DOMINGOS CON HISTORIA

Carmen Laforet y el nuevo realismo

Con su primer libro, «Nada», trazó una soberbia crónica sentimental de la época

MADRID Actualizado: Guardar
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Habrá que tener siempre presentes la sabiduría, la retranca y la generosidad de aquel Azorín ya anciano, de envidiable precisión verbal, lector con capacidad todavía de asombrarse. En julio de 1945, la revista «Destino» publicaba su hermoso elogio a Carmen Laforet, su reconocimiento lleno de ternura de una obra maestra escrita a los 24 años. «¿Usted, Carmen Laforet, ¿cree que se puede publicar impunemente una novela original, una novela bellísima? ¿Usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a esa edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos? De antuvión, quiero decir, de un golpe, sin decir “agua va”, usted publica, estampa, lanza al público, nos pone ante las narices, una novela magistral».

Y con el sentido del humor que nunca le abandonaría –esa ironía con la que los hombres del 98 se protegieron de los tiempos aciagos de la historia de una nación que amaban hasta el tuétano, de una cultura que era su propia sangre destilada, de un idioma que ayudaron a insertar en el siglo XX– terminaba con una súplica: «Júrenos usted que no lo hará más. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como “Nada”, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel…».

Brío renovador

Las palabras de Azorín debieron de turbar a aquella novelista de apariencia frágil que sonreía en las fotografías publicadas en la prensa como ganadora de la primera edición del premio Nadal. Porque la cariñosa regañina era algo más que asombro por la novedad: era jubilosa afirmación de la salvación de una tradición literaria. La alegría del mayor prosista del 98 radicaba en el hallazgo del nexo de unión con la mejor escritura española de comienzos de siglo, en aquella posguerra literaria retórica y artificial, vehemente e impúdica, sensiblera e impostada. Tal era la fuerza de la novela, que consiguió romper los compromisos del certamen, los acuerdos de trastienda, las trampas antes del fallo del jurado, y ganó la mejor. Y la mejor sigue siendo un libro cuya lectura nos conmueve como pocas otras cosas escritas en aquella década en la que algunas obras poderosas, en la narrativa y la poesía, recobraron el sentido esencial de la cultura española. Porque fueron fieles a la trayectoria del viejo realismo español de la Restauración y miraron a la cara, desde el mismo brío renovador, a lo que se estaba escribiendo en la Europa contemporánea.

«Nada» fue un prodigio lanzado a los lectores por una mujer que editaba por vez primera un libro. Lo que quizá llevó a la reticencia posterior de la autora fue el peligroso «éxito prematuro» al que se refiere Scott Fitzgerald, en uno de sus mejores relatos breves. Poco importa que, en una triste aceptación de la solicitud irónica de Azorín, el milagro no se repitiera. Laforet no volvió a escribir algo de calidad semejante, quién sabe si amedrentada por la exigencia que su propio oficio había colocado en un lugar tan elevado. Pero lo que importa no es lo que no pudo realizar en su vida posterior, sino lo que regaló a la literatura española en aquella nación sepultada bajo el peso de la amargura y la sombra de la inseguridad.

El desarraigo

Hay que invitar a los españoles a entrar en aquel libro germinal, al que tanta buena literatura posterior no ha hecho perder ni un ápice de potencia expresiva y aleccionadora sencillez. Es una novela subjetiva, en la que la mirada de Andrea, una muchacha que llega a la Barcelona de posguerra para estudiar Filosofía y Letras, nos permite observar aquella realidad ultrajada y temerosa como si fuéramos los protagonistas. Somos nosotros los que atravesamos las calles aún vacías y húmedas del amanecer desde la estación hasta la calle Aribau. Nosotros, los que sentimos el aire sucio de una vivienda con familiares turbios, desencajados por la experiencia de la historia, supervivientes ásperos de una violencia inaudita. Percibimos la náusea de un mundo que vive al instante, como un animal desconcertado. Sufrimos el desarraigo, la desesperanza y la mezquindad de quienes comparten la miseria ética y la pobreza económica. Viajamos por un espacio atestado de vidas ya extinguidas, de recuerdos que pretenden sostener una cierta dignidad y esperanzas que se saben falsas. Pero, sobre todo, compartimos la ilusión de Andrea, su exigencia de que se vuelva a vivir mirando hacia delante.

Con Andrea, notamos alzarse el corazón a la ternura incipiente del amor, a la esperanza ingenua de un país lleno de buenas y pobres gentes que rehacían su vida. Laforet trazó una soberbia crónica sentimental que no se hizo desde la seguridad de una mirada exterior, sino desde el riesgo literario de una narración en primera persona, que podía haberla llevado a cualquier exageración emocional o a una no menos excesiva frialdad. Diseñó una mirada llena de fragilidad, de indefensión, de timidez. Pero no de cobardía. Era la mirada de una mujer joven y terca, dispuesta a vivir de nuevo a pleno corazón.

El tono adecuado

Laforet nos ofreció lo que el oficio de una formidable escritora era capaz de fabricar: el tono adecuado para explicarnos la resurrección apasionada, resuelta, de quienes ni habían hecho la guerra ni estaban dispuestos a vivir de su escoria moral.

El lenguaje austero, la sencillez tan difícil, la minuciosa contemplación del mundo, la compasiva descripción de los seres cautivos en aquella pasividad que sigue al fracaso de una sociedad. Vuelvan a ella. Regresen con Andrea a la Barcelona insomne, cansada, envejecida, que esperaba su redención de las palabras de una muchacha recién llegada: «Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas; de establecimientos cerrados; de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada».