Arcade Fire, durante su actuación sorpresa en el festival
Arcade Fire, durante su actuación sorpresa en el festival - EFE

El Primavera Sound, en misa y repicando con Bon Iver y Arcade Fire

Los canadienses se cuelan por sorpresa en una primera jornada del festival que consagró el giro sintético de Justin Vernon

DAVID MORÁN
JAVIER VILLUENDAS
BARCELONAActualizado:

Si no lo consiguieron Radiohead, sumos sacerdotes de la letanía indie, no iba a ser Justin Vernon el hombre que lograse callar al Primavera Sound, pero a pesar del parloteo constante, efecto colateral de este tipo de saraos, el regreso de Bon Iver a la cita barcelonesa sí que tuvo algo de liturgia terapeútica. Los lamentos futuristas de «22, A Million», ese festival de vocoders, parcheados electrónicos y teclados agónicos con los que el estadounidense ha jugado a desfigurarse un poco más, sonaron en Barcelona aún más intensos e inquietantes que en su versión enlatada.

Una terapia de choque para espantar males a manotazos que el de Wisconsin, con su pinta de leñador desempleado y su voz de querubín sintético, transformó en un balsámico aquelarre emocional. Intimidad amplificada y rematada por la arrebatada «Skinny Love», himno primerizo de cuando los títulos de sus canciones aún no parecían jeroglíficos indescifrables, con la que apuntaló a conciencia su condición de héroe torturado -¿«why so serious»?, que diría el Joker- e hizo de sus desgarros internos un asunto de masas.

Slayer
Slayer- SERGIO ALBERT

Sin apenas tiempo para digerir el salmo responsorial del autor de «For Emma, Forever Ago», bastaba con darse la vuelta para estamparse contra el rodillo metálico de Slayer. El contraste extremo es norma de la casa, y ahí estaban los de Tom Araya, contundentes y feroces, dando un par de lecciones a cualquiera que aún piense que el metal puede tener algo que envidiar al indie tristón. Es más: para cuando cayó «Reign In Blood», con ese riff pirotécnico y el acelerador humeando de tanto apretar, lo de Bon Iver era ya un recuerdo borroso, un eco lejano amortiguado entre toneladas de distorsión y velocidad kamikaze.

Éramos pocos…

Una buena ración de veteranía para un festival que vivió ayer un inesperado sobresalto en forma de concierto sorpresa de Arcade Fire. Un regalo para los fans (amén de una auténtica pesadilla para quienes se habían estrujado las meninges intentando cuadrar horarios) que los canadienses, programados como cabezas de cartel para mañana, aprovecharon para presentar su nuevo single, «Everything Now», y causar no poco revuelo encadenando himnos eufóricos como «Here Comes The Nighttime», «No Cars Go» y «Ready To Start».

Un pequeño aperitivo de lo que se vivirá el sábado por la noche que alteró el guión de una jornada, la primera con el festival funcionando a todo ritmo, que también consagró a Solange como gran tesoro de la música negra. Más sutil y menos explosiva que su hermana Beyoncé, ni siquiera tuvo que matizar la elegancia sedosa de «A Seat At The Table» ni su estilizado soul robotizado para encandilar al público y se proyectó como solvente diva futurista cruzando bases de R&B y vientos de soul carnoso e hipnotizando al público con un vistoso juego de luces rojas a juego también con el vestuario de músicos y coristas. Una delicia tras la que no costaba detectar vasos comunicantes con el mejor Stevie Wonder -el de «Innervisions», no el otro-.

