REPORTAJE

De patrulla con los centinelas del Estrecho

«Se pasa muy mal pero es nuestro trabajo», cuentan los agentes que esta semana han estado buscando los cadáveres de los inmigrantes que naufragaron en los Caños

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Se corre el riesgo, el peligro más bien, de que cuando algo se hace rutinario, por muy trágico que esto sea, se puede perder la perspectiva. El lamento, la pena, la incomprensión solo duran el tiempo que el foco mediático decide que la atención permanezca arrojando imágenes que remueven conciencias pero que, pronto, se olvidan o se solapan por otras.

El naufragio de una patera que ha matado esta semana a un grupo de inmigrantes arrojándolos al agua es un nuevo episodio de esta terrible espiral de un libro que parece no tener nunca final. No se soluciona. No se termina. Ya pasó otras veces. Ya ocurrirá de nuevo. Aquí, en esta orilla, se intenta frenar la tragedia. En la otra, las guerras, la pobreza, la desesperación, las mafias, las políticas, la corrupción ponen muy complicado teclear un punto y final. Algún acuerdo, alguna salida...

Y mientras que llega una solución o se le dan cientos de vueltas al mismo problema existe quien trabaja durante todo el año para al menos intentar evitar lo peor o ayudar a esas personas que ya iniciaron el viaje o lograron terminarlo pero quedaron abandonadas a su suerte. Por mar, por tierra, por aire... cientos de agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil velan por la seguridad de quienes precisamente la desafían en la búsqueda de un supuesto futuro mejor.

Y entre ellos, en mitad de las bravas aguas del Estrecho cada día un grupo de agentes del Servicio Marítimo de la Guardia Civil sortea la jornada según se presente. Aquí no existen los planes. Ni los horarios. Aquí cuando hay una urgencia se atiende, cuando hay necesidad se actúa. Esté como esté la mar y azote como azote el viento.

Arracan motores

Han pasado solo unas horas desde el último hallazgo del cadáver de un magrebí en la playa de los Caños de Meca y la patrullera 'Río Ulla' vuelve a encender sus motores. Viene desde su puesto de Puntales en Cádiz pero sale desde el puerto de Barbate para cumplir con el amplio dispositivo activado en la búsqueda de posibles nuevas víctimas. El día ya dibuja lo que se presiente. Gris. Oscuro. Entumece los huesos. «¿Habéis traído ropa para mojaros?», se nos advierte. El suroeste aprieta y una vez que la lancha deje atrás el muelle comenzará el baile. No hay que esperar mucho. Una fuerte corriente balancean de babor a estribor la patrullera. Las aguas saltan a ráfagas a cubierta. Lo salpican todo y a todos. «Imagínate si esto nos pasa aquí con este barco que está preparado, ¿qué no les ocurrirá en las pateras que vienen de cualquier forma?». Navegar en estas condiciones ayuda a entender aunque sea una mínima parte el increíble riesgo y la peligrosidad a la que se enfrentan las decenas de personas que se lanzan al Estrecho en hinchables, en zodiacs o en frágiles barquitos de madera. «A veces que lleguen es un auténtico milagro», cuentan a bordo.

Navegar en estas condiciones ayuda a entender aunque sea una mínima parte el increíble riesgo al que se enfrentan cientos de inmigrantes en pateras

A los mandos de estas lanchas van experimentados agentes que conocen perfectamente cómo ir trazando el mar para no correr ningún riesgo. Aunque las aguas de la Frontera Sur de Europa no son precisamente lo que se dice previsibles. En cualquier momento pueden cambiar. Y además las circunstancias son las que son. Divisar una patera, acercarse a ella, intentar que no cunda el pánico, rescatarlos sin que caigan al agua, perseguir a toda velocidad una ‘goma’ cargada de hachís, pilotar al límite para sacar del agua a alguien que se está ahogando, apagar un incendio en alta mar... son situaciones extremas la mayoría de las veces donde el mejor salvavidas con el que cuentan estos agentes es su propio control y la calma.

El guardia civil José Antonio Parra es mecánico marinero y desde hace veintitrés años forma parte de estos 'ángeles de la guarda' del mar. Estuvo una temporada en otra unidad pero, pasado un tiempo, decidió volver al agua. Dice que lo echaba de menos. Se le nota pronto la pasión que tiene por lo que hace. Y cuando habla de ello revive cada episodio como si estuviera ocurriendo en ese mismo instante. Como el rescate que hicieron este pasado septiembre y cuyas escalofriantes imágenes transcendieron a todos los medios. De nuevo una patera atestada de personas. Un pequeño tiene claros síntomas de hipotermia y llora desconsolado. Cogen la neumática y se acercan con cuidado. Intentando que mantengan la calma, que no se caigan al agua. Le dan una manta térmica para que cubran al niño pero no es suficiente. Su vida corre peligro así que deciden llevárselos inmediatamente hacia la patrullera sin esperar a que llegue Salvamento Marítimo, los que se encargan de trasladarlos a puerto.

