Petrus Gonsalvus y su mujer, retratados por Joris Hoefnagel
Petrus Gonsalvus y su mujer, retratados por Joris Hoefnagel - Wikipedia

Petrus Gonsalvus: Los monstruos eran otros

Emma Lira novela la historia del hombre lobo canario que inspiró el cuento de «La Bella y la Bestia»

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Lo llamaron Guancancha (hijo de perro) y también Barbet, aludiendo a la raza de los sabuesos favoritos del rey, pero el tinerfeño Petrus Gonsalvus (o Pedro González) llegó a convertirse en gentilhombre de la corte de Enrique II de Francia y a recibir el honorable tratamiento de «don», pese a que un grueso vello le cubría todo el cuerpo dándole la apariencia de un hombre lobo. Imagina la novelista Emma Lira que a su madre «se le mudó el gesto, se le helaron los ojos y se le estancó en la garganta un grito de horror puro» cuando lo tuvo por primera vez en sus brazos. Y que solo el temor de los guanches al demonio Jucancha, que protegía a los perros, le salvó aquel día de 1537 de la muerte. Pero aquel niño nacido con hipertricosis universal congénita sobrevivió a esta y otras muchas adversidades y, contra todo pronóstico, protagonizó una historia de amor tan increíble que inspiraría a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve el archifamoso cuento de «La Bella y la Bestia».

¿Se quisieron de verdad o su amor no es más que un mito? «Petrus existió, se casó y tuvo una descendencia nutrida (seis hijos) y su matrimonio duró 40 años», subraya la autora de « Ponte en mi piel» (Espasa, 2019), una novela que, aun siendo histórica más que romántica, narra ese «amor distinto, que crece y que se desarrolla pese a uno mismo».

Petrus Gonsalvus
Petrus Gonsalvus- Castillo de Ambrás

Era impensable que la joven Catherine fuera a enamorarse de Petrus a primera vista. Es más, era tal el pavor que le provocaba que pasarían años hasta que el matrimonio Gonsalvus fuera realmente una pareja. Y cuando al fin se encontraron, «a diferencia del cuento en el que el amor rompe el hechizo y la Bestia se convierte en un príncipe, Petrus siguió teniendo un aspecto monstruoso, con pelo en todo el cuerpo para el resto de sus días», constata Lira.

De algo más, aparte de su monstruoso aspecto, debía de hacer gala Gonsalvus para que la joven y bella Catherine, dama del séquito de la reina Catalina de Medici, acabara viéndole con otros ojos. Según Lira, «tenía que destacar de alguna manera, tenía que haber algo, una inteligencia, una humanidad, una grandeza de espíritu, una fortaleza, una lealtad que pudieran hacerle especial para alguien y no solo para su esposa, sino para la gente que lo rodeó». Así se lo ha imaginado al menos esta novelista, como «una persona inteligente que es capaz de buscar lo mejor que hay en él, puesto que su aspecto físico de hombre lobo le condiciona a la hora de ser aceptado en un siglo XVI en el que se quemaban herejes».

De su Tenerife natal, donde núcleos alzados de guanches aún combatían con los castellanos, iba a ser probablemente vendido por tratantes de esclavos cuando fue interceptado por corsarios y llevado hasta la corte francesa. Apenas tenía 10 años cuando fue presentado a Enrique II de Francia. Era el día de la coronación del monarca en Reims y entre los presentes de cortesanos y embajadores estaba este niño salvaje lleno de pelo que causó un gran impacto. «Curiosamente el niño sabía hablar castellano, que el rey también hablaba porque en su infancia fue prisionero de Carlos I por un tratado que firmó su padre, Francisco I», relata Lira. Aquel menor peludo le contó a Enrique II que nació en Canarias y que era un mencey, hijo de un rey. «Enrique II debió sentir una empatía inusual por este ser que para los demás era un monstruo -especula Lira-. Por empatía, por puro experimento -el mito del hombre salvaje estaba muy en boga entonces- o por curiosidad, el rey "apadrina" a este niño y decide ver qué pasa si a un ser aparentemente salvaje se le da una educación». Aunque no por ello dejaría de ser considerado una propiedad más de los monarcas, que lo exhibían como curiosidad.

