José María CarrascalSeguir

Tiempos de demagogos José María Carrascal

La escena política norteamericana está tan revuelta como la de todos los demás países, algo preocupante

Que el segundo debate de las elecciones presidenciales norteamericanas 2016 ha sido el peor de la historia lo reconocen tanto los republicanos como los demócratas. Ni los más pesimistas hubieran podido imaginar que, ante los grandes desafíos nacionales e internacionales con que se enfrenta el país los dos aspirantes a dirigirlo se enzarzaran en infidelidades conyugales, y menos todavía que uno de ellos amenazara al rival con meterle en la cárcel usando al fiscal general del Estado a sus órdenes. Así, como en cualquier república bananera. ¿Tan bajo ha caído la democracia norteamericana?

Que Trump haya sobrevivido a las sórdidas declaraciones de hace años, donde muestra su idea de las mujeres como meros objetos sexuales e inferiores intelectualmente, advierte de su catadura moral, que conocíamos de sobra. Pero muestra también la indignación que anda suelta hoy por la «América profunda», constituida por los blancos en los segmentos más bajos de la sociedad, hacia la política y los políticos, que han condenado a millones de ellos a rebajar sus expectativas de vida, y al país a perder aquella hegemonía que venía gozando desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Un terreno abonado para los demagogos, que se apoyan más en el odio que en la cordialidad, en la frustración que en la esperanza. Trump es uno de los ejemplares más completos de ellos, alguien que goza recogiendo del suelo los trozos rotos del sueño norteamericano, para clavarlo en el pecho de sus compatriotas más desfavorecidos.

«Don’t underestimate him», no le subestimes, venían advirtiéndome mis amigos norteamericanos. Los hechos han venido a darles la razón. Trump se ha deshecho a guantazos de todos sus rivales por la candidatura republicana y está dispuesto a acabar con la candidata demócrata, no la mejor, por cierto, usando la misma táctica. Sólo había que verle dando vueltas en su torno como un león en torno a su presa. Se venía creyendo que un nombre famoso ayudaba en la carrera hacia la Casa Blanca, como ocurrió a los Kennedy y a los Bush. Pero con Hillary ha ocurrido al revés, que la ha perjudicado, al recordar errores del pasado. Se creía también que, tras un presidente de color, le tocaba el turno a una mujer. Pues tampoco. Como tampoco le ha ayudado la tan aireada «liberación femenina», a la que, por lo que vemos, le queda todavía bastante camino por recorrer. A Hillary le reprochan incluso que su marido la engañase, que es el colmo del machismo.

En fin, que la escena política norteamericana está tan revuelta como la de todos los demás países, algo preocupante porque si los Estados Unidos tienen un catarro el resto pilla una pulmonía. Es el resultado, más que de la crisis, de la globalización. Los problemas de uno son ya los problemas de todos. Mal de muchos, etc., etc,, se dirá. Flaco consuelo.

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