Editorial ABC

España debe votar por un cambio

Sánchez no ha convocado elecciones por dignidad, sino por obligación. Sus propios socios le han forzado a ello y ahora toda su incapacidad ha quedado al descubierto

Actualizado:

Por fin Pedro Sánchez desveló ayer que el 28 de abril se celebrarán elecciones generales, lo que sitúa a España en una circunstancia excepcional, ya que en el lapsus de un solo mes tendrán lugar también los comicios locales, autonómicos y europeos. España entra en una nueva fase de incertidumbre electoral de la que prácticamente no ha podido escapar desde 2016, con el peligro que siempre arrastran la inestabilidad política, el riesgo de una nueva parálisis institucional y las dudas en el ámbito económico. Sin embargo, es la mejor noticia que podían recibir los españoles. Cuando se disuelva formalmente el Parlamento, el próximo 5 de marzo, Sánchez no habrá llegado siquiera a estar un año en La Moncloa, pero en estos pocos meses deja tras de sí una gestión demoledora.

Sánchez ha fracturado a la sociedad radicalizándola ideológicamente. No ha impedido una ralentización de nuestra economía, ha sucumbido a la gran mentira que es el «diálogo» con el separatismo para traficar con la unidad de España y ha comprobado que las supuestas lealtades políticas con las que contaba no eran tales, porque han sido sus propios socios de moción de censura quienes le han abandonado. Gobernar con 84 escaños y chantajeado por el independentismo y el populismo de extrema izquierda ha sido una temeridad propia de un presidente irresponsable que solo concibe el poder desde una perspectiva puramente egocéntrica.

La presión de millones de españoles ha obligado a Sánchez a rectificar. Pretendía permanecer en La Moncloa hasta marzo de 2020 y hace apenas una semana sostenía con altanería que si alguien quería elecciones inminentes debería esperar sentado. Objetivamente, Sánchez nunca ha manejado los tiempos reales del poder, ha enquistado su gestión con una cadena interminable de contradicciones, incoherencias y rectificaciones, y siempre se ha revelado como un presidente no fiable. Es lamentable que no haya convocado elecciones por dignidad, sino por obligación. Sus propios socios le han forzado a ello y ahora toda su incapacidad ha quedado al descubierto. Por más que ahora Sánchez pretenda presentarse como un adalid de la moderación entre los extremos situados a su derecha e izquierda, lo cierto es que confunde esa virtud con la soledad y el victimismo.

Ha sido rehén del nacionalismo más rancio. Ha sido cómplice de auténticos fascistas que querían romper España. Ha tensionado a la sociedad española y ha recuperado el franquismo como coartada para sus propios intereses. Ha puesto en pie de guerra al sector automovilístico y ha sentado las bases para que España incumpla sus objetivos de déficit, aumente su endeudamiento y sea amenazada por un sablazo fiscal como nunca antes en democracia. Ha sido demagógico hasta el extremo con la inmigración ilegal, y en el ámbito laboral ha frenado la escalada de empleo en la que, por fin, había entrado España. Su sectarismo en el ámbito educativo, cultural o científico ha sido proverbial, y sectores tan relevantes como la Justicia han sufrido un descrédito brutal. Sánchez podrá hacer la propaganda que quiera, pero los españoles ya lo conocen suficientemente porque se ha convertido en un riesgo para nuestra democracia. Ni siquiera los consensos alcanzados en la Transición han sido mínimamente respetados.

En España es necesaria una alternativa del centro-derecha. Una alternativa que ponga fin a un despilfarro ególatra, al mayor aumento de cargos de confianza y enchufados en la Administración producido en años, y al relativismo como modo de gobernar. No se producirán ya mayorías absolutas, y será tiempo de pactos imprescindibles para fraguar una investidura solvente en España. Es de una imperiosa necesidad que Sánchez no regrese a La Moncloa. Los españoles deben aprender de tanta falacia del PSOE y de la carencia de principios y valores de Sánchez. Tras acceder al poder con solo 84 escaños, cometió un inmenso error: el de no someterse a las urnas. Nunca ha sido el candidato mayoritariamente votado para representar a los españoles. Más aún, tiene el dudoso honor de haber obtenido el peor resultado del PSOE en toda su historia. Con ese bagaje, no es de extrañar que ayer quisiera apropiarse de La Moncloa, como si fuera la sede de su partido, para dar su primer mitin, cuando debió limitarse a anunciar institucionalmente la convocatoria de elecciones. Sánchez lo confunde todo de modo deliberado e insultante para la opinión pública. Por eso, si hasta ahora era una cuestión de emergencia la cita con las urnas, ahora es una cuestión de higiene democrática que Sánchez no repita como presidente.