La celebración del día de Andalucía nos anunciaba la presentación en el Villamarta de un espectáculo de sólida argumentación, firmado por la directora escénica Pepa Gamboa.
El eterno retorno es la prueba más evidente de la capacidad del flamenco para transformarse y reinventarse una y otra vez, según las exigencias del guión. Muchos escépticos saldaron sus dudas cuando se llevó a Kafka al teatro flamenco pero nunca podrían imaginar que el mismísimo Nietsche pudiera ensamblar con una propuesta jonda, además bien planteada y ejecutada.
Al frente del proyecto se encuentra la bailaora malagueña Rocío Molina (1984), una de las más firmes realidades del baile femenino en la actualidad y que, gracias a su versatiblidad, pudo ir encajando con sus interpretaciones las más variadas metáforas que exigía la puesta en escena del Eterno Retorno.
Un guión que invitaba a la reflexión y que mostró dos ejes centrales, además del baile. Por un lado, una puerta giratoria que pretendía enseñar cómo todo es una continua repetición, una continua vuelta a empezar y, a través de la cual, personajes y músicos iban apareciendo y desapareciendo de un infinito al otro. Por otro, los soliloquios de Manuel Monteagudo que iba desgranando reflexiones en alta voz, basándose en los pensamientos de Friedrich Nietsche y algunas referencias a Borges, Szymborska y Zorn. Una voz de la conciencia que iba planteando las más diversas situaciones metafóricas.
Intencionalidad escénica
La primera fue resuelta en clave de soleá con La máscara del infinito y que ya dejaba entrever la intencionalidad escénica de mostrar baile y mensaje. Si en el contexto literario flotaba el concepto del carpe diem el baile contestaba con la importancia del instante que transcurrió por la fantasía, el cante abandolao y la malagueña, expuesta contrariamente a como se ejecuta en la actualidad, en permanente búsqueda de volver del revés los conceptos.
La música, compuesta al efecto por el guitarrista Juan Carlos Romero, seguía mezclándose con las evocadoras imágenes de lo fugaz. Las alegrías sacaron del recuerdo las famosas muñecas de Marín para que, pasado, presente y futuro se mezclaran sobre el escenario.
Reseñable resulta la continua presencia de Rocío Molina sobre el escenario, ya que baila todos los números, con la variedad de movimientos y conceptos que ello requiere. La malagueña está en pleno proceso de depuración y búsqueda de su propia personalidad, aunque aún conserva muchos préstamos de Eva la Yerbabuena.
La siguiriya, dedicada a la memoria, fue interpretada en paso a dos con Teresa Nieto, que no sólo representaba el anverso de la bailaora principal, también su propia sombra.
Uno de los momentos más brillantes fue gracias a la colaboración de Pasión Vega, quien llenó con su esplendorosa voz la escena El mito, el tiempo, fundiendo copla y flamenco con el piano de Rafael Marinetti.
Mensaje
Para finalizar, muy en el contexto de los mensajes expuestos, en lo que todo es terminar y empezar, lo mismo y distinto (ya saben cosas de la filosofía...) el fin de fiesta fue un collage de distintos estilos flamencos desde lo abandolao al martinete.
Una ambiciosa obra, producida por la Agencia Andaluza por el Desarrollo del Flamenco, que sigue abriendo puertas al concepto de la danza flamenca contemporánea, con un perfecto acabado de todos los elementos, bien trabajados, en los funcionaron con exactitud todos los engranajes.