Álvaro Martínez

La España binaria de Podemos

Del último matraz del laboratorio socialpopulista sale que hasta los menores puedan cambiarse de sexo sin permiso de los padres: chico, chica o «no binario»

Álvaro Martínez
MADRIDActualizado:

En la España de Podemos (opción política menguante que las está pasando moradas en todos los sondeos de las últimas fechas) sería posible que un menor, un chaval o chavala de 16 años por ejemplo, se cambiara de sexo y empezase a hormonarse para tal fin sin que sus padres dieran el consentimiento. No podría consumir una caña en un bar o comprar una cajetilla de tabaco para echarse un cigarro, pero sí elegiría su género sin que sus papás pudiesen rechistar. Al parecer, la patria potestad es un baldón que coarta la libertad de los jóvenes, un latazo carca propio de esa «casta» de la que ya apenas hablan Iglesias y Monedero, debe ser. Si hay discrepancias en casa sobre si el niño es Luis o Luisa, Ramón o Ramona resolverá el asunto un probo funcionario y el menor podrá determinar «libremente» si su género es «masculino», «femenino» o «no binario», que es el neologismo identitario elegido por los podemitas para designar a quien no se vea ni sienta con lo que la naturaleza le determinó.

No es probable que la iniciativa legislativa emprendida por los populistas llegue a ningún lado, aunque el PSOE de Pedro Sánchez -que prefiere que el vicepresidente de BCE sea extranjero con tal de que no sea De Guindos u otro «pepero capitalista»- suele aportar sorpresas formidables cuando uno menos se lo espera, sobre todo si se pone a lucir palmito «progre» buscando votos a su izquierda. Le pasa en todo los órdenes de la vida política. En Asturias, por ejemplo, quieren en Ferraz convertir en lengua oficial el bable, demanda que intentaba capitalizar Podemos a ambos lados de los Picos de Europa. A partir de entonces, y si triunfan las pretensiones legislativas de los populistas, allí los menores podrán ser «neñu», «neña» o «binariu», que es como debe decirse binario en bable.

La pretensión de Podemos es que una vez que se elija el género uno/a pueda, por ejemplo, desarrollarse en él en todas las facetas de la vida. Es decir, si un señor decide cambiarse de sexo a partir de ese momento podrá participar en las competiciones deportivas femeninas nacionales, aunque su morfología corporal le aporte sustanciales ventajas frente a las mujeres de nacimiento. Viene así puesto en su propuesta, en serio.

En realidad, y más allá del reconocimiento de todas las diversidades y de los derechos que han de asistir a todos los ciudadanos, este batallón está persuadido de que la izquierda ha decidido meter a la sociedad en una especie de laboratorio donde hacer prácticas con matraces «modernísimos», de los que salga una nueva «solución de química social» que sustituya a la existente y que esté guiada por el «individualismo» y el «derecho a decidir» (hasta el género preferido). El objetivo es erosionar a la familia, una institución que a los populistas les sabe peor que el ricino en ayunas, porque qué demonios pintan los padres oponiéndose a que el chiquillo se infle a hormonas. Iglesias, Montero, Kichi, Colau, los de las Mareas o «Los Gabrieles» (Anna y Rufián) saben mejor lo que les conviene. No hay más que verles.

El asunto del laboratorio social es demasiado preocupante como para tomárselo a broma. Aunque después de la sandez esa de «portavoza» merecería el chiste que circula por internet señalando a Tejero como el primero en eliminar el lenguaje machista: que en vez de «se sienten, coño», el 23-F bien pudo haber utilizado el golpista un «a sentarse, cojones» o cualquier termino «binario».

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