El GRM realiza semanalmente prácticas para estar siempre listos y entrenados ante cualquier incidencia. - FOTO: Nacho Frade. VÍDEO: María Almagro
REPORTAJE | Cádiz

El Grupo de Rescate en Montaña de Bomberos de Cádiz en acción, 20 años desafiando lo imposible

Ni niebla, ni lluvia, ni frío, ni día o noche, los catorce hombres que componen este equipo acuden allá donde se les necesite para sacar de apuros a cualquier accidentado y ponerlo a salvo lo antes posible

«Si la persona está muy grave y el equipo médico no puede llegar al lugar, todo está en nuestras manos»

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Hace algo más de un año un silbato sonaba como un desesperado último aviso desde el fondo de una cueva de la Garganta Verde. Allí, ateridos, llevaban atrapados más de 24 horas dos espeleólogos en medio de unas complicadísimas condiciones climatólogicas. El agua crecía y el tiempo corría a la contra. Se temía lo peor. Sin embargo un importante dispositivo fue a por ellos. No pararon ni un momento hasta que los encontraron. Aunque el lugar donde estaban era casi infranqueable. Un laberinto solo apto para expertos.

Y llegaron. «¿Antonio?», les gritaban. «¡Positivo. Los tenemos!». Los gritos ya fueron de alegría y en pocos minutos los sacaron sanos y salvos de allí. El rescate fue todo un éxito, un ejemplo de voluntades unidas, profesionalidad, templanza y esmero. De trabajo en equipo.

Como esta historia que tuvo sobrecogida a la provincia durante ese fin de semana de abril, hay muchas más. Auxilios menos graves o dificultosos y también casi inviables donde la vida de otros a menudo pende de un hilo y las horas pasan inclementes sin que se pueda hacer nada para pararlas.

Y es ahí. Sin excusas de lluvia, ni noche, ni altura o profundidad, ni viento, ni tiempo... donde siempre están ellos. Los catorce hombres que componen el Grupo de Rescate en Montaña (GRM) de Bomberos del Consorcio Provincial con sede en Ubrique. «Aquí no existe el miedo, pero siempre está presente el respeto», confiesan.

Verlos en una de las prácticas semanales que hacen es un verdadero espectáculo. Aunque ellos, acostumbrados quizá a estos límites, se hayan habituado a realizar una tarea que para ojos ajenos e inexpertos es extraordinaria, al menos, salida de lo común. Observar como suben peñascos inmensos e inestables como quien lo hace por una escalera mecánica, bajan a una grieta sin apenas luz, manejan cuerdas y poleas, se cuelgan, se aseguran, deja rápido claro por qué son ellos esos ángeles de la guarda de la Sierra gaditana.

Naturaleza en estado puro

«Vamos a la diaclasa del puerto de la Cruz en el término de Benaocaz», anuncia Juan Carlos Chacón, jefe de este equipo. Al llegar no parece una zona complicada. Pero en estos parajes la naturaleza es la que se encarga de dar siempre la sorpresa.

Esa montaña de irregulares y gigantes piedras calizas se alza sobre pozos y grietas que pueden tener metros y metros de profundidad. Cualquier paso en falso puede resultar mortal. Algo que muchas veces desconoce quien se adentra en excursiones sin saber por donde pisa ni donde está. En este lugar harán el ejercicio de hoy. LA VOZ les acompaña.

«Tenemos a un herido policontusionado, muy grave, se ha precipitado por la grieta abierta. Lo inmovilizamos y lo sacamos en camilla». Mirar hacia abajo y perderse en esa oscuridad de la tierra en su más puro estado natural, impresiona. El cambio de temperatura con una bajada inmediata de varios grados frente a un sofocante día de julio es ya bastante sintomático. La preparación del terreno, de todas las herramientas, es crucial. Aunque la prisa es casi siempre necesaria, también la prevención y cumplir cada uno de los pasos para que la situación no se complique jamás. Preparan una primera instalación de progresión por donde bajaran los rescatadores.

En cadena

Sixto, Juan Carlos, Manuel, Juan José y Juan se van dando continuamente avisos, instrucciones. La comunicación entre todos lo que componen el grupo es otra pieza clave. «Da más cuerda. Cuidado ahí. ¡Stop!». Desciende el primero de ellos pasando escalones y cuidando escrupulosamente los anclajes, el punta, y otro segundo de apoyo. Abajo, verán la situación, evaluarán e informarán al resto. Por ejemplo, cuántos niveles ahí antes de ascender la camilla. En ella llevarán a una persona malherida y cualquier movimiento equivocado o caída sería fatal.

