votación ilegal del 1-O. La experiencia de los magistrados que integran el tribunal les permitirá valorar en su justa medida unas declaraciones hechas a la medida de la defensa de cada acusado, trufadas de juicios políticos, amnesias selectivas y silencios escandalosos.

El sesgo político que predomina en las defensas fue el que mostraron Oriol Junqueras y su abogado, después de que el acusado se negara a contestar al fiscal y al resto de las acusaciones. Junqueras utilizó la Sala Segunda como plataforma de propaganda ante los medios internacionales, frente a los que dramatizó un pacifismo seráfico, junto a unas pueriles declaraciones de amor por España, los españoles y el español. Bien saben los jueces que las respuestas de los acusados son, más que medios de prueba, ejercicios de autodefensa amparados por el derecho a no declarar, incluso a mentir impunemente. Pero quien no debe despreciar el monólogo de Junqueras es el Gobierno socialista, porque nuevamente quedó demostrado que la estrategia de la defensa es afear la democracia española todo lo posible para que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reciba con prejuicios una futura demanda contra el Estado español. Junqueras no se defendió de acusación alguna, más allá de repetir el eslogan de «votar no es delito», sino que aprovechó la ocasión para difamar al Estado español por perseguir, a su juicio, ideas políticas.

Si al mismo tiempo que Junqueras lanza sus ataques, el prófugo Puigdemont se permite el lujo de entregar premios de cine o de participar en actos en el Parlamento Europeo, y algunos medios extranjeros supuestamente prestigiosos no dejan de atacar a España en sus editoriales, es evidente que los gobiernos españoles, el actual y el anterior, no han hecho lo que debían para contrarrestar eficazmente la campaña separatista en el exterior. De nada sirven los comentarios, nada oportunos, de la secretaria de Estado de la España Global, porque lo que hace falta es una estrategia mucho más ambiciosa y profesional, que tenía que haber empezado hace años y a la que ya se llega tarde.