OPINIÓN

Ciudad de la tolerancia

A veces se adjetivan las ciudades por razones poéticas o políticas

Julio Malo
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A veces se adjetivan las ciudades por razones poéticas o políticas. El anterior equipo municipal de Cádiz escogió el lema «la Ciudad que sonríe», a mi juicio demasiado publicitario, más parecido a eslógan de gran almacén que a la bella metáfora de Juan Ramón Jiménez, «tacita de oro»; o a esa «salada claridad» del poema más conocido de Manuel Machado. Creo que ya se destiñeron, tanto la simplona leyenda como el vulgar logotipo de la sonrisa en azul pálido, porque la clemencia del tiempo acaba por borrar las torpezas de los mortales. Sin embargo Lisboa exhibe un título vindicativo y humanista, apropiado a esta urbe amable que con su medio millón de habitantes es capital de un pequeño país con destacado papel en el concierto de las repúblicas modernas: Ciudad de la Tolerancia. Un título que honra el carácter del pueblo portugués: culto, humilde, generoso y acogedor; entre sus frondosos bosques, sus primorosas ciudades blancas, y ese dilatado litoral, rostro del sur de Europa al Océano. El arquitecto Alvaro Siza Viera sostiene que le gusta Cádiz porque su sabor atlántico se asemeja a Portugal. También por los carnavales, que en Lisboa llenan la ciudad de alegría transgresora; esta opinión es ya de mi cosecha, por eso me gusta pasar alguno de estos días en la ciudad que fundara el mismísimo Ulises, tal vez cuando marinos tirios ocuparon las islas gaditanas. La edición lisboeta de la prestigiosa revista ‘Time Out’ muestra imágenes de las agrupaciones que animan las calles y recuerdan el carácter de las chirigotas callejeras de Cádiz, pues en ambas ciudades se percibe el origen africano del carnaval. Este año el viajero debe dedicar un tiempo para visitar el Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología (MAAT), proyectado por la arquitecta galesa Amanda Levete, de 62 años, que recupera para el paseante la ribera del Tajo y pretende ser polo internacional de arte y cultura, al modo del Centro George Pompidou de Paris, el Guggenheim bilbaíno, el Kiasma de Helsinki, el madrileño Reina Sofía, o Tate Modern en Londres, al cual se parece en tanto recupera la vieja central hidroeléctrica de la ciudad. El antiguo edificio de ladrillo rojo contrasta con el blanco brillante de una ola sobre el Tajo que representa la nueva pieza revestida mediante quince mil azulejos. Desde ese lugar, Lisboa se mira en las aguas, un espacio que permite contemplar el Puente 25 de Abril cuyo nombre representa la revolución impulsada por jóvenes oficiales de un ejército agotado en guerras coloniales.

Lisboa es también la ciudad de los poetas: Camoes, Cesário, Sá-Carneiro, Florbela y Pessoa, La figura en bronce de éste último aún toma su café en A Brasileira, y murmura sus versos: «¡Oh mar salada, cuánta de tu sal son lágrimas de Portugal!».

Yo le he traído libros de mis amigas, poetas de Cádiz, como Blanca Flores, Belén Peralta o Rosario Troncoso; precisamente el pasado martes día 6 asistí a la presentación del libro de Charo titulado ‘Nuestra orilla salvaje’.

Recuerdo su diáfana voz gaditana leyendo un haikú que es la primera estrofa de uno de sus poemas: «Ya no te entiendo./ Has cambiado de idioma/ o de perfume». También yo he cambiado de idioma y compré en un quiosco una edición portuguesa de la conocida novela de Dash Hammet que interpretó Humphrey Bogart, ‘O falcao de Malta’, en recuerdo a nuestro héroe de novela negra Benito Bram, creado por Rasero Balón. Lisboa y Cádiz: carnaval, océano y literatura.

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