Alzhéimer La mejor vacuna contra el alzhéimer es la prevención

El reto está en actuar en fases preclínicas para tratar de aumentar la eficacia de los tratamientos. Sin embargo, la mejor forma de combatir esta patología asociada a la edad es la prevención

En la enfermedad de Alzheimer se produce una aceleración del envejecimiento
En la enfermedad de Alzheimer se produce una aceleración del envejecimiento

Cada año, el 21 de septiembre, coincidiendo con el cambio de estación meteorológica, se celebra el día mundial de la Enfermedad de Alzhéimer. Una de cada diez personas mayores de 65 años padecen esta enfermedad neurodegenerativa cuyo principal factor de riesgo es la edad. En España hay más de 1.125.000 enfermos y, al tratarse de una patología cuyos cuidadores son los familiares, repercute en la vida de 4.500.000 personas.

Hoy, la enfermedad que Alois Alzheimer describió por primera vez en 1906 se ha convertido el mayor reto de la medicina actual, como explica el neurólogo Pablo Martínez-Lage, director científico de la Fundación CITA-Alzheimer Fundazioa: «En primer lugar por su alta prevalencia y por el alto nivel de dependencia que genera durante ocho o diez años. Multiplicando dependencia, prevalencia, costo y teniendo en cuenta que la población envejece cada vez más, en 20 o 30 años se doblará el número de personas que la padecen».

Los intentos por detenerla hasta ahora han sido infructuosos. «En cuanto al mecanismo de la enfermedad, en los últimos veinte años se ha avanzado mucho, se sabe que afecta a las sinapsis, o puntos de comunicación entre las neuronas, pero falta unir todas las piezas del puzle. En los 80 se descubrió un déficit de acetilcolina y se pensó que reponiéndola se podría modificar el curso de la enfermedad. Sin embargo, los pacientes tratados con colinérgicos mejoran un poco, pero no tanto como ocurre en el párkinson al administrar dopamina. El alzhéimer es una enfermedad muy compleja en la que hay involucradas muchas redes neuronales con neurotransmisores distintos», explica Martínez-Lage.

Además, en esta patología que empieza a gestarse mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas, el tiempo de intervención es fundamental. «Es una enfermedad silenciosa y cuando se va al neurólogo ya es tarde. Los depósitos de amiloide aparecen diez o veinte años antes del diagnóstico. Después aparecen los ovillos de proteína tau. Hay artículos que indican claramente que en esta fase ya no es tiempo de tratar el amiloide. Tau puede ser también una buena diana. Después, la muerte neuronal empieza a ser más masiva. Todo indica que en el alzhéimer habría ventanas temporales para el tratamiento», señala Jesús Ávila, investigador emérito del CSIC, y director del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Neurodegenerativas (Ciberned).

En nuestro país, apunta Martínez-Lage, «más de la mitad de los enfermos se diagnostican en fase moderada, aunque la actuación es más eficaz si se hace de forma precoz. Y de los diagnosticados, la mitad están sin tratar. En algunos casos porque no toleran bien los fármacos, pero también debido a cierta presión sobre el gasto farmacéutico y el nihilismo de algunos profesionales, que no creen en eficacia de los tratamientos».

En la actualidad, no hay un tratamiento que cure la enfermedad, «pero no podemos esperar a que se descubra. Hay fármacos que han demostrado eficacia a la hora de mejorar síntomas y estabilizar la evolución de la enfermedad durante seis o doce meses, además del tratamiento no farmacológico, como la estimulación cognitiva», resalta Martínez-Lage. En total, se puede retrasar el progreso dos o tres años.

Esfuerzos en investigación

Pese a todo, los esfuerzos en investigación se multiplican. En lo que va de año, en la base de datos pubmed hay indexados casi mil trabajos científicos sobre esta patología. De muchos de ellos se han hecho eco los medios de comunicación. Algunos han sido publicados en prestigiosas revistas, como «Nature». Sin embargo, el mensaje que llega al público muchas veces está sobrevalorado, como advierte Martínez-Lage.

Para ejemplo, el más reciente: una nueva terapia que emplea un anticuerpo monoclonal (aducanumab) capaz de reducir los depósitos de beta amiloide. Los datos presentados en rueda de prensa, según los investigadores, indican que el anticuerpo puede convertirse en una terapia para la enfermedad de Alzheimer al reducir la cantidad de proteína beta-amiloide en el cerebro y detener el deterioro cognitivo característico de esta patología.

