La Hispanidad como problema

Frente a lo que quiere cierto catolicismo pompier, la Hispanidad no es un mero concepto cultural y espiritual

Juan Manuel de Prada
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En su más reciente libro, La Hispanidad como problema (Historia, cultura y política), publicado por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, Miguel Ayuso dedica un capítulo a analizar el caso del filósofo agnóstico Manuel García Morente (1886-1942), discípulo de Ortega y Gasset y miembro de la Institución Libre de Enseñanza, quien en abril de 1937, hallándose en París (huido de la barbarie del Madrid republicano, aunque era hombre leal a la República), se convirtió a la fe católica mientras escuchaba por la radio el oratorio La infancia de Cristo, de Berlioz. Fue, como el propio García Morente explicó, un «hecho extraordinario», una arrolladora irrupción de la gracia que transformaría por completo su vida.

Ayuso nos señala que, siendo esta fulminante conversión religiosa de García Morente un hecho fuera de la común, todavía resulta más significativo comprobar cómo, al recuperar la fe, un hombre que se había formado en un ambiente liberal y europeísta se convierte de inmediato en un denodado defensor de la Hispanidad. A la luz nueva de la fe, García Morente descubre que en la postura europeísta y liberal se esconde, bajo disfraces y perifollos diversos, una intención profundamente antiespañola. Y las obras que a partir de este momento y hasta su prematura muerte escriba se dedicarán a resaltar la inspiración religiosa que conforma España, así como a rechazar el ideal europeizador. Así podrá escribir García Morente en Ideas para una filosofía de la historia de España: «En la nación española y en su historia la religión católica no constituye un accidente, sino el elemento esencial de su historia misma. Intentemos representarnos la historia de España sin incluir como elemento esencial el catolicismo. No podemos. (…) Algunos pretenden negarlo. Pero será porque desean personalmente la descristianización de España a sabiendas de que lo de esta descristianización resultase ya no sería propiamente España, sino otra cosa, otro ser, otra nación; o, más propiamente aún, nada».

La Hispanidad, como encarnación de esta visión histórica de España, sería, a juicio de Ayuso, una subsistencia de la Cristiandad, que había quedado herida de muerte por la Reforma protestante. Si Europa se convierte desde entonces en el paisaje de la ruptura, España se mantuvo durante siglos como una comunidad de fe, con una concepción arraigadamente comunitaria de la política, cada vez más recluida geográficamente, a medida que sus enemigos la hostigaban. Como afirma Miguel Ayuso, «europeizarse ha significado para los españoles, hasta fecha bien reciente, incluso hasta hoy, rendirse, reconocer el curso equivocado de su Historia y, consiguientemente, descristianizarse». Así se explicaría que España, mientras fue España (no sólo la España peninsular, sino también y muy especialmente las Españas de allende el océano, a las que Ayuso dedica un luminoso y provocador capítulo en su libro), se resistiese con uñas y dientes a la imposición de regímenes constitucionales de base contractualista.

Porque, frente a lo que quiere cierto catolicismo pompier, la Hispanidad no es un mero concepto cultural y espiritual. Como Ayuso nos enseña en este perspicaz ensayo, es también un concepto político -vivo hoy como una semilla de mostaza en el corazón de los patriotas, dispuesto a convertirse mañana en árbol frondoso- que se confronta con la mentalidad racionalista y europeizante que creó los Estados modernos y también, por supuesto, con un nuevo orden que pretende subsumirlos en engendros como la Unión Europea. Engendros frente a los cuales los patriotas españoles debemos seguir vindicando siempre la unión de las «ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda».

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