Fallece Pérez-Llorca

«Los hombres buenos se van»

Gaditano de largas lecturas, amplios conocimientos y apasionado hasta el límite por su Cádiz natal

CádizActualizado:

Nos ha traído este lluvioso y gris Miércoles de Ceniza la triste noticia del fallecimiento de un buen gaditano, José Pedro Pérez-Llorca y Rodrigo, un gaditano de pro, un gaditano del exterior afincado en la capital del Reino, que nunca dejó de sentirse gaditano y que quiso en estos últimos años comprometer su existir con Cádiz, con la prisa con que la vida empuja en sus años de invierno, para recuperar la ciudad que le viera nacer y que, en su adolescencia, por mor de los estudios, tuvo que dejar para seguir sus estudios de Derecho y ganar brillantemente a su finalización las nada fáciles oposiciones al Cuerpo Diplomático y a Letrado de Las Cortes, lo que le tuvo que llevar a anclar su nave en Madrid desde donde tanto dio para el mundo jurídico así como para el de la política, actor de primera fila para la Transición que este pueblo nuestro anhelaba y principal protagonista para abrirnos a todos los españoles un instrumento de convivencia que nos ha podido servir todos estos años para encontrar un camino constitucional de entendimiento.

José Pedro ha sido siempre un gaditano, de profundo humor, de charla fácil y amigable, que sabía ejercer de conversador universal con palabras de afecto e interés a babor o estribor, porque sabía de todo y a todo se podía referir. Gaditano de largas lecturas, amplios conocimientos y apasionado hasta el límite por su Cádiz natal, en su forzada lejanía por todas esas ocupaciones que le han mantenido tantos años en Madrid, encontró esa otra faceta de gaditano universal como fuera la de viajero incansable, para a lo largo y ancho de este mundo localizar por todas las librerías cualquier publicación, cualquier plano o cualquier mapa que a esta vieja ciudad se refiriera, consiguiendo en ese esforzado afán su magnífica colección de grabados de la ciudad originados en tan diversas y lejanas latitudes, colección que cedió prestada para general conocimiento en una exposición que permitió a muchos de nosotros poder conocer la imagen que a lo largo de los siglos tenían de nuestra ciudad allende nuestras fronteras.

Hijo Predilecto de Cádiz, durante estos pasados años, su esposa Carmen y él han ido reconstruyendo su casa de la Alameda convirtiéndola en un cívico santuario gaditano donde, dejando ver a través de los vidrios de sus ventanas, por encima de las copas de los árboles que rodean el monumento al Marqués de Comillas, la luz del cielo del norte y el claro brillo de las aguas de la Bahía, iluminaban su solana galería con toda esa historia del Cádiz comercial, de los indianos, del Cádiz ilustrado, del Cádiz del libro y de la conversación, haciéndonos muy fácil a quienes tuvimos la suerte de ser llamados a su casa alguna vez recrear una y otra vez aquel Cádiz naviero y constitucional donde la tertulia reinaba y el entendimiento primaba.

Yo me siento un privilegiado por su amistad, por esa abierta y constante amistad que me deparó y que ahora presiento, fatal ausencia, que su inesperada muerte me va a hurtar hasta la eternidad todos esos encuentros en el Terraza que ya no llegarán y en los que, un viernes sí y otro no, hemos venido manteniendo todos estos años Carmen, él, mi mujer y yo, a poco más de una hora de la llegada del último Alvia de Madrid, hermosos ratitos para hablar de todo. De política, por supuesto, que tanto le preocupaba, pero también de muchas otras cosas peregrinas y corrientes que suelen discurrir en las charlas de amigos, ya saben, de la familia, del día a día de esta ciudad, de la buena cocina de Pelayo, de religión, de las cosas que pasan en la sociedad y hasta de tebeos y viejas novelas del Oeste, que de todo sabía José Pedro. Una parada quincenal en El Terraza donde volvía a ver con gusto también a sus antiguos compañeros del Congreso de los Diputados de uno u otro color, donde se acercaban a la mesa muchísimas personas que querían saludarle y agradecerle sus esfuerzos políticos por «lo de la Constitución», donde saludaba con gusto a sus viejos y nuevos amigos y donde traía a lo más granado del mundo que venía a Cádiz por verse con él en su ciudad. Se ha ido un buen amigo, un amigo que la vida me regaló, una amistad que constantemente me regalaba él con el inmerecido elogio de que era yo quien le había descubierto de nuevo para Cádiz. Un amigo que ha dejado este mundo azaroso a la semana de que otro se me fuera ya, pasando el fielato que habrá a las puertas del cielo.

«Animae dimidium meae», como decía Horacio y que, posiblemente, sea la mejor y más rápida manera de definir la amistad. A mí se me ha ido un amigo pero a Cádiz se le ha ido un Hijo Predilecto y un embajador permanente de las cosas de Cádiz por ahí afuera, el hombre que volvió a impulsar el gusto por la tertulia o el Presidente del Patronato del Museo del Prado que se empeñó en traernos a los gaditanos los grandes cuadros de la real pinacoteca de Madrid donde siempre ejerció para los gaditanos como fantástico anfitrión por su exquisita cortesía y su probada hospitalidad.

Descansa en paz, buen amigo, y que Carmen, tus hijos y nietos encuentren también pronto para ellos paz y consuelo. Si en la historia moderna de España eres ya un referente, en este Cádiz tuyo alfa y omega, desde tu alta importancia, siempre serás el buen amigo de todos los gaditanos a quienes tanto quisiste.

Enrique P. García-Agulló y Orduña