El poeta Luis García Montero, nuevo director del Instituto Cervantes
El poeta Luis García Montero, nuevo director del Instituto Cervantes - RAMÓN L. PÉREZ

Luis García Montero: «No me voy a dedicar a colocar a amigos por el mundo»

El Gobierno de Pedro Sánchez nombra al poeta granadino, que en 2015 fue candidato de IU a la Comunidad de Madrid, director del Instituto Cervantes, institución en la que sustituye a Juan Manuel Bonet

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Hace unos días, Luis García Montero (Granada, 1958) recibió una llamada del presidente del Gobierno. El objetivo de Pedro Sánchez era proponerle al poeta, que hace cuatro años fue candidato de IU a la Comunidad de Madrid, ser director del Instituto Cervantes. García Montero lo estuvo pensando. Lo comentó con su familia, con su mujer, la escritora Almudena Grandes y, finalmente, aceptó. Después de casi 40 años como profesor (es catedrático de Literatura en la Universidad de Granada) y otros tantos escribiendo (ostenta el premio Nacional de Literatura, el de la Crítica, el Loewe y el Adonáis), García Montero afronta este reto «importante» con «ilusión», «responsabilidad» y «la exigencia de hacerlo lo mejor posible».

Hablando de retos, ¿cuáles son los más importantes para el Cervantes?

El Cervantes es de suma importancia para la imagen de España, para difundir una lengua riquísima, no sólo porque la hablamos millones de personas, sino también por el patrimonio literario. Será fundamental oír a los profesionales del Instituto, lograr que funcione con absoluta independencia, comprometido con los valores culturales, pero al margen de los dictados de los partidos, porque las instituciones públicas son patrimonio de todos los españoles y no de los partidos.

Para todo eso hace falta dinero...

Sí, y una de mis primeras tareas será ver de qué manera se puede ampliar el presupuesto. Se me han quejado a veces de la reducción tajante que hubo de inversión… Yo comprendo que en un proyecto de Gobierno hay que pensar lo mismo en los pensionistas que en los hospitales y en la educación pública, pero me gustaría transmitir la idea de que la inversión en la cultura española es muy importante.

Entiendo que, una vez que uno acepta un cargo como este, las preferencias políticas quedan a un lado.

Sí, soy consciente de que como representante de una institución pública tengo que dejar a un lado las declaraciones políticas. Mi compromiso con una sociedad igualitaria y libre lo voy a seguir teniendo. Tengo 60 años, llevo 40 escribiendo y va a ser muy fácil saber lo que opino. A nivel personal, asumo mis responsabilidades. Si me siento persona de izquierdas, por mucho que se metan conmigo presuntos compañeros, si tengo que decir que lo que está ocurriendo en Nicaragua me parece una canallada, lo digo, porque es mi conciencia. Era mi conciencia, hasta ayer.

Desde hoy, es distinto.

Hoy represento una institución que tiene que ser patrimonio común y evitaré cualquier opinión que desagrade, no ya al Gobierno, sino a la ciudadanía. Una de las asignaturas que tiene la democracia, que debe aprender todo el mundo, y quizás lo puedo decir porque en mi militancia nunca he estado en partidos de Gobierno, es que las instituciones son patrimonio de la ciudadanía y no pueden tener un uso sectario, tienen que estar al servicio de la nación.

El Cervantes ejemplifica, mejor que ninguna otra institución, la unión a través de la lengua.

Es verdad. Desde que empecé a escribir, muchos de mis amigos han escrito en catalán, en gallego, en vasco, y me da mucha rabia que se puedan crear conflictos entre las distintas lenguas, porque es una riqueza de todo el Estado. Rosalía de Castro es patrimonio de todos; Joan Margarit, Salvador Espriú, son poetas con los que me he formado. En ese sentido, puede haber un diálogo fuera del conflicto. El español no es sólo patrimonio de los españoles, sino de muchos millones de hablantes. El entendimiento con nuestra lengua es una ventaja para la cultura catalana, gallega o vasca, porque a través de una lengua tan sólida como la española pueden desarrollarse muchas políticas de afianzamiento.

Ha dicho «afianzamiento» y a mí se me ha ido la mente al otro lado del charco. Dentro de dos o tres décadas, Estados Unidos será el país con más hispanohablantes... pese a Trump.

Pues así es, y fíjese qué cultura tan importante hay detrás de ese idioma, también en Estados Unidos. Qué mejor manera de oponerse al desprecio a la inmigración mexicana o a esa barbaridad de separar a niños de sus padres y de maltratar a México que hacerlo desde el idioma. Cuando leo ofensas contra México, me siento aludido, porque de México son José Emilio Pacheco o Rosario Castellanos, que son parte de mi patrimonio cultural. Pero cualquier cosa que pueda decir ahora es buena voluntad. Voy a tener el reto y la buena suerte de que coincide mi nombramiento con la reunión anual de directores del Cervantes.

Se estrena pronto, sí: el lunes.

Voy a ir a sumergirme, a oír, a tomar nota, a aprender y a preguntar. Y, a partir de ahí, intentar proponer lo mejor.

¿Habrá muchos cambios o va a seguir una línea continuista?

No le puedo decir, porque depende de la situación. En cualquier cambio, hay necesidad de contar también con personas nuevas. Pero quien me llamó no esperaba de mí que repitiese algunas actitudes que en el Cervantes se han vivido antes: que llegue alguien que se dedique a cambiar a directores y a colocar a amigos por el mundo, esa no creo que sea mi tarea, porque las lecciones se van aprendiendo ya. Cuantos menos cambios deba de hacer, pues mucho más cómodo.

Hace unos días, en el programa «Efecto Doppler», en Radio 3, decía que ya no le veríamos metido en «camisas de once varas» de despachos...

Es verdad. Estaba escribiendo tranquilamente cuando me llamaron. Cuando me lo planteé, tuve conciencia de que no era un destino político. Soy consciente de la repercusión pública que tiene, y de ahí el compromiso con la prudencia y conmigo mismo, pero no es un destino político. He pasado años asistiendo a reuniones y a despachos donde unos compañeros se metían con otros para luchar por el poder. Vengo a cumplir un desarrollo de la función que he tenido durante casi cuarenta años como profesor universitario y como escritor. Me da mucha rabia hablar mal de la política, no me gusta nada. Hay que reivindicar la política como uno de los grandes bienes de la democracia, pero reivindicar la política es huir del sectarismo, del canallismo.