Bruce Springsteen nació en Nueva Jersey en 1949
MÚSICA

Bruce Springsteen, cuando ya no hay hambre

«Western Stars» nos devuelve al perfeccionista «Boss» de siempre. Otra cosa es que sigamos creyendo sus historias

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«Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie», leímos en El Gatopardo. Se termina la segunda década del siglo XXI. Bruce Springsteen hace personalmente una lista de sus mejores canciones en Spotify, donde incluye las tres canciones hoy visibles de Western Stars, anunciado para el 14 de junio, como cabecera de un pantagruélico banquete de rock and roll, la mayoría éxitos de los años gloriosos -él es el primero en saber calibrar su producción-, porque el Boss, a diferencia de Elvis, es y ha sido siempre un contador de historias, firma sus composiciones, y esto, desde los tiempos en que conoció a Landau, fue la gran diferencia que hizo verídico el vaticinio de aquel, cuando John, crítico luego pasado a productor, escribió: «Hoy he visto el futuro del rock and roll: se llama Bruce Springsteen».

Estaban jugándoselo a una carta, iba a salir Born To Run y el sonido fruto de aquellas sesiones baratas en aquellos estudios rancios, dada la racanería de su manager Appel, no convencía a Bruce. Fue Landau quien le dijo: «Eh, tío, acorta esas canciones, comprime el sonido, graba en Robert Plant y no en esta ratonera obsoleta». Ambos, el escritor intelectual y el talentoso songwriter se escuchan, se entienden, saben que quieren no un disco cualquiera, sino «el mejor disco que se haya grabado nunca». Ambición, fe, cercanía, palabras que Bruce ha llevado hasta el paroxismo como bandera en sus conciertos, donde lo que ocurre abajo fue siempre tanto o más importante que lo que ocurría encima del escenario.

Springsteen sigue su listado, tras las nuevas tres tristes canciones, que sí que son bonitas, en cinemascope, pero que andan muy alejadas de la bestia parda que ha conquistado corazones en los cinco continentes, con «Hungry Heart» y su épica Motown para clase media trabajadora, nicho millonario que lo ha convertido no solo en estrella sino también a él mismo en millonario, con todo lo que ello representa para la psicología del artista y su arte.

El arte requiere de un cierto hambre, bien lo describió Knut Hamsun. Hoy, Bruce es consciente de que el tiempo pasa, se ha desnudado meses enteros noche tras noche en Broadway, nos ha contado su vida, sus desencuentros familiares, su abandono cuando lo dejan solo con 19 años, en Nueva Jersey, el «Estado Jardín», qué gran paradoja, lugar postindustrial y decadente, sus denodados esfuerzos por sobrevivir sin techo como líder de una banda de garage, los Castiles, su viaje a California en el 69, para volver como gato escaldado, hasta aquel bendito 3 de mayo de 1972 cuando cruza la puerta del despacho en las oficinas de CBS y le canta al cazatalentos John Hammond «It´s Hard To Be A Saint In The City». Lo has conseguido, Bruce, un contrato.

Las nuevas canciones están lejos de las que sedujeron a millones de corazones

En enero de 1973 sale tu primer disco largo, Greetings From Asbury Park, N.J. Y nada sucede, vendes apenas veinte mil copias, para la época una cifra miserable. Tienes fiebre, huida hacia adelante y, en el verano, con la E Street Band, entras a grabar el segundo, The Wild, The Innocent and The E Street Shuffle, otra vez en esos rancios estudios. Acabas de compartir cartel en el Max's Kansas de Nueva York con Bob Marley & The Wailers, pero por increíble que parezca hoy, tanto uno como otro sois dos figuras desconocidas.

«Born to Run es como una larga noche de verano», has confesado. No es para menos, la foto en la que te lanzas sobre Clarence Clemons, tu amigo y cómplice, con la Fender Squire colgando, dará la vuelta al mundo como portada de Rolling Stone. Ahora tus historias, como la inmortal «Thunder Road», serán coreadas, cantadas, gritadas con ganas, escuchadas en habitaciones de adolescentes incomprendidos de varias generaciones que van a huir de la soledad, a crear un cordón umbilical irrompible con tus canciones, a generar un jardín secreto que lleva tu nombre.

Con Darkness At The Edge of Town te diste cuenta de que tenías que rendir cuentas con las personas con las que habías crecido para darle algún sentido al éxito. Quieres mostrarte tal cual eres, sin ambages, recién despertado. Si escuchas «Badlands», «Prove It All Night» o «The Promised Land» no olvides que soy yo, dijiste, este hombre de carne y hueso quien te canta, con una mente más frágil de lo que podrías llegar a sospechar.

Los conciertos con la E Street Band, a partir de mayo de 1978, comienzan a ser epifanías de tres horas, una emoción desatada que muchos no han podido volver a sentir jamás en un concierto de rock. Para cuando en octubre de 1980 se publica el doble The River, jóvenes de todo el mundo se agolpan a las puertas de las tiendas de discos para hacerse con una copia. Springsteen ha llegado al cénit de su carrera, con inteligencia y honestidad. Y lo ha hecho con un disco magnífico, no solo por las canciones más vacilonas, sino por otros oscuros pasajes, como «Independence Day», donde afronta por fin sus problemas con su padre, o el desencanto explícito de «The River», basada en la experiencia de vida en pareja de su hermana Virginia.

La resaca de la gira te llevó a escribir el disco más original de tu carrera, ese Nebraska que recogía los espectros que revolotean una tierra de desórdenes, violencia, que es el envés de la tierra prometida. Esas canciones son tan desprendidas, tan gélidas, que atrapan al oyente en su melancólica letanía. ¿Por qué? Porque desprenden belleza. Western Stars, en fin, nos devuelve al Bruce de siempre, perfeccionista, que como lo describía Landau parte en sus discos de una sola idea y la desarrolla. El problema, más allá de Lampedusa y su acertada máxima, es que nos lo creamos. Que sigamos creyendo en las historias del Boss, cuando ya no hay hambre.