La boda roja

De los pocos detalles documentados de la vida de Petrus Gonsalves, Lira ha tejido con imaginación una biografía del personaje que le lleva a vivir en primera persona los principales acontecimientos históricos de la época. En una Francia inmersa en un conflicto de religiones, en la que las grandes familias tratan de aprovecharse de la debilidad de la monarquía tras la muerte de Enrique II y toman partido por los católicos o los protestantes, una profecía de Nostradamus augura el final de la dinastía de los Valois y la llegada al trono de los Borbones. La reina Catalina de Médici se pasará el resto de su vida tratando de impedir que estas predicciones se cumplan, con todos los medios a su alcance.

Familia Gonsalves
Familia Gonsalves- Dirk de Quade van Ravestyn

«Es una trama fascinante, con unos ingredientes como de Juego de Tronos», asegura la novelista mientras subraya que «episodios que ahora nos fascinan, como el de la boda roja, pasó hace 500 años y aquí al lado, en París, en el Museo del Louvre, que yo ya no puedo ver de la misma manera porque allí hombres, mujeres y niños fueron sacados de sus camas cuando eran los invitados de una boda real y fueron masacrados». La matanza de San Bartolomé «acabó con la vida de 3.000 personas solamente en París y de otras 20.000 en el resto de Francia», recuerda Lira.

Petrus tuvo que vivir este episodio porque está documentado que se encontraba en la corte de Catalina de Médici, que fue quien lo orquestó, continúa Lira. También se sabe que viajó a Flandes para que lo vieran médicos y aunque puede que se trasladara únicamente por esa razón, la escritora utiliza estos datos históricos para involucrar al protagonista de «Ponte en mi piel» en ese convulso trasfondo histórico en el que vivió.

«Imagino a ese hombre a sus 20 años, cuando ya ha muerto Enrique II, la persona que le protegía, y él se siente un poco huérfano otra vez y decide aferrarse a la gente que cree en él o que le necesita. Y le doto de una misión», indica.

Una elección, de novela

En las dos orillas del conflicto que separa a la corte y a Francia entera se encontrarán Petrus y Catherine, obligados a casarse contra su voluntad. Poco se sabe de la vida real de la bella joven que apoya su mano en el hombro de su marido peludo en uno de los retratos que se conservan de la familia Gonsalves. Emma Lira le otorga una trágica infancia durante una rebelión por el impuesto de la sal para explicar por qué una joven, a la que imagina sin familia, ni títulos, ni posesiones, no pudo negarse a este singular matrimonio concertado por Catalina de Médici. Y por qué, al haber conocido la monstruosidad de hombres de apariencia normal, fue capaz de mirar con otros ojos a Gonsalves.

Antonietta Gonsalvus
Antonietta Gonsalvus- Lavinia Fontana

La pareja, que tuvo seis hijos (Madeleine, Enrique, Françoise, Antonietta, Horacio y Ercole), cuatro de ellos con el mismo « síndrome de Ambrás» que su padre, acabó sus días en Italia, en la corte de los Farnesio. «Hay historiadores que creen que a la muerte de Catalina de Médici, los regalan a los Farnesio, aunque yo quiero pensar que esa última decisión la toma él y decide irse de una Francia que se lo ha dado todo, pero que en los últimos acontecimientos a los que ha tenido que enfrentarse le ha roto el corazón, y a la que nunca más volverá», señala Lira, que deja claro al final del libro qué parte de su relato es histórica y cuál ficción.

Aunque para ver los rostros de Petrus y su familia hay que acudir a otros libros, navegar por Internet o viajar a Innsbruck (Austria) para ver el antiguo gabinete de maravillas del castillo de Ambrás, o al castillo de Blois (Francia), donde la pequeña Antonietta, de unos 6 ó 7 años, sujeta un papel en las manos en el que dice que su padre fue regalado al rey de Francia. A Lira ya le había llamado la atención este personaje desde que recopiló información para su libro «Donde nacen los dragos», pero este lienzo de Lavinia Fontana fue el que le impulsó a escribir su última novela. «De alguna manera me llamaba desde el retrato diciéndome: cuenta la historia de mi padre que vivió estos mundos tan distintos y fue capaz de sobrevivir y tener una larga vida», comenta. Petrus Gonsalvus falleció en 1618 con unos 80 años, una rareza más en el siglo XVI.