Así es el nuevo disco de Bruce Springsteen, «Western Stars»

La épica americana y los arreglos orquestales moldean un disco bonito, pero que no permite un vuelo tan lustroso como los que ejecutaría un «Boss» en racha

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Como toda estrella del rock que se precie, Bruce Springsteen tiene un estudio de grabación en su propia casa, o mansión. Allí es donde mayormente se ha grabado «Western Stars», el decimonoveno trabajo de estudio del artista de Nueva Jersey que se publica el próximo 14 de junio. Coproducido junto a Ron Aniello, cuenta con la participación de su mujer Patti Scialfa (en cuatro temas) y otros veinte músicos, entre ellos Jon Brion (que toca la celesta, el Moog y el órgano farfisa), así como las colaboraciones de los artistas David Sancious, Charlie Giordano y Soozie Tyrell. Sin la E Street Band, vaya.

Inspirado, tal como el propio «Boss» ha explicado, en los discos pop del sur de California de finales de los 60 y principios de los 70, «Western Stars» supone su regreso a las canciones de estructura sencilla, basadas en personajes y con arreglos orquestales al estilo cinematográfico.

La melancolía contenida, reflexiva, guía el espíritu de este álbum que arranca con una «Hitch Hickin'» a ritmo de glockenspiel, cadenciosa y folkie, en la que la desorientación, la confusión vital que parece tener abrumado a Springsteen se traduce en versos teñidos de la clásica liturgia del american songwriting: «I'm just travelling up the road, maps don't do much for me friend, i follow the weather and the wind (...) I'm just a rolling stone, rollin' on».

Igualmente lineal es «The Wayfarer». Otra pieza donde los arreglos orquestales lo son casi todo. Melodías de metales sencillas y fáciles de recordar acompañan la interpretación vocal más convincente y emocionante del «Boss» en todo el disco. Clásica segunda posición para lo mejor del «tracklist».

La guitarra eléctrica marca el (suave) ritmo de «Tucson Train», donde aparece el recuerdo del Springsteen de «Tunnel of Love» o «Lucky Town», con resultados quizá menos sugerentes por la inercia casi perezosa de la composición. Similar modus operandi sigue «Western Stars», pero con una plácida pedal-steel que va cediendo a la épica de las cuerdas orquestales en una bonita oda a los antihéroes de la mitología «western» («Here's to the cowboys, and the riders in the whirlwind. Tonight the western stars are shining bright again. And the western stars are shining bright again»), no exenta de fina ironía. («A coyote with someone's Chihuahua in its teeth skitters 'cross my veranda in the night. Some lost sheep from Oklahoma sips her Mojito down at the Whiskey Bar. Smiles and says she thinks she remembers me from that commercial with the credit card»).

La animada «Sleepy Joe’s Cafe», con toques fronterizos de acordeón, no tiene pinta de trascender mucho más allá de divertida anécdota para el directo, lo mismo que «Drive Fast (The Stuntman)», un retrato no muy esforzado del perdedor resiliente. «Drive fast, fall hard, I'll keep you in my heart. Don't worry about tomorrow, don't mind the scars. Just drive fast, fall hard».

La sensación de monotonía aflora con «Chasin' Wild Horses», «Sundown», «Somewhere North of Nashville», y «Stones» constatación de la reducida amplitud cromática y emocional de un disco que peca de autocomplaciente. El esperpéntico arranque de batería y los guiños roy-orbisonianos de «There goes my miracle» devuelven algo de efervescencia al repertorio, pero la predecibilidad de los puentes y ligados, de los coros y los ecos vocales no le permiten levantar un vuelo tan lustroso como el que ejecutaría un Springsteen en racha.

«Hello Sunshine» sí pincha un poquito el corazón, pero recuerda tan terriblemente a un trampantojo de «Everybody's talking» que pierde todo viso de atemporalidad. «Moonlight Hotel», una balada presuntamente arenosa (otra), cierra un álbum relativamente bien envuelto, pero bastante más hueco y de piloto automático de lo que consigue aparentar.