Biodiversidad El viñedo español le planta cara al cambio climático con tecnología puntera y variedades autóctonas

El calentamiento global hace que cada vez llueva menos en nuestro país y que el suelo retenga menos agua

Máquina vendimiadora en Matapozuelos, Valladolid, en una finca de Bodegas Emina, D. O. Rueda, del Grupo Matarromera
Máquina vendimiadora en Matapozuelos, Valladolid, en una finca de Bodegas Emina, D. O. Rueda, del Grupo Matarromera - Francisco Heras

El geógrafo griego Estrabón de Amasia, primero, y Plinio el Viejo y el poeta Marco Valerio Marcial, después, ya alababan en tiempos de Roma la calidad de los vinos de Hispania. Nuestro país no se entiende sin la cultura vitivinícola. Pero 3.000 años después de que los fenicios comenzasen a cultivar en Xera (hoy Jerez) las primeras vides, el cambio climático pone en jaque al viñedo español.

Acabado casi el mes de septiembre, la vendimia ya ha comenzado en buena parte del territorio español. Lo hace, en términos generales, con buenas expectativas. Tras un año seco y caluroso en su conjunto, pero con las lluvias justas en primavera, se espera una uva de excelente calidad por la ausencia de enfermedades asociadas al exceso de humedad y el lento y óptimo proceso de maduración que ha tenido.

La ola de calor de septiembre no fue catastrófica gracias a las lluvias de poco después

La tremenda ola de calor de principios de mes dio un pequeño susto. Pero el agua caída una semana después lo arregló todo. El refrán dice que «lluvias en agosto, miel y mosto»; y en este caso, bien puede aplicarse a este septiembre, que dejará «una buena añada, con buenas graduaciones y buen color», se atreve a pronosticar el viticultor Joaquín Vizcaíno, mientras vendimia en su finca de Albacete.

Desde el Consejo Regulador de la Denominación de Origen La Mancha adelantan que «no ha sido un verano tan caluroso como el pasado y la uva ha madurado más despacio, lo que le viene muy bien». Lo mismo esperan los técnicos de la Denominación de Rioja y los de Ribera del Duero: «Saldrá con unos excelentes taninos dulces», aseguran estos últimos.

España es el país con mayor superficie plantada de viñedo en el mundo (958.000 hectáreas), por delante de Francia (805.000) y de Italia (646.000), y el tercer productor mundial de vino. Estos datos dan una idea de la importancia de un sector que supone en torno al 1% del PIB nacional. El viñedo español, además, es un «extenso repositorio de biodiversidad por la riqueza de sus variedades», que ocupan con frecuencia suelos «que permanecerían improductivos si no se dedicaran a este cultivo», destaca en el libro «La Economía del vino en España y en el mundo» el profesor de la Universidad de Salamanca José Luis Sánchez Hernández. Sin embargo, todo este importante ecosistema se enfrenta ahora a un reto de dimensiones difíciles de cuantificar, el calentamiento global.

El puzzle del clima

«Hasta ahora interpretábamos el cambio climático en clave de causa-efecto. Pero en realidad es aditivo y acumulativo, incluso sinérgico. No solo llueve menos, sino que además se evapora más agua de la atmósfera y el suelo contiene cada vez menos agua. A esto hay que añadir que con la subida de las temperaturas muchas vides rebrotan en otoño, con lo que se debilitan», explica a ABC Robert Savé, coordinador de vitivinicultura del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (IRTA) de la Generalitat de Cataluña.

Pese a este complejo y complicado escenario, Savé no es pesimista. «En Cataluña, por ejemplo, este año habrá menos producción, pero de más calidad, puesto que la escasez de lluvias minimizará la incidencia de enfermedades debidas a los hongos y habrá que emplear menos productos fitosanitarios. El calentamiento global es un puzle y hay que tratarlo como tal», señala el investigador.

Es evidente que no hay otra opción que adaptarse. Lo bueno es que es posible hacerlo. «Hay soluciones que son factibles a pequeña escala, como mover los cultivos a zonas más altas buscando unas temperaturas más frescas. No se pueden cambiar 70.000 hectáreas, pero sí 5.000. También se puede seguir cultivando donde se está haciendo ahora, pero elaborando el mismo tipo de vino en altura para conservar una buena maduración fenólica y mantener aromas y acidez. Puede que perdamos producción, pero mantendremos la calidad en bodega. Tenemos tecnología para ello», apunta Savé.

Revolución tecnológica

Afortunadamente, la industria vitivinícola ya inició hace tiempo su revolución tecnológica. «Se empezó cambiando los depósitos de hormigón por los de acero inoxidable en los años 90 y se ha continuado con la introducción del frío para controlar la temperatura de fermentación», indica Antonio Morata, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid.

Este investigador destaca igualmente el esfuerzo realizado en la última década en la tecnificación de los cultivos. «Las nuevas plantaciones con riego por goteo están monitorizadas y se han implantado nuevos sistemas de gestión de la vegetación para que la planta sea más eficiente, se minimicen las enfermedades fúngicas y se optimice la calidad de la uva», detalla.

Otro de los grandes avances del sector ha sido la apuesta por una rigurosa selección de levaduras autóctonas para «identificar una microbiota que mejore significativamente el perfil aromático y gustativo de los vinos», subraya Morata.

Variedades autóctonas

La tecnología puede paliar los efectos del cambio climático, pero no es la única baza del viñedo español. «Otra solución la tenemos en el pasado, en las variedades que se plantaban hace más de cien años, cuando se cultivaba en secano puro. Son las que están mejor adaptadas a nuestro clima», recalca Savé. Y es que las variedades francesas que se impusieron a principios del siglo XX vinieron impuestas en buena medida por exigencias del mercado, que las valoraba más. «Se ha plantado chardonnay porque es el vino blanco más consumido en Europa. Pero aquí tenemos verdejos, albariños o parelladas con las que podemos competir en calidad y, además, diferenciarnos en el mercado internacional porque son nuestras. En el tinto, algunos están volviendo a garnachas o cariñenas. Tenemos que tomar conciencia de que nuestras variedades son igual de buenas que las de nuestros vecinos», afirma Savé.

No solo podrían recuperarse nuestras variedades de uva, sino también rescatar del olvido antiguas formas de cultivar la vid. «La radiación que recibe la planta es importante, pero más lo es la recogida del agua. No todo podrá ser regadío en el futuro. Habrá que volver a estructuras similares a la copa para que la poca lluvia que caiga del cielo vaya directamente al pie de la planta y se desperdicie menos agua. Aquí el problema serán los costes de la mano de obra porque no siempre se podrá meter maquinaria», concluye Savé.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios