Eduardo Mendoza, en La Pedrera, donde presentó su nueva novela
Eduardo Mendoza, en La Pedrera, donde presentó su nueva novela - AFP

Eduardo Mendoza: «En Cataluña tenemos los delincuentes que nos merecemos»

El escritor vuelve con su detective para descifrar «El secreto de la modelo extraviada», su nueva novela

BARCELONAActualizado:

El detective sin nombre que bebe pepsicolas vuelve a salir del manicomio para investigar a su manera. Barcelona y el detective cabalgan juntos desde 1979 con «El misterio de la cripta embrujada». En « El secreto de la modelo extraviada» (Seix Barral), la Ciudad Condal luce con su esplendor de escaparate turístico; y nuestro pintoresco detective, más envejecido, se dispone a resolver un caso cerrado en los años ochenta: «Habían asesinado a una modelo y me culpaban a mí...».

[Lee el primer capítulo de «El secreto de la modelo extraviada»]

Eduardo Mendoza aborda el pasado sin nostalgia y encara el presente con la sátira marca de la casa. Aficionado a disfrutar de las calles al despuntar el día, confiesa que una mañana se sintió tan extranjero en el paseo de Gracia como su detective: «En aquel momento era el único barcelonés... Atravesaba con el semáforo en rojo, mientras que el resto de viandantes –turistas– aguardaban a que se pusiera en verde ataviados con las camisetas de Messi propias de los cruceristas... Han mejorado los souvenirs. Aquellos sombreros mexicanos...» Mendoza comparte la perplejidad con el protagonista de su novela: «Al repasar las señas de identidad barcelonesas –sardanas, Copito de Nieve, Patufet– te das cuenta de que esto no es normal: hemos de hacérnoslo mirar», comenta burlón.

Acompañado del equipo humorístico habitual –la hermana puta, el comisario Flores y Westinhouse, travestí convertido en guardia civil– el autor se funde con sus personajes: «Todo lo que digo y cuento soy yo. Todo es fondo de armario», subraya. Si lo que dice y cuenta es él, he aquí la opinión de la modelo extraviada sobre La Pedrera: «En Figueras, esto mismo, en más pequeño, lo hacen las vacas». Mendoza ha escogido el ondulante edificio de Gaudí para hablar de la novela. En los ochenta, apunta, no había ni rastro de turistas: «La Pedrera estaba muy deterioriada, con un bingo y un bareto, nadie quería vivir aquí...» De nuevo, el eco de sus personajes: «En aquella época, Barcelona era una cochambre. Hoy es la ciudad más visitada y admirada. ¡Quién lo iba a decir! La Barcelona del presente no tiene nada que ver con la Barcelona del pasado. ¿O sí?»

«No hay guiños»

«En esta novela no hay guiños ni sobrentendidos», advierte Mendoza. Pongamos un ejemplo: un grupo de burgueses monta una organización –la APALF– para llevarse el dinero a Suiza. La corrupción es como el clima mediterráneo, añade: «Hay calorcito, a veces llueve y hay corrupción. La burquesía catalana es la que pone el disco que hemos de escuchar en cada época... Una burguesía sin pizca de gracia. No sé si tenemos los gobernantes que merecemos, sino los delincuentes que merecemos, unos estafadores de poca monta. En vez de ingeniería financiera hacen lampistería financiera».

«En vez de reírnos de nosotros mismos, los catalanes nos estamos tomando demasiado en serio»

Sobre el choque de trenes a raíz de la deriva independentista, el escritor no quiere repetir lo que ya dijo en el Hay Festival de Segovia: la independencia sería perjudicial y empobrecedora, no hay motivos para la secesión, ni políticos, ni de Justicia. No hay falta de libertades en Cataluña: «Yo voy a rastras de la realidad y en este aspecto no me imagino nada. En lugar de reírnos de nosotros mismos, los catalanes nos estamos tomando demasiado en serio», apostilla.GaudíBarcelona

