José Colón Sánchez - TRIBUNA

La ley del silencio

José Colón Sánchez
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Confieso que les escribo desde una posición muy cómoda: soy el perdedor de las elecciones primarias de Ciudadanos para encabezar su candidatura provincial al Congreso de los Diputados en las próximas elecciones generales. Soy afiliado, nunca he tenido cargo alguno dentro del partido y al día en que redacto éste escrito permanezco completamente ajeno a cualquier tipo de baraja donde se incluya –o no- mi nombre. Y, como expuse cuando me presenté a aquellas primarias: no pertenezco a ningún clan, familia ni círculo de intereses. Es decir, puedo ser catalogado como quijote bisoño, pero mantengo en mi poder un valor poco apreciado por muchos: mi libertad. Y desde ella quisiera ofrecer un análisis, desde dentro y bajo mi perspectiva, a todo aquel que quiera leerme por estar mínimamente interesado en el tema de moda: «el cachondeo hacia la ciudad de Cádiz» (Pérez Dorao dixit).

Pocas cosas mantenemos en común Pérez Dorao y un servidor: acaso la profesión y el gusto por llevar corbata como señal de respeto hacia la persona y el lugar. Pero poco más. Ahora bien, debo defender que no le faltó razón cuando en su sonada comparecencia ante la prensa denunció la penosa deriva que ha sufrido el otrora ilusionante proyecto Ciudadano en nuestra ciudad (y me atrevo a complementar: en nuestra provincia) en estos últimos cinco años. Recuerdo con nostalgia aquella primera reunión a la que asistí en la planta alta del bar 'El Pelíkano' cuando nos reunimos un nutrido grupo de gaditanos provenientes de todos los sectores sociales y profesionales unidos por una idea: contribuir a dar un golpe de timón y recuperar un proyecto de ciudad que, ya por aquellos entonces, se encontraba en un estado de decaimiento mortecino.

También nos unía el hastío hacia el tradicional mangoneo de los partidos tradicionales y el recelo que nos producían los 'políticos profesionales'. Prueba de ello es que acudieron allí dos desconocidos que, sentados tímidamente y muy sonrientes, lidiaban como podían con los perdigonazos que se espetaban contra una serie de partidos independientes locales del momento que, aprovechando la coyuntura creada alrededor de un tipo fresco y brillante, catalán y muy español, que se mostraba desnudo en los carteles electorales, coincidieron al unísono en mudarse al color naranja. Sí, dice la verdad Pérez Dorao cuando dice que los señores Marín y Romero «vendieron» aquel día un producto que, al día de hoy, poco o nada tiene que ver con la garantía del fabricante.

Han acaecido muchas circunstancias en el seno de la agrupación local de Cádiz. La más significativa (hasta que explotó ésta bomba PerezDoraista) ha sido el lento devenir hacia la insignificancia en el organigrama provincial. Se ha pasado de ser motor (desde aquí se impulsó a la creación de las agrupaciones de Puerto Real, Chiclana, Medina, San Fernando…etc; se contaba con una nómina de afiliados y simpatizantes con la que no soñaba ni la mismísima Jerez –hoy sede provincial-…) a ser una triste cenicienta sufrida y silente. Una penosa sombra. Una sirvienta mediocre de los dictados áulicos del Bajo de Guía.

Hay personas de mucha valía intelectual y profesional en el seno de la Agrupación Local de Ciudadanos Cádiz. Y, como en todos los lugares de éxito, también se ha arrimado mucha gente cuya mayor virtud es el disfrute de mucho tiempo libre que pone a disposición del partido sin pedir nada a cambio. Pero hoy prefiero hablar del primer grupo. El tan cacareado mantra naranjita del 'talento' reside dentro y poco tiene que buscarse fuera. Pero convendría que estos compañeros míos –mucho mejor y más capacitados que yo para gestionar una ciudad, un país….- recobraran buena parte del impulso que nos movió a querer cambiar las cosas, a no resignarnos y a no conformarnos con lo conveniente y lo que nos dictan, sino a reclamar lo que es justo y a luchar por ello. No puede uno autodenominarse Liberal si renuncia a la libertad: de voz, de voto y de acción.

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