José María Bermúdez de Castro y su hija, la pediatra Elena presentan el libro «Pequeños pasos. Creciendo desde la prehistoria».
José María Bermúdez de Castro y su hija, la pediatra Elena presentan el libro «Pequeños pasos. Creciendo desde la prehistoria». - ISABEL PERMUY

«Los grandes inventos de la humanidad los hicieron personas de 30 años, cuando la velocidad del cerebro se multiplica por 100»

El codirector de las excavaciones en los yacimientos de Atapuerca, José María Bermúdez de Castro y su hija, la pediatra Elena presentan el libro «Pequeños pasos. Creciendo desde la prehistoria».

Padre e hija unen sus conocimientos para responder a las dudas más habituales de los padres en las consultas pediátricas partiendo de lo que se sabe de nuestros antepasados

MADRIDActualizado:

Cuando madres y padres entran a la consulta de la pediatra Elena Bermúdez de Castro las preguntas suelen ser siempre las mismas: ¿Mi hijo va a ser alto o se va a quedar bajito? ¿Cómo debo alimentarlo? ¿Cómo debo amamantar a mi bebé? ¿Cuánto tiempo? ¿Lo estoy haciendo bien?

Lo que las familias no plantean, pero que a Elena le sirve para entender y, por ende, explicar estas cuestiones, es que los seres humanos tenemos comportamientos heredados de de los chimpancés y los primeros «Homo Sapiens». Por ejemplo, en la prehistoria las madres amamantaban a los niños hasta los 4 o 5 años, las sociedades cazadoras-recolectoras de hoy donde no ha llegado la civilización occidental lo hacen hasta los dos años y medio y, en la sociedad actual, todavía menos. «En definitiva, somos mamíferos y cuerpo de la mujer está preparado para dar de mamar, pasa ahora y pasaba en la prehistoria», explica Elena Bermúdez de Castro.

La pediatra ha escrito con su padre, el codirector de las excavaciones en los yacimientos de Atapuerca, José María Bermúdez de Castro, el libro «Pequeños pasos. Creciendo desde la prehistoria». En esta obra se hace un recorrido por la vida del ser humano, comparándolo con sus antepasados, desde la gestación, el parto, la lactancia, la alimentación, la educación y la adolescencia. «Somos mamíferos, la mejor leche es la de la madre. Sin embargo, no pretendemos defenderla como la única opción porque puede generar frustración en las progenitoras que no pueden hacerlo. Somos una especie diversa, no como antes en que la selección natural operaba contra cualquiera que tuviera un pequeño defecto», explica el premio Princesa de Asturias de Investigación Científica, Bermúdez de Castro. Para eso han llegado los médicos, para poner «parches» a esos defectos que, al mismo tiempo nos han permitido diversificarnos y vivir cada vez más aunque «el conjunto de nuestro genoma, se haya, de alguna manera, empobrecido», apunta Bermúdez.

Selección cultural

Este conocimiento es el que Elena se lleva a la consulta: «Les hablo a las madres de las ventajas de la leche materna pero también les informo de que hoy tenemos alternativas, como la leche artificial, muchas de ellas con una calidad excelente aunque no llegan a igualar a la materna porque esta tiene factores inmunólogicos que protegen al niño de infecciones. Una vez que tiene toda la información tiene que decidir ella».

A lo largo de los últimos 100.000 años no solo ha operado la selección natural en los humanos sino también la selección cultural. «Con la llegada del Neolítico la selección natural siguió operando con normalidad, pero la selección cultural comenzó a tener cierta repercusión en la variabilidad genética de las poblaciones de nuestra especie. La selección cultural ha tomado el relevo de ese devenir evolutivo y nos encontramos ante un nuevo paradigma social de dimensiones insospechadas».

