Una escena de «Medea»
Una escena de «Medea» - efe

Ana Belén, la actriz hechicera

La actriz protagoniza «Medea» en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, en versión de Vicente Molina Foix

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«En Medea está el alma de la tierra», exclama Ana Belén, transformada en la hechicera griega. Y en Medea está, también, el alma del Festival de teatro clásico de Mérida, que ha levantado el telón con una nueva versión de la tragedia, protagonizada por la actriz madrileña.

Y es que «Medea» es uno de los leit motiv de la historia del certamen, la gran sacerdotisa pagana de su milenario teatro. Fue Medea quien pisó por primera vez, en 1933 y encarnada por la legendaria Margarita Xirgu, la arena del teatro romano emeritense -como lo recuerda una estatua instalada en el recinto desde 2008-. Y a él ha vuelto desde entonces en varias ocasiones y en distintos formatos -teatro, danza, ópera-, revivida por artistas de la talla de Nuria Espert, Julia Trujillo, Blanca Portillo, Montserrat Caballé o Manuela Vargas.

A ellas se ha sumado ahora Ana Belén, que ha vuelto al Teatro Romano exactamente veinte años después de protagonizar en Mérida la opereta de Offenbach «La bella Helena», con versión de Vicente Molina Foix y dirección de José Carlos Plaza. Los tres se han vuelto a reunir para esta «Medea» inaugural de la sexagésima edición del festival, que ha supuesto un triunfo personal para la actriz, a quien el público ovacionó puesto en pie.

Una mujer transgresora

Vicente Molina Foix firma su versión a partir de los textos de Eurípides, Séneca y Apolonio de Rodas. Su «Medea» es, en palabras de José Carlos Plaza, «subversiva y transgresora»: rompe con lo más esencial del ser humano para poder empezar lo nuevo y, una vez traicionada, traiciona ella misma lo más sagrado, que es la maternidad. «Expatriada a un lugar extraño, a un mundo más avanzado, menos puro, más racional, Medea es traicionada -dice el director-. A partir de ese momento Medea transgrede la norma de ese orden masculino. Actúa realizándose como ser. Corta la estirpe del hombre y amputa su esencia como madre, como cortó la de hija y hermana, y así equilibrar su propia entidad del ser. La sangre del hijo regará la tierra y creará nuevos seres no contaminados por la mentira y la traición».

Historia de traición, venganza y crueldad, la versión de Molina Foix es también prolija en la exposición de los antecedentes: como un cuento para ir a dormir, Medea y la Nodriza narran a los hijos de aquella las aventuras que llevaron a Jason hasta el vellocino de oro y a conocer a Medea. Tras esta exposición, se desencadenan los hechos: Jason, ambicioso, se promete a Creúsa, hija de Creonte, rey de Corinto, y repudia a Medea, a quien el monarca expulsa de su tierra. La hechicera, furiosa, decide vengarse y, primero, logra la muerte de Creúsa gracias a su magia, para después realizar el más abominable de los crímenes: mata a sus propios hijos.

Una gigantesca puerta y un montículo coronado con un árbol presiden la sobria y elegante escenografía de Francisco Leal, iluminada en tonos umbrosos por Toño Camacho. Plaza ha contado también con otros colaboradores habituales: Pedro Moreno firma el hermoso vestuario; Mariano Díaz, la sugerente música, y Álvaro Luna, los inquietantes y logrados audivisuales con los que Plaza subraya ocasionalmente el relato.

Sobre el escenario, acompañan a Ana Belén, Medea poderosa y dominadora, Adolfo Fernández (Jasón), Consuelo Trujillo (Nodriza) -para ella fueron los aplausos más cálidos y ruidosos-, Luis Rallo (Preceptor), Polka Matute (Creonte), Alberto Berzal (Corifeo), Olga Rodríguez (Corifea), Leticia Etala (Creúsa) y Horacio Colomé (Jasón joven).