Sociedad

Calcuta, el infierno del que salió un ángel

La canonización de la Madre Teresa se vivió con emoción en la abarrotada Casa de las Misioneras de la Caridad, desde donde ayudó a los más pobres

La capilla donde está la tumba de la Madre Teresa en la Casa de su orden de Calcuta, a rebosar de fieles
La capilla donde está la tumba de la Madre Teresa en la Casa de su orden de Calcuta, a rebosar de fieles - PABLO M. DÍEZ

Además de en Roma, la canonización de la Madre Teresa se vivió ayer con una emoción especial en Calcuta, la ciudad india donde se pasó casi toda su vida asistiendo a los más desamparados. Ante la denominada Casa Madre, la sede de las Misioneras de la Caridad donde está enterrada la ya santa, se congregaron varios miles de personas para seguir la ceremonia en las pantallas instaladas tanto en una carpa exterior como en el interior.

Pero, debido a las limitaciones de espacio del edificio, solo pudieron acceder unos 200 fieles indios y voluntarios venidos de todo el mundo, entre los que destacaban por sus aplausos y «Vivas» en castellano un numeroso grupo de españoles y otro de mexicanos.

Con la cara iluminada por la felicidad, los asistentes abarrotaron el patio, decorado con un enorme retrato de la Madre Teresa que colgaba entre dos de las cuatro plantas del inmueble. También estaba a rebosar la capilla donde se expone su sencilla tumba, que pronto quedó cubierta por las flores que los fieles iban dejando tras rezar de rodillas ante ella.

En la calle, mientras tanto, una multitud intentaba entrar a voces, pero al final tenían que conformarse con ver la canonización retransmitida desde el Vaticano bajo la carpa desplegada ante la Casa Madre, cuya fachada gris también lucía decorada con bombillas de colores y otro gigantesco cartel de Santa Teresa de Calcuta.

Un nombre en su honor

«Siento devoción por la Madre porque la conozco desde que era pequeño. De hecho, le he puesto su nombre, Teresa, a una de mis hijas en su honor», se enorgullecía Savir, un hindú al que sus creencias no le impedían honrar a la santa. En Calcuta, la misionera es querida por igual por católicos, musulmanes, hindúes y sijs por volcarse sin descanso con los más necesitados. «La Madre es para todas las religiones porque auxilió a todo el mundo sin importarle que fe profesara cada uno», argumentaba Savir, quien, precisamente por ser hindú, se permitía el lujo de dudar de algunos de los dogmas cristianos. «La Madre Teresa se merece ser santa no porque así lo atestigüen unos supuestos milagros que obró después de muerta, sino por todo lo que hizo en vida por los más pobres», justificaba con vehemencia. Para terminar, apoyaba su razonamiento en otra idea muy extendida en esta ciudad: «La Madre es la Madre, la Madre es como Dios».

Con sus móviles en ristre, los asistentes inmortalizaban cada momento de una jornada histórica para los católicos de la India, que por fin tienen ya a su Santa Teresa de Calcuta para venerarla y pedir su intercesión divina. Cada vez que en las pantallas aparecía su retrato, o alguna de las monjas de la orden presentes en Roma, el público rompía a aplaudir.

Misioneras entre vítores

El gozo era igual, o incluso mayor, entre las hermanas de las Misioneras de la Caridad, que en su mayoría veían la ceremonia en la capilla de la primera planta. Para todas ellas, la canonización de su fundadora suponía el reconocimiento final a una vida llena de sacrificio en pos de los desamparados. «El ejemplo más importante que nos dejó la Madre Teresa es su austeridad», recordaba la hermana Brayan Ann, quien se ordenó en 1992, ha pasado 16 años en Costa Rica y ahora cuida a los disminuidos físicos y psíquicos de la Casa de Premdan.

Desde Roma, el padre Brian Kolodiejchuk, el postulador de la orden que ha sacado adelante el proceso de canonización, confiaba en que la santidad de la Madre Teresa atrajera a nuevas generaciones de monjas. «Esperemos que los jóvenes se nos unan y que podamos conseguir más ayuda económica. Eso sería maravilloso. Pero, si no, seguiremos trabajando igual que antes», señalaba días atrás en una conversación telefónica con ABC.

Con los sentimientos a flor de piel, el júbilo estalló, tanto en Roma con en Calcuta, cuando el Papa Francisco proclamó santa a la Madre Teresa. De inmediato, todos los asistentes a la Casa Madre se arrancaron a aplaudir al unísono mientras la hermana Blessila, una de las principales responsables de la orden, tocaba la campana de la primera planta. De los pisos superiores, por cuyas escaleras y pasillos asomaban las misioneras aplaudiendo y cantando, caía confeti sobre el retrato de la recién proclamada Santa Teresa de Calcuta.

Para Montse Alonso, una voluntaria española de 68 años que lleva viniendo a la India desde 1994 y trató con frecuencia a la misionera, era algo más que un día especial. Tras haber vivido su funeral y su beatificación en Calcuta, por fin veía a la Madre Teresa elevada a los altares. Presa de la emoción, se tapaba la cara con las manos al no poder contener las lágrimas. «Estoy feliz, estoy feliz», repetía.

Motivos humanitarios

A su lado, Carlos Fraile, un abogado madrileño de 28 años, sonreía con amabilidad. Aunque no es religioso, este es el segundo verano que viene a Calcuta para ayudar en las casas de las Misioneras de la Caridad, ya que su tío, el padre Luis Miguel, organiza estos viajes desde hace más de una década. «He repetido por motivos humanitarios, ya que el año pasado descubrí que Calcuta tenía un aura muy especial que te acaba enganchando, sobre todo por la empatía que desarrollas con los enfermos», explicaba tras la canonización.

A Fraile, que llegó el pasado 23 de agosto y regresará a España el 10 de septiembre, le ha tocado en esta ocasión la casa de Kalighat, uno de los centros más duros de las Misioneras de la Caridad porque allí van a parar los moribundos para que pasen sus últimos días de la manera más digna posible. «Aunque parece un sitio horrible, sobre todo por el fuerte olor que te trae una bocanada de realidad, en realidad es un paraíso para los enfermos terminales, a quienes lavamos al llegar, afeitamos y cuidamos durante sus últimos días», relata el joven letrado con conocimiento de causa. Solo durante la última semana, en su turno, de ocho de la mañana al mediodía, ha visto morir a cinco personas.

Así es Calcuta, una de las ciudades más duras del planeta y donde buena parte de sus 15 millones de habitantes nacen, viven y mueren en la calle. Un infierno en la Tierra del que precisamente ha salido una santa, la Madre Teresa, que se entregó en cuerpo y alma a quienes no tenían nada, a los más pobres de los pobres.

A pesar de su extraordinario ejemplo, en ocasiones fue criticada por mantener una actitud excesivamente conformista con la miseria y por no plantear opciones para salir de ella. Pero también es cierto que Santa Teresa de Calcuta se dedicó a recoger de las calles a quienes habían sido abandonados por sus propias familias y no tenían ninguna opción de reincorporarse a la sociedad por sus problemas físicos y psíquicos.

En lugar de buscarles un futuro mejor, lo único que podía hacer era suavizarles su duro presente con algo que, probablemente, no habían recibido jamás: el cariño de un corazón enorme atrapado en un cuerpo menudo pero lleno de coraje y amor por la vida. Así fue cómo salió una santa del infierno de Calcuta.

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