El agente Parra, con el pequeño rescatado en brazos.
El agente Parra, con el pequeño rescatado en brazos. - LA VOZ

«Cuando lo cogí en brazos me temblaban las piernas, el cuerpo me crujió. Fue una experiencia inolvidable», recuerda... «Lo mejor de mi vida profesional». Pero, este episodio no es, en absoluto, el único que tiene grabado en su memoria. Como le suele ocurrir al resto de sus compañeros son muchísimos. Y recuerda otro. «Fuimos a una intervención de emergencia. Cuando llegamos nos encontramos en el agua varios cuerpos flotando. Algunos con vida, otros ya no. Agarré a uno de ellos, me costó, no podía, se me escapaba... pero conseguí subirlo a la zódiac. Le hicimos la respiración asistida y sobrevivió». Cuenta que este tipo de actuaciones, las que salen bien, les empuja a seguir. «Ves que estás haciendo una labor humanitaria importante. Reconforta mucho».

Aunque el rescate de inmigrantes no es en absoluto la única tarea que el Servicio Marítimo de la Guardia Civil tienen encomendada, en este último año les ha tenido bastante ocupados. «Este verano ha sido bestial...», cuentan. ¿Y veis alguna solución?«Política», «Ellos nos dicen que no quieren salir de su país, dejar a sus familias, cruzar en patera para ir hasta Francia (España es de paso). Quizá habría que actuar allí, con inversiones y con soluciones para que no se jugaran la vida así».

Experiencia a los mandos

Miguel Marín es sargento del Servicio Marítimo y lleva más de veinte años de patrón. Coge los mandos con absoluta seguridad. Aquí lo de dudar puede ser peligroso. «¿Te das cuenta?Hay que ver siempre como viene la ola para no volcar». Se abre paso con firmeza, la proa sube y baja con virulencia pero siempre controlada, el agente pilota en un agua completamente embravecida mientras dirige la ‘Río Ulla’ hacia el Faro de Trafalgar. «Así estaba la mar de mal el lunes, exactamente con este viento de suroeste... así, así... », lamenta haciendo un gesto de estupor como si estuviera viendo con sus propios ojos cómo pasó todo.El naufragio de los Caños es ya uno de los episodios más trágicos de la inmigración que se recordarán. Chocaron a doscientos metros de la orilla contra las rocas. El pequeño barco de madera en el que iban más de 40 personas quebró y cada uno salió como pudo. Si es que pudo.

El sargento Marin, a los mandos de la patrullera.
El sargento Marin, a los mandos de la patrullera. - ANTONIO VÁZQUEZ

«Es tremenda la cantidad de inmigrantes que lo están intentando. Por suerte se localizan a la mayoría y se ponen a salvo pero a veces ni nosotros podemos llegar a tiempo», afirma el sargento. «Los 'pateros' juegan temerariamente con la vida de estas personas...». Como ocurrió precisamente con los fallecidos de los Caños cuando con la marea vacía el patrón de la embarcación que llevaba dos días ya navegando se acercó en una absoluta oscuridad más de la cuenta impactando contra el arrecife.

Esta semana ha sido «muy complicada» para los hombres del Servicio Marítimo que trabajan a turnos horas y horas patrullando el mar. «Cosas como esta no se olvidan jamás. Es lo peor que hay. Cuando llegas y ves una patera hundida o semihundida, la gente en el agua, cadáveres... eso es lo peor. Pero cuando salvas una vida... eso lo compensa todo».

La vocación en estas circunstancias tan difíciles, cuando sus ojos ven lo que muchos no quieren ver, es algo incuestionable. Todos los hombres que forman parte de este grupo así lo demuestran. Otro de estos nombres es el de Juan Andrés Racero. A punto de partir hacia Senegal para participar en una misión del Frontex, demuestra con creces también la pasión que les hace sobrevivir en este trabajo. «Somos testigos directos de lo que ocurre y lo que siempre intentamos es poder ayudar, salvar vidas, estar ahí».

El mensaje es para todos el mismo. «Aunque a veces cuesta, tenemos claro que es nuestro trabajo y aquí estamos para hacerlo. Nuestra emergencia fundamental es la vida humana. No pensamos en el riesgo que asumimos. Tiene que ser que veamos que algo es imposible para no ir. Si llegamos, perfecto. Si no, siempre nos quedará el haberlo intentado».

Llegamos a puerto y otro equipo ya está preparado para hacer el relevo. El que nos ha acompañado deja atrás veinticinco horas de esfuerzo. Los que llegan traen de equipaje la misma voluntad, las mismas ganas. Buena proa.