TRIBUNA LIBRE

El mar: percepciones de un ingeniero

Yo les desearía para el 2019 que disfruten de la belleza y la serenidad que el mar nos transmite y que tanta falta nos hace en estos tiempos de crispación

Cádiz Actualizado: Guardar
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En este año que acaba, me gustaría despedirme hablando del mar e intentar transmitir las distintas percepciones que por él siento. El mar ha sido algo que siempre ha estado presente en mi vida, posiblemente por haber nacido en un puerto de mar, Cartagena –ciudad trimilenaria, al igual que Cádiz–, estando, sin duda, mi vida marcada desde sus inicios por el mar, sus puertos y sus costas. Tan portuaria era la ciudad en donde nací, que el gran navegante Andrea Doria ya hablaba de la seguridad de su puerto con su famosa cita «No hay navegación más segura que julio, agosto y el puerto de Cartagena».

Además del mar, la literatura también ha estado siempre presente en mi vida, pudiendo disfrutar con muchas novelas, sobre todo cuando conocí los lugares sobre las que fueron escritas, gracias a mi privilegiado trabajo de ingeniero de costas. Así, por ejemplo, para describir el mar Cantábrico, me vienen a la memoria las novelas de Armando Palacios Valdés –’José’ en particular– y las trilogías del mar de Pío Baroja. Ambos escritores supieron percibir magistralmente, desde sus mesas de camilla y sin haber posiblemente pisado un barco en su vida, las características de ese mar, tan bravío, pero a su vez tan noble, que suele avisar cuando viene una galerna. De igual forma, mi paisano Arturo Pérez-Reverte también supo captar la esencia del mar Mediterráneo en su novela ‘La carta esférica’. A diferencia de los anteriores autores, Pérez-Reverte sí que es un experimentado navegante, que disfruta con el conocimiento de la navegación clásica, y que ha sufrido lo que es un mar que no avisa, y en donde una pequeña travesía de doblar el Cabo de Palos se puede convertir en una auténtica pesadilla, aunque sus olas sean más pequeñas que la de los temporales del Cantábrico. Del Pacífico que tuve el privilegio de disfrutar de joven y que nunca se borrará de mi memoria, se quedan para mí las novelas de un singular escritor americano, Jack London, que lo tuvo todo en esta vida: fama, simpatía y dinero, y que, sin embargo, acabó suicidándose, alcoholizado, en su rancho de California. Aprendió a navegar en un precioso crucero de madera, el Snark, que mandó construir, pero que no servía para la travesía que se había propuesto. A pesar de ello, logró llegar de San Francisco a Honolulu y fue el primer escritor-periodista que dio a conocer a los primeros ‘beach boys’ que cogían olas en Waikiki, cuando el turismo en aquellas paradisíacas islas aún era cosa de unos pocos privilegiados. Su percepción de aquel océano con esas olas tan espaciadas rompiendo en sus arrecifes de coral y con aquellos nativos cabalgándolas en sus largas tablas y piraguas, fue la misma que tuve yo la primera vez que llegué a aquel lugar. Y también la misma que experimenté cuando, tras mucho esfuerzo, conseguí coger la primera ola; una sensación, que para mí fue la cercanía al paraíso.

Todas estas percepciones del mar a través de mi infancia cartagenera y de la literatura, que he resumido, continuaron, en otra dimensión, cuando recibí mis primeras clases de Ingeniería de Puertos y Costas. Esto fue en el último año de carrera, cuando conocí la irrepetible y venerada figura del Profesor Iribarren, el padre de la Ingeniería Marítima en España y posiblemente en el mundo. Don Ramón Iribarren fue un sabio en su más amplio sentido de la palabra que descubrió cómo se comportaba el mar a base de observarlo, desde la costa que tenía bajo su jurisdicción como funcionario, en el País Vasco. Sus conocidos planos de oleaje fueron un ingenioso sistema gráfico que definía perfectamente cómo llegaban los frentes de las olas a las playas. Aún me recuerdo con una bigotera, escalímetro, escuadra y cartabón, sintiendo cómo las olas se aproximaban a la costa y cómo se retrasaban o adelantaban según variase el fondo. Con la ayuda de ellos, y sin ordenadores, se construyeron muchos de los puertos principales en España y también fuera de ella. Tengo para mostrarlo en mis clases uno de esos planos, del año 1954, usado precisamente para el diseño de la Base Naval de Rota. A partir de esas primeras clases, supe a lo que me iba a dedicar, como así ha sido.

La percepción del mar desde el conocimiento científico no le resta belleza ni le quita poesía y pasión a los que por vocación nos dedicamos a su estudio y enseñanza. Y es que el mar y su ingeniería necesita mucho de las matemáticas, que son armonía y belleza. Ya lo advertía Platón en el frontispicio de la Academia: «Aquí no entra nadie que no sepa geometría». Por ello, cuando me paseo por una playa, además de percibir la belleza del color cambiante del mar y escuchar el ruido de las olas, principalmente los días de grandes temporales, observo otra serie de fenómenos que he aprendido estudiando y que, obviamente, pasan desapercibidos a la mayoría de los paseantes. Así, me gusta estimar el ‘ritmo de las olas’ –o periodo– que se mantiene prácticamente constante durante una misma tormenta, pero que aumenta o disminuye según las direcciones de éstas. Lo contrario de las alturas de las olas, que, al venir en grupos, aumentan para luego disminuir. De forma que, si permanezco un rato observando este cabalgar de las olas, siempre va a aparecer una de ellas que es casi el doble de la que he estado observando (y, por cierto, casi siempre responsable de los accidentes fatales que se producen al acercarse alguien a ver las olas del mar).

Todo ello lleva asociado mucha matemática y teoría probabilística, pues el mar es aleatorio por naturaleza. Créanme que no es fácil entenderlo, ni tampoco explicarlo.

Si después pretendemos saber cómo se van a comportar los granitos de arena–es decir las playas– con las olas, corrientes y mareas, entonces las cosas se complican enormemente. Ya lo decía el poeta y pintor inglés William Blake, «Si pudiera entender un grano de arena, podría entender el mundo». Sean por tanto benévolos y comprensivos cuando el mar se embravece y recupera lo que es suyo. No nos culpen a los ingenieros por ello, que somos conscientes, al menos, de la dificultad de entender el comportamiento del mar y de las playas. Busquen a lo mejor la culpa en conductas erróneas repetidas, años tras año, olvidando la voz antigua del mar.

Por ello, yo les desearía para el 2019 que disfruten de la belleza y de la serenidad que el mar nos transmite y que tanta falta nos hace en estos tiempos de crispación.

Y a algunos políticos de nuestro país, España, que recuerden lo que advertía Don Miguel de Cervantes en el Quijote de la Mancha, parte Primera, Cap.34: «¡Ay de aquél que navega, el cielo oscuro (sic) por mar no usado y peligrosa vía, a donde norte y puerto no se ofrece!».

¡Buena mar a todos!