La lección de los antepasados

El ejemplo de la lactancia sirve para explicar estos cambios: «Antes era más fácil dar de mamar porque no existía ese componente cultural y social como el de ahora, con tanta presión. Antes, cuando una mujer tenía un niño le daba de mamar y punto. Ahora, por instinto sabemos que el niño se tiene que enganchar al pecho pero el componente social muchas veces bloque el instinto y empiezan las inseguridades: ¿podré dar el pecho? ¿mi leche será buena? Por no mencionar los mitos: si tengo el pecho pequeño no podré amamantar, etc», explica Elena...

Las dudas sobre la lactancia se reemplazan por las de la alimentación cuando los niños crecen. Y, una vez más, nuestros antepasados nos dan una lección: «Siempre hemos sido omnívoros y eso nos ha permitido evolucionar: nuestro cuerpo es más grande, nuestro cerebro más complejo...Pese a ello, ahora parece que se nos olvida que necesitamos una alimentación completa para estar sanos y ello también incluye la carne», apunta el paleoantropólogo. «En el caso de los niños la alimentación tiene que ser lo más variada posible, sin restricciones, aunque sea poca cantidad, porque si el niño come poco es porque necesita poco, él es capaz de autorregularse», añade Elena.

«La paleodieta no existe»

La pediatra, sin embargo, no descarta la alimentación vegetariana: «Hay familias que lo hacen bien y saben complementar, pero para eso hay que tener conocimientos de nutrición. Si a un niño no le das carne debes darle suplementos, la vitamina B12 que es difícil de conseguir en otros alimentos que no sea la carne...». En cuanto a la popular «paleodieta», el investigador es tajante: «Nunca existirá porque los alimentos del pasado no se cocinaban. El fuego tiene 450.000 años en Europa. En todo caso, se trataría de usar productos del pasado pero al cocinarlos los transformamos».

El codirector de Atapuerca cuenta que los dientes daban y dan pistas sobre la salud de nuestros pequeños: «En el registro fósil hemos visto hombres, mujeres y niños muy sanos. En cambio, en una población medieval encuentras caries, falta de formación del esmalte, desnutrición...Ya no te digo en poblaciones actuales de Etiopía o Eritrea cuyos niños tienen problemas dentales terribles».

Sin embargo, lógicamente, no todo son similitudes con nuestro antepasados. De hecho, la gran diferencia del ser humano, Homo sapiens, con sus antepasados es el largo camino que recorre, desde que nace, para llegar a adulto. «Un recién nacido nace con muchísimo retraso en cuanto a motricidad y capacidad de conocimiento respecto otros mamíferos. Eso nos da más tiempo para adquirir conocimiento», explica José María Bermúdez de Castro. Eso explica el motivo por el que la adolescencia es una exclusividad del Homo sapiens. Ninguna otra especie de primate actual experimenta esta peculiar transición entre la fase juvenil y el periodo adulto. «Es el momento en el que se producen grandes cambios, el cerebro sufre un "reset", que explica la confusión a dolescente. Nosotros pasamos ese momento porque demoramos el crecimiento. Una niña o un niño con 10 años no sufre cambios, pero cuando llega a la adolescencia se da el famoso estirón que no sufren los chimpancés, por ejemplo. Tampoco sabemos si lo tuvieron nuestros ancestros».

Pero sin duda, la gran diferencia del ser humano con todas las especies es el cerebro. «Es el órgano más importante, ha aumentado de tamaño. En el caso de los chimpancés llega a los 400 cm3 y nosotros triplicamos la cifra. Además, hay otro factor diferenciador que es el retraso en la complejidad. Un niño de 7 años tiene un cerebro grande, pero no está conformado desde la complejidad. Esta continuará hasta los 30 años. Es por ello que los grandes inventos de la humanidad los han producido personas de entre 25 y 35 años. Cuando llegan los 30 todas las fibras largas de las neuronas se cubren de una sustancia, la mielina que hace que la velocidad de conducción del impulso nervioso se multiplique por 100».

Teniendo ese cerebro privilegiado, ¿sobreviviremos como especie? «La evolución es así, aparecerán otras especies. En el pasado había muchas de la genealogía humana y desaparecieron. Solo queda una, nosotros y aparecerán otras, la vida siempre se abre paso».