Philby, en 1955, cuando todo eran sospechas sobre su doble juego
Philby, en 1955, cuando todo eran sospechas sobre su doble juego

Kim Philby, el espía soviético perfecto que dominaba la traición, la mentira y el secreto

Pasó los secretos del programa nuclear americano a Moscú. Delató a los agentes del MI6 infiltrados tras el Telón de Acero. Llegó a lo más alto en los servicios secretos británicos, donde se ocupaba de los asuntos soviéticos. Desertó en Beirut en 1963 tras confesar su deslealtad

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El espionaje es un cóctel que combina tres elementos: la traición, la mentira y el secreto. Kim Philby fue un maestro en poner esos tres recursos al servicio de la causa que eligió cuando estudiaba en Cambridge: el comunismo soviético.

Tras su deserción a Moscú, un viejo amigo británico le reprochó su deslealtad y él respondió con aplomo: «Yo siempre he servido a mi verdadera patria: la Unión Soviética». Lo que no sabía es que Stalin había sospechado que era un triple agente, una ofensa para quien se había jugado la vida por su fe en el ideal comunista.

Philby, que murió en 1988 obnubilado por su alcoholismo, está hoy enterrado en el cementerio de Kuntsevo junto a otros héroes soviéticos. Disipada toda sospecha, el espía inglés es recordado por una plaza en Moscú que lleva su nombre. El KGB le ascendió a coronel, le homenajeó como un patriota, le nombró instructor en su escuela de formación y le concedió una lujosa vivienda hasta sus últimos días, en los que empleaba su tiempo leyendo «The Times» y siguiendo las competiciones de críquet.

No era para menos porque durante más de dos décadas Philby, aprovechándose de su privilegiada posición en los servicios secretos británicos, había pasado no sólo valiosa información estratégica sino también los nombres de los agentes infiltrados tras el Telón de Acero.

Por ello, el escritor John Le Carré, ilustre exespía, se negó a estrechar su mano en un viaje a Moscú, tal y como deseaba Philby. «Yo no quiero saber nada de un traidor que es responsable de la muerte de muchos de mis compañeros», dijo el novelista.

Philby, que era hijo de un famoso diplomático y explorador británico, había nacido en la India en 1912. Fue reclutado, como el resto de los integrantes del Círculo de Cambridge, en los años 30 y, gracias a su talento y su habilidad para el engaño, fue ascendiendo en el escalafón del espionaje británico.

Cubrió la guerra de España como corresponsal y fue galardonado por Franco, que le creía simpatizante de su causa. Tras dirigir la famosa sección IX que se ocupaba de las redes soviéticas de espionaje, fue promovido al cargo de enlace en Washington entre la CIA y los servicios británicos, lo que le permitió informar a sus amos de los avances del programa nuclear estadounidense. Tenía acceso a todos los secretos gracias a sus estrechos vínculos con jefes de la organización como el legendario James Jesus Angleton, que le invitaba a cenar en su casa.

Philby siempre trabajó al filo de la navaja, estando a punto de ser descubierto en varias ocasiones. En 1945, supo por su cargo que un agente soviético llamado Volkov iba a desertar tras comprometerse a revelar la identidad de un topo de muy alto nivel. Avisó a Moscú y Volkov fue asesinado cuando ya se hallaba en Estambul. A comienzos de los años 50, las sospechas sobre Philby eran casi certezas. Pero sus amigos del MI6 consiguieron exonerarle y convencer al primer ministro Harold Macmillan para que abogara por su integridad en el Parlamento. Finalmente fue apartado del servicio y huyó de Beirut en 1963 tras confesar a su compañero Nicholas Elliott que había espiado para los soviéticos. Ya no había duda de cuáles habían sido sus lealtades.