Éxtasis sensual con The Zombies

En 1968, The Zombies (no confundir con Zombies, la banda española nuevaolera de Bernardo Bonezzi) parieron uno de los considerados mejores álbumes de pop de todos los tiempos, ese «Odessey and Oracle» que en su momento no pegó el pelotazo que merecía. Y el Primavera puso ayer el Auditori a su disposición para recrear al detalle y con sonido de lujo ese mítico álbum de baroque pop, repleto de melodías celestiales lideradas por el vozarrón de Colin Blunstone y los teclados psicodélicos de Rod Argent. «Care of Cell 44», «A Rose For Emily»... Así hasta el éxtasis sensual con «Time Of The Season», himno intergeneracional que enardece sensacionalmente nuestras débiles carnes. A los septuagenarios británicos se les vio emocionados dando este homenaje a su legendario disco en uno de los festivales de la modernez mundial. Para terminar, dejaron «She’s Not There», otro de sus clásicos. El público del Auditori, para entonces, ya llevaba un rato de pie ante su butaca.

Por la tarde, y mientras la cola para intercambiar los abonos por pulseras no hacía más que crecer, el interior del Fòrum ya había empezado a alcanzar su punto justo de ebullición musical. Ahí estaba, por ejemplo, los barceloneses Mishima creciéndose sobre las tablas y pidiendo a gritos un hueco en uno de los escenarios principales con su cara más contundente y, sí, festivalera; los británicos Charles Bullen y Charles Hayward exhumando entre sarpullidos y espasmos y junto a media docena de músicos la leyenda torcida e incómoda de This Heat; y el californiano Miguel dándose un primer baño de masas y ahondando en la senda del R&B aunque sin alcanzar (aún) a su adorado Prince.

Elza Soares, en el Auditori
Elza Soares, en el Auditori- NÚRIA RIU

En el Auditori la veteranísima brasileña Elza Soares jugó la carta exótica y también la excéntrica -apareció sobre un trono que ríete tú de los Lannister y compañía- y se merendó en un pispás todo los tópicos de la música carioca presentándose como una suerte de Nina Simone tropical a la que alguien hubiese trasplantado el ADN de Tom Waits. Otra muesca más en el mapamundi sonoro de un festival que no ha hecho más que empezar.

Para rematar la crónica de viejas glorias, no por ello obligatoriamente venidas a menos, tendríamos que hablar de un par de grupos más. Empezamos por The Damned, la divertida banda de punk británica que montó un buen pogo a las 2 de la mañana al tocar sus clásicos 70s «New rose» y «Neat neat neat». Dave Vanian y compañía son una entrañable panda de freaks con un magistral sentido del espectáculo. Cayeron, además, animadas versiones de Love («Alone again or») y Paul Ryan («Eloise», que más tarde en nuestro país popularizara Tino Casal). No se les puede no querer. Las poco elevadas patadas al aire del sexagenario Captain Sensible, que con guasa recordaba constantemente al público que si buscaban música disco y electrónica este no era su sitio; los disparatados ataques de baile extremo del teclista Monty Oxymoron, del que más tarde quizá el chanante Julián López tomara nota; y el «savoir faire» carismático e inocentón del siniestro Vanian al micrófono lograron irradiar muy buen rollo y energía a altas horas de la madrugada, cuando el cuerpo no puede mucho más tras el palizón de un festival tan monstruoso e inabarcable.

Antes, en el escenario Ray Ban, los también curtidos The Afghan Whigs hicieron un concierto de menos a más apostando por el sonido más metálico de sus últimos discos. La emoción llegó con «Debonair» y «Gentlemen», en donde Gregg Dulli, que se ha puesto realmente orondo y se da un aire al crepuscular Jake La Motta de «Toro salvaje», carga de intensidad unas canciones que desprenden elegancia y fuerza, combinando chillidos casi de la matanza del cerdo con fraseos suaves y aterciopelados. Este Dully es el rey de los crescendos, con querencia por los arreglos de cuerda y viento y que ayer pudimos disfrutar. Pero no fue la mejor noche de esta banda de canciones llenas de humo y decadencia noctámbula, de energía contenida producto de unas raras ganas de estallar (y estallan), y que ayer, con todo, logró sus picos de distinción, magnetismo y belleza melodramática.