ANGEL NAVARRETE

El furor por los huertos urbanos divide a los científicos

Preocupa la presencia de materiales pesados y otros tóxicos en vegetales cultivados en zonas de alta polución

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Lean solo unos cuantos titulares recientes: «Entregadas las llaves a nuevos usuarios de huertos urbanos de Torrelavega. Entre los agraciados, de todas las edades, una señora de 89 años». «Valdepeñas invierte 45.000 euros en la ampliación del proyecto de huertos urbanos ecológicos». En Madrid, «Rivas construye huertos urbanos y ecológicos en su casco antiguo» y «800 vecinos de Alcobendas piden uno de los 123 huertos construidos». Diferentes puntos de España, igual tendencia: la horticultura urbana está experimentando «un crecimiento simpar».

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué se disputan las llaves de una finca de 1.000-1.500 metros cuadrados tantos vecinos? En la última localidad citada, Alcobendas, lo de los huertos urbanos es más que una moda, es un furor. Se sortean huertos municipales, se forma a los agraciados en el cultivo idóneo con técnicos del Ayuntamiento, se les da un terreno acotado y preparado y son controlados para que lo tengan bien cuidado durante tres años.

El alcalde de Alcobendas, Ignacio García de Vinuesa, atiende a ABC. Se podría decir que estos sorteos tienen su impronta personal, porque, defiende, tienen grandes ventajas: «Mucha gente siente nostalgia del medio rural. No podemos olvidar el origen de muchos vecinos. Por mucho que avancemos en tecnología y progreso, esto no debería estar reñido con tener una zona reservada para el huerto en los municipios. Además, la huerta acerca a los mayores con sus nietos, traza lazos de unión. Por no hablar de que los vecinos se ahorran un dinero con lo cultivado». Una red de solidaridad que se teje a fuerza de cavar y entrecavar.

Crecimiento imparable

Para Gregorio Ballesteros, que lleva años evaluando la evolución de esta tendencia creciente en Ecologistas en Acción, el crecimiento ha sido espectacular al calor de la crisis. Prueba de ello es que entre 2007 y 2015, la superficie explotada pasó de 15 hectáreas a más de 220 en el país. Se elevó de 9 huertos a 508 en ese periodo. Solo la ciudad de Madrid cuenta, en estos momentos, con 50 recintos para huertas urbanas. Es la urbe que lidera, seguida de Barcelona, Sevilla y Valencia, Por autonomías, la primera es Andalucía (que concentra el 20%), seguida de Cataluña, Madrid y Comunidad Valenciana. «La gente tiene hambre de lo rural», decía el regidor de Alcobendas, pero no todos hablan bien de este interés creciente.

Desde la Universidad de Oporto, el investigador postdoctoral en Ecosistemas Terrestres Andrés Rodríguez Seijo contrasta que ese auge de los huertos urbanos no puede obviar el riesgo de contaminación. El suelo puede ser una fuente de elementos potencialmente tóxicos en terrenos cercanos a áreas industriales, vertederos y vías de la ciudad muy transitadas. El plomo, el cobre o el zinc derivados del tráfico rodado puede contaminar el suelo urbano sin control. Pesticidas y productos químicos industriales pueden bioacumularse en un terreno y acabar de poner en peligro la salubridad de un huerto. Por ejemplo, las plantas que más bioacumulan son las lechugas y espinacas. Los tomates, no tanto.

«El gran problema de los huertos urbanos es que normalmente se hacen con poco criterio, aprovechando suelos sin uso. Podemos cultivar en ciudades, pero intentemos minimizar los riesgos», aclara el investigador. «En la contaminación, tradicionalmente nos han preocupado los metales pesados (y con razón). El problema es que hay otros contaminantes, en este caso orgánicos como los PCB (policlorobifenilos) o los hidrocarburos aromáticos policíclicos, que pocas veces se tienen en cuenta», agrega.

Evaluar los riesgos

A pesar de que este experto proclama que los huertos urbanos «no son la mejor opción», no oculta que estos espacios verdes acaban siendo, como relataba García de Vinuesa, una herramienta pedagógica y un pasatiempo sano. «No soy contrario a los huertos en ciudades, ya que no nos quedará otra viendo el ritmo de pérdida de fertilidad de los suelos, pero deberían de hacerse con tranquilidad», dice a ABC. «Es necesaria una evaluación exhaustiva de los riesgos de cada localización, lo que conlleva un análisis de los suelos, posibles fuentes de contaminación, evaluar bien qué especies se pueden plantar, con medidas para reducir la bioacumulación en ellas».

En grandes ciudades el problema de la contaminación atmosférica suma riesgos. Y también, como sucedió en Berlín, el cultivo en zonas relativamente cercanas a vías de transporte supone una amenaza evidente. Si el cultivo es en zonas más o menos «apartadas», es decir, con presencia de barreras de edificios o de barreras de vegetación, se reduciría el riesgo, dicen los expertos. Así, las mejores prácticas para el cultivo urbano pasarían por construir parcelas alejadas de las vías, agregar materia orgánica, mantener el PH del suelo, comer los frutos habiéndolos pelado antes, quitar todas las hojas y lavarlos a fondo para eliminar todo contaminante superficial.

Crea espacios sostenibles

Según Elisa Oteros, del Área de Agroecología de Ecologistas en Acción, esa corriente científica de Rodríguez Seijo se enfrenta a la que ningunea ese riesgo. Hay división de opiniones, puesto que hay investigaciones al respecto de cómo estas prácticas influyen en cada planta y de cómo los suelos pueden ser enriquecidos con prácticas agriecológicas. Otros, añade Oteros, prefieren verlos como un espacio de aceptación social en la ciudad.

Encarna esa dicotomía el arquitecto y director del Grado en Paisaje de La Salle-Universidad Ramón Llull, Roger Subirà, para quien la contaminación puede afectar a su calidad y en la necesidad de analizar el suelo «debe haber unanimidad». Pero desde el punto de vista de su disciplina arquitectónica, defiende que la agricultura en la ciudad es un camino para recuperar espacios sostenibles, tiene grandes beneficios de didáctica medioambiental y de convivencia con los ritos de la agronomía.