Una vez que está todo controlado y situado baja el resto del equipo. «¡Vamos, tracción!», la camilla va subiendo superando obstáculos por dos instalaciones de rescate distintas que van superando los niveles. Y así, poco a poco, logran llegar a la superficie. Arriba, debido a lo abrupto del terreno tendrán que hacer un pasacamillas (trasladándola en línea a peso) para llevar al accidentado a un lugar más seguro donde ya le podrán atender los diferentes servicios médicos que se hayan activado.

«El grupo empezó a funcionar a finales de 1999. Entonces éramos ocho bomberos», recuerda el jefe Juan Carlos Chacón, que, con 29 años de oficio a su espalda, lleva desde el principio en este equipo. «Se creó porque desde siempre en el parque de Ubrique se habían estado rescatando a personas en la montaña y se vio la necesidad de hacerlo de forma más técnica y especializada. Que cuando saliéramos a un servicio, se hiciera de un modo más experimentado y con un material propio... Ahí iniciamos esta andadura». Un camino que, aunque no les está reconocido lo suficiente, ha resultado ser bastante fructífero con 446 personas rescatadas y 218 auxilios desde que arrancaron.

Y para pertenecer a este grupo, que es voluntario, es indispensable conocer perfectamente las técnicas de rescate en vertical, y por supuesto, comprender y entender la montaña. «Aquí da igual que haya niebla, lluvia, sea de noche o de día, hay que buscar a una persona, encontrarla y sacarla. En esos casos muchas veces no hace falta cuerda pero hay otras situaciones más complicadas como escaladores atrapados en una pared, espeleólogos en una cueva, parapentistas accidentados...».

El parapentista perdido

Chacón recuerda el caso de los espeleólogos chiclaneros de hace un año. «Fue complejo pero no por el rescate en sí, sino por el acceso y el dar con ellos. Ha habido otros mucho más complicados», cuenta. Como el de un joven parapentista que se precipitó y quedó incosciente. Tuvieron que encontrarlo sin tener apenas referencias.

«Poco antes de desmayarse dijo que estaba cerca de unas rocas, en un llano... pero ¡imagina cuántas zonas como esa puede haber en la sierra!. Se nos ocurrió llamar al 112 y preguntar si había entrado algún aviso de emergencia. Nos dijeron que no había ninguna llamada clara pero que sí habían tenido una de una persona que no hablaba español. Pidió SOS. Le habían cogido la ubicación del móvil. Con esas coordenadas nos fuimos al mapa y ya teníamos donde ir a buscar, la zona final de los Llanos Republicanos. No sabíamos si era él pero era lo único que teníamos. Recuerdo perfectamente que estaba anocheciendo, era invierno y hacía mucho frío. Y al asomar una loma vimos la vela del paracaídas. Estaba debajo. Había perdido el conocimiento y tenía una hipotermia muy grave, atravesamos con él dos kilómetros campo a través, sin poderlo mover absolutamente nada para que no empeorara si tenía alguna lesión importante, y lo dejamos con los médicos».

«Lo más duro es cuando aunque lleguemos no podemos hacer nada por esa persona. Es complicado»

Y en esas situaciones límites, críticas, estos bomberos saben mantener la calma. «Son momentos duros y difíciles. Si la persona está muy grave y el equipo médico no puede acceder al lugar, todo está en nuestras manos. Nosotros no les damos ningún tratamiento sanitario más allá de la inmovilización. Entonces hay que intentar hacer las cosas lo más rápido posible y acercar a los médicos si es necesario en casos extremos».

Lo más triste. Cuando, aunque se llegue, no se puede hacer nada. «Recuerdo un fallecido que cayó por una pared encima de Villaluenga. Aunque accedimos hasta él desgraciadamente no sirvió de nada...», lamenta Juan Carlos bajando la mirada.

Para evitar males mayores una de las principales consignas que tienen cada uno de los componentes de estos amantes apasionados de la montaña es el trabajo en equipo. «Hay siempre que tener clara una cosa como dice una máxima de los rescates: Primero está tu propia seguridad, después la del compañero y luego la del accidentado. El exceso de celo es muy peligroso. Si te pasa algo a ti ya no puedes hacer nada por nadie más. Por eso siempre también estamos pendientes los unos de los otros». Justamente, eso, el otro. Por eso están ahí. Siempre. Listos y muy preparados.