Música

Sting, Bonnie Prince Billy y Soledad Vélez, los discos de la semana

Repasamos los álbumes más llamativos que se publican este viernes 20 de abril

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  1. Sting «44/876»

    Nadie tenía ni idea de en qué andaba el viejo Sting, hasta que en la última edición de los premios Grammy apareció junto a la estrella jamaicana Shaggy en el escenario para presentar su nuevo proyecto. Se trata de un disco de inspiración reggae con el que el músico británico se ha dado un baño de juventud que tiene momentos casi paródicos, como sin duda lo es el de su interpretación en el tema titular, sin ir más lejos.

    Sting está en su elemento cuando de reggae se trata, es fan del género, sabe dónde está su esencia, y aunque su aproximación no deje de estar teñida de blancura occidental, en sus ejercicios de estilo suele haber dónde agarrarse. El problema viene cuando la producción de este disco se rinde a la moda de la música urbana, ofreciendo la patética imagen de una leyenda de su calibre corriendo detrás de un tren que ni en broma va a dejar de acelerar para dejarle subir.

    Así, un homenaje potencialmente correcto acaba lastrado por vacuos pseudohits de reggae-pop («Don't make me wait», con un estribillo que mancilla el recuerdo de Marley) y dance-hall moderno («44/876») e impotentes trazos de R&B de boy-band («Gotta get back my baby»), además de alguna autorreferencia más o menos «policíaca» («Waiting for the break of day», «Dreamin' in the USA») sin la menor trascendencia.

    «22nd Street», aun exudando cierto tono de hilo de hotel, al menos ya respira algo del sonido bluebeat donde Sting debería haber concentrado sus fuerzas, y que asoma un poquito la cabeza en temas aceptables como «Sad Trombone», «Morning is coming» o «Night Shift», pero en el que lamentablemente sólo se sumerge el cuarenta por ciento del repertorio. Un consejo para fans completistas: háganse con la edición deluxe del disco. Aunque rice el rizo del perreo más inverosímil con un remix reguetonero de «Don't make me wait», incluye tres bonitas piezas extra que invierten el porcentaje salvable.

    5 / 10

    NACHO SERRANO

  2. Bonnie Prince Billy «Wolf of the Cosmos»

    No es nada fácil seguirle el ritmo a Will Oldham, el barbudo errante que lleva más de dos décadas maniobrando bajo el nombre de Bonnie «Prince» Billy y resaltando las sombras y los perfiles góticos del folk americano. Cantautor de culto asociado a proyectos de alto calado indie como Palace, Palace Songs y Palace Brothers, el de Louisville nunca se ha caracterizado por tomar el camino más obvio, y eso mismo es lo que vuelve a hacer con «Wolf Of The Cosmos», álbum en el que, siguiendo los pasos de aquel homenaje a Merle Haggard que publicó el año pasado, aparca su faceta de compositor para centrarse en la reinterpretación de material reciclado.

    En esta ocasión, el autor de «I See A Darkness» viaja hasta Noruega para rehacer de principio a fin «Sonata Mix Dwarf Cosmos», disco con el que la cantante Susanna Wallumrød debutó en solitario en 2007. Un álbum de folk minimalista con pinceladas de jazz que Oldham se lleva de paseo en su carromato por un paisaje salpicado de bajos, violines mellados y susurros arenosos. Una relectura sentida y respetuosa que, si bien no desfigura demasiado el original, sí que le añade nuevos acentos como los de «Born In The Desert», «Demon Dance» y «People Living», retocadas para añadir un poco de épica polvorienta a los vapores envolventes de la noruega. La voz de Oldham, más sugerente y aterciopelada que nunca, completa una operación de rescate y sutura que lo mismo estrecha lazos con la cara más clásica del folk británico que refuerza la imagen del estadounidense como trotamundos capaz de sacar petróleo de un puñado de composiciones ajenas. Puede que no llegue a la altura de gestas mayores como «I See A Darkness» o «The Letting Go», pero sí que mantiene engrasada esa inquietud que le mantiene en movimiento perpetuo.

    7,5 / 10

    DAVID MORÁN

  3. Soledad Vélez «Nuevas Épocas»

    Tras el celebrado «Dance and Hunt», la artista chilena Soledad Vélez vuelve a dejar huella con su cuarto largo, con el que cierra su etapa angloparlante sumergiéndose de lleno en una lírica en castellano que muchos esperábamos para su obra, y que se ha mostrado como un arma realmente poderosa en sus manos.

    La apuesta fuerte, sin embargo, no sólo viene por el cambio de idioma. Las canciones han sido grabadas casi íntegramente con sintetizadores y teclados de distintas épocas, en un experimento que parece caprichoso pero que acierta a llenar de encanto el contenido. Grabando este disco en el estudio El Álamo Shock, Soledad ha compartido por primera vez las tareas de producción con Guille Mostaza como coproductor. Hasta ahora ella había sido la única responsable de su sonido, y el proceso colaborativo parece haberla llevado hacia un juego de luces y sombras más equilibrado y menos asfixiante, en el que lo instrumental muestra un resplandor en obstinado contraste con su inconfundible dramatismo vocal.

    Joe Crepúsculo canta y toca el bajo en «Ven pa acá», y Gerard Alegre de El Último Vecino canta en «Cromo y platino», dos colaboraciones que suman puntos a un disco intenso y meticulosamente elaborado, pero también entretenido y accesible, reflexivo pero también bailable por momentos, y que se erige como una de las respuestas actuales más válidas a la pregunta de ¿qué es la música electrónica inteligente?

    7,5 / 10

    NACHO SERRANO