Retrato de Francisco Pizarro
Retrato de Francisco Pizarro
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«Una nueva visión de la conquista del Perú»: Pizarro, el héroe improbable

La mala fama precede la figura de uno de los grandes conquistadores. Este ensayo pone al día su figura

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Si la conquista y colonización de América por los españoles constituye elemento esencial de la leyenda negra, la lista de supuestos malvados que la protagonizó tiene en Francisco Pizarro uno de los más destacados. Ya en vida le empezó a afectar un problema de relaciones públicas, asunto en el que su sobrino Hernán Cortés, conquistador de México, llevó siempre las de ganar. Frente a figuras irrefutables como Colón o el mencionado Cortés, Pizarro es retratado como un taimado conquistador en la tercera edad, cruel y asesino. Ni siquiera salva su imagen que encontrara la muerte en un asesinato alevoso y previsto, tan anunciado como el de Julio César, según muestra esta biografía actualizada, excelente en su escritura y muy precisa en su documentación. El autor, conocido por sólidas aportaciones a la historiografía americanista del periodo, pretende ofrecer al lector un relato de la vida del conquistador del Perú puesto al día. Sin embargo, lo que tenemos ante nosotros es una historia social de la conquista de América a través de un estudio de importancia sobresaliente. Lo más sólido radica en el uso de las fuentes disponibles sobre los orígenes familiares, el estudio de las estrategias del linaje Pizarro, o la vida y muerte del conquistador. El autor ilumina de manera primorosa los 54 años de vida que anteceden a su llegada al Incario en 1532.

Fundador de ciudades

Vemos así que la llamada «conquista de América» supuso la continuidad de las prácticas bélicas habituales en el Mediterráneo durante la Edad Media. Si Pizarro estuvo en las campañas italianas del Gran Capitán, a nadie puede extrañar que supiera de la importancia de la captura del general enemigo. O que valorara como experto las cuestiones de logística que conllevaba la permanencia de una hueste o ejército particular en campaña, sin esperanzas de socorro. En este sentido, llama la atención la minusvaloración de las condiciones de partida que encontró Pizarro como explicación de su éxito, o la apología más o menos matizada de la situación del imperio Inca antes de su llegada. Que encontró aliados indígenas hartos de la opresión incaica en selvas y cordilleras es un hecho irrefutable, como también lo es que la guerra civil por su jefatura ayudó sobremanera las acciones políticas y militares de los españoles. Los capítulos dedicados a la caída del incario y el periodo posterior asumen un cierto lascasianismo indigenista presente en buena parte de la historiografía peruanista. En palabras del mejor historiador peruano del último siglo, Guillermo Lohmann Villena, «todo el arsenal melodramático se pone a contribución para atraer la sensibilidad del lector».

Ese cuadro de supuesta devastación dejado por Pizarro se contradice con su papel como fundador de una decena de ciudades, Quito, Cuzco, Jauja, Trujillo, Lima y Arequipa entre ellas. De ahí que, como en toda buena obra de historia, el balance de una lectura abierta ofrezca horizontes de expectativas. Este libro abre nuevas perspectivas a la historia de América, que no se puede seguir contando de modo aislado y nacionalista. En lo que se refiere a la conquista, porque fue en la práctica más obra de indígenas que de españoles. En lo que se refiere a la matraca del indigenismo, ese invento de criollos blancos resentidos, porque está claro para la historia global que no existen pueblos originarios. Todos venimos de otra parte. Se llama globalización.