Escrita a lo largo de un año –con algún paréntesis dedicado a traducir teatro–, «El secreto de la modelo extraviada» sirvió a su autor para sobrellevar la muerte de la actriz Rosa Novell, el amor de su vida, y aplicarse la divisa aristotélica: la esperanza nos defiende del presente y el humor del pasado. Al mutar en sus criaturas, Mendoza se divierte rumiando las tonterías que va a escribir... aunque convertirlas en literatura no es tan fácil como parece: «El humor escrito ha de funcionar como un reloj que no adelante ni se atrase. A veces estoy dos días para escribir una sola frase». En algún momento se planteó dejar la novela y enfrascarse en unas memorias: «¡Qué aburrimiento más horroroso! ¿Para qué escribir memorias si mis novelas son fragmentos de mi vida?», exclama.

Gamberro con traje y corbata

«Cuando alguien escriba una tesis doctoral ya me explicará lo que he escrito», apunta. El hombre de las pepsicolas es más un cronista que un detective que sigue sin nombre o se lo toma prestado: «Nació con esa voluntad porque no tiene nada... Lo que más me admira es cómo se las apaña para ir por el mundo sin dinero: ni pesetas, ni euros». Entre la cripta embrujada y la modelo extraviada, pasando por el laberinto de las aceitunas, el tocador de señoras y los enredos chinos, el antihéroe mendocino ha ido resolviendo casos utilizando la eterna fórmula de la picaresca: «Para salvar el pellejo tuve que recurrir a mi ingenio y a métodos poco convencionales y pedir la ayuda a personas de mi círculo, no siempre recomendables». Su creador nos regala una pícara sonrisa: «Soy un gamberro que viste traje y corbata...».

«En vez de reírnos de nosotros mismos, los catalanes nos estamos tomando demasiado en serio»

Sobre el choque de trenes a raíz de la deriva independentista, el escritor no quiere repetir lo que ya dijo en el Hay Festival de Segovia: la independencia sería perjudicial y empobrecedora, no hay motivos para la secesión, ni políticos, ni de Justicia. No hay falta de libertades en Cataluña: «Yo voy a rastras de la realidad y en este aspecto no me imagino nada. En lugar de reírnos de nosotros mismos, los catalanes nos estamos tomando demasiado en serio», apostilla.

Escrita a lo largo de un año –con algún paréntesis dedicado a traducir teatro–, «El secreto de la modelo extraviada» sirvió a su autor para sobrellevar la muerte de la actriz Rosa Novell, el amor de su vida, y aplicarse la divisa aristotélica: la esperanza nos defiende del presente y el humor del pasado. Al mutar en sus criaturas, Mendoza se divierte rumiando las tonterías que va a escribir... aunque convertirlas en literatura no es tan fácil como parece: «El humor escrito ha de funcionar como un reloj que no adelante ni se atrase. A veces estoy dos días para escribir una sola frase». En algún momento se planteó dejar la novela y enfrascarse en unas memorias: «¡Qué aburrimiento más horroroso! ¿Para qué escribir memorias si mis novelas son fragmentos de mi vida?», exclama.

Gamberro con traje y corbata

«Cuando alguien escriba una tesis doctoral ya me explicará lo que he escrito», apunta. El hombre de las pepsicolas es más un cronista que un detective que sigue sin nombre o se lo toma prestado: «Nació con esa voluntad porque no tiene nada... Lo que más me admira es cómo se las apaña para ir por el mundo sin dinero: ni pesetas, ni euros». Entre la cripta embrujada y la modelo extraviada, pasando por el laberinto de las aceitunas, el tocador de señoras y los enredos chinos, el antihéroe mendocino ha ido resolviendo casos utilizando la eterna fórmula de la picaresca: «Para salvar el pellejo tuve que recurrir a mi ingenio y a métodos poco convencionales y pedir la ayuda a personas de mi círculo, no siempre recomendables». Su creador nos regala una pícara sonrisa: «Soy un gamberro que viste traje y corbata...».