Pero la «letra pequeña» del trabajo indica otra cosa, explica Martínez-Lage. De hecho, como reconocen los propios investigadores, la investigación no estaba diseñada para valorar el deterioro cognitivo. «Los pacientes reciben distintas dosis del fármaco: 1 miligramo, 3, 6 y 10. Y, comparado con el grupo placebo, que no recibe nada, los que recibieron las dosis de 3 y 10 miligramos, mejoran cognitivamente, pero los de 6 miligramos, no. Esto es inexplicable. Lo que ocurre es que el estudio está diseñado para otras cosas y los grupos eran demasiado pequeños. Y puede que por azar en un grupo hayan caído personas de evolución más benévola. Por otro lado, este no es el primer anticuerpo que demuestra reducir la proteína amiloide, y que luego fracasas en la fase III del ensayo clínico que se hace con grupos grandes», aclara Martínez-Lage.

Igual ocurre con las pruebas de diagnóstico. Cada mes hay un nuevo marcador y una nueva prueba, pero los estudios tampoco se replican, apunta este experto. Sin embargo, el reto está precisamente en actuar antes de los primeros síntomas. Y para ello hacen falta biomarcadores. Aquí se ha avanzado, reconoce Martínez-Lage. La tomografía por emisión de positrones (PET) para detectar amiloide, una de las proteínas características de la enfermedad de Alzhéimer, lleva años disponible en la práctica clínica. Y este año se ha instaurado el PET para tau, la otra proteína importante en esta enfermedad, que ha pasado la fase de investigación y es un marcador de utilidad demostrada. Estará en la práctica clínica en el próximo año o como mucho en dos, apunta.

Se ha seguido avanzando también en la caracterización de fase preclínica de la enfermedad, porque «ahora, al disponer de pruebas que permiten medir la cantidad de amiloide y proteína tau en el líquido cefalorraquídeo y del PET-amiloide, se detecta que hay personas sanas cognitivamente que tienen la biología de la enfermedad de Alzheimer en su cerebro, y esto plantea un reto para la prevención».

De hecho ya hay ensayos clínicos en marcha, como explica Jesús Ávila: «En el 1% de los casos, el alzhéimer es de origen familiar y sabemos que si la persona vive lo suficiente lo va a desarrollar. En Antioquía (Colombia) hay familias que heredan la mutación y entre los 42 y 46 años padecerán la enfermedad. Y lo que se intenta hacer es poner tratamientos en la fase asintomática a esas personas con antiamiloides para ver si quienes están predeterminados puede evitar o retrasar su desarrollo».

Fases preclínicas

También se están empezando a hacer este tipo de ensayos en personas con enfermedad esporádica de inicio tardío, la más frecuente, en etapas preclínicas para intentar prevenirla. Se trata de voluntarios sin deterioro cognitivo que participan en estudios de investigación con antiamiloides, como el A4Study de Boston o el Proyecto Europeo para la Prevención del Alzhéimer. En este último participan las Fundaciones CITA-Alzheimer y Maragall. «CITA lleva seis años siguiendo a una cohorte de personas sanas a las que se les hace punción lumbar y biomarcadores para detectar aquellos que están en una fase preclínica. Hoy no se sabe realmente qué significa tener marcadores positivos. No sabemos quienes desarrollarán alzhéimer y quienes no».

De hecho, uno de los grandes retos en esta patología neurodegenerativa es averiguar por qué algunas personas pueden esquivar la enfermedad de Alzheimer a pesar de que su cerebro muestra los signos que en la actualidad se consideran característicos de esta patología neurodegenerativa: las placas de proteína amiloide y los ovillos de tau. El estudio de estos casos podría aportar pistas en la búsqueda de dianas terapéuticas más eficaces que las actuales, que sirvan para diseñar nuevos fármacos.

Entretanto, la prevención es fundamental. Este año se han publicado los resultados del estudio Finger sobre prevención de demencia. Mediante un índice de riesgo de demencia fácil de calcular, se detectaron las personas vulnerables y se incluyeron en un ensayo. Unas recibían un programa de prevención específica de los factores de riesgo, un programa de ejercicio físico y cognitivo y cuidados nutricionales. Otras, que sirvieron de grupo control, solo cuidados generales. «Se demuestra que el grupo de intervención se deteriora menos al cabo de cuatro años. Otros estudios en Reino Unido, Roterdam y EEUU también apuntan a que la incidencia disminuye ligeramente y la única explicación es que la gente se cuida más y ha recibido niveles más altos de educación», concluye Martínez-Lage.

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