Ramón Pérez-Maura - Horizonte

Las benditas agencias de viajes

Cuando los nueve amigos llegaron a la dirección de la casa alquilada, solo había un descampado

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Recuerdo bien la primera vez que lo oí mentar. Era marzo de 2016 y el presidente de una gran firma madrileña ofrecía un almuerzo a una de sus colegas europeas, que resultaba ser una Rothschild, miembro de esa gran familia europea de origen alemán que tiene ramas en Francia, Reino Unido, Austria e Italia. En la mesa había un ministro en ejercicio, un embajador acreditado en Madrid, un notable financiero... no más de ocho personas en total. Por aquello de romper el hielo, el anfitrión preguntó a su homenajeada dónde se hospedaba en Madrid, a lo que la señora respondió sin pestañear: «Atocha 25». Silencio en la sala. Todos los allí presentes rebuscábamos en nuestra memoria qué hotel podía haber en esa dirección. Al fin el anfitrión preguntó abiertamente de qué hotel se trataba y ella respondió como si todos supiéramos de qué estaba hablando: «Airbnb». Ninguno de los allí presentes habíamos oído hablar de esa plataforma nunca. El anfitrión insistió: «Y ¿qué tiene de malo el Ritz?». A lo que la señora Rothschild respondió «que todos son iguales». Rápidamente nos explicó que a ella le gustaba ver cómo vive la gente en cada país. Preguntada cuánto pagaba por «Atocha 25» respondió con una gran sonrisa que 27 euros por noche. Antes de confesar que era la peor casa que había reservado nunca por esta vía.

Desde entonces todos hemos oído hablar mucho de Airbnb. De las maravillosas ofertas que consiguen algunas personas y de cómo les facilita su movilidad. Y sin duda es cierto. Pero hay peligros evidentes. Conozco el caso de nueve jóvenes que alquilaron el mes pasado en Mallorca una magnífica casa que costaba 3.000 euros por una semana. La página con el logo de Airbnb situaba la vivienda en Camí Serra 12, 07181-Cas Català, Illes Balears. Cuando los nueve amigos llegaron allí, en esa dirección no había más que un descampado.

La reclamación a Airbnb dio varias vueltas. La página con el logo de Airbnb resultó ser una página clonada, no era real. Lo que la compañía empleó como excusa para desentenderse de la estafa. La compañía argumenta también que en su página se dice expresamente que nunca hay que pagar por transferencia, lo que los jóvenes habían hecho, sino con tarjeta de crédito. Como es lógico, en la página clonada ese mensaje no aparecía. Pero lo más sorprendente es que mientras los jóvenes llamaban y denunciaban la estafa a Airbnb, la página en la que se anunciaba la casa con el logo de Airbnb y con la que ellos habían sido estafados siguió durante 48 horas en la web como forma de captar más clientes a los que robar sus 3.000 euros.

Sin duda Airbnb no tiene una responsabilidad directa porque la estafa fue hecha por fuera de su página. Pero en las redes se tiene una responsabilidad cuando no se vigila el que se emplee tu propio nombre y logo como forma de estafar a terceros. Cuando una página que estafa con el nombre de Airbnb puede estar en la red al menos dos meses sin que nadie tome medidas para evitar el fraude. Y, lo que es más flagrante, cuando se denuncia la estafa y la página sigue abierta.

Esta nueva forma de alojarse cuando se viaja tiene virtudes y defectos y sin duda las redes ofrecen unas vías de comunicación que dan alternativas magníficas. Pero al final, es mucho más fácil ser víctima de una estafa en la que es casi imposible encontrar el autor de la misma. Lo que nunca ocurriría si se alquilara un piso por medio de una agencia inmobiliaria o se alquilase un apartotel por medio de una agencia de viajes. Las benditas agencias que te dan un trato personal y donde una persona con cara y ojos se hace responsable de lo que contratas. Si no, sólo te queda la denuncia en la comisaría, como la que hicieron los nueve jóvenes de esta historia.