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Abstención, palabra maldita Carlos Herrera

Al socialista que primero hable de abstención, recuerden un estanco

Hay lógica impaciencia en ámbitos políticos y sociales. Y lógico resulta, pero anudar un acuerdo después de una fatiga de materiales de un año no es tan sencillo. Aquellos que crean que los socialistas seguirán negándose en redondo a hacer presidente a Sosoman deben pensar que no han montado la que montaron hace una semana para ir de nuevo a terceras elecciones. La carnicería del sábado tenía como objeto impedir el pacto Sanchezstein con los de la acera equivocada y desbloquear la creación de un gobierno: creyeron que iba a ser más sencillo en un principio, pero Sánchez les salió bravo y hubo que emplearse a fondo. Y ni siquiera están seguros de haber acabado con él; de hecho, ahora, en el PSOE, hay gente dándole vueltas al tarro para ver cómo se le dificulta el regreso, ya que se malician que, intentarlo, lo va a intentar. Pero a lo que iba, que no he venido aquí a hablarles de lo de hace una semana.

Al primer socialista que pronuncie la palabra «abstención» habrá que darle una paga o algo, un estanco o una cena homenaje, no sé. Porque será un valiente. Saben todos que tendrán que hacerlo, pero andan mirándose unos a otros a ver quién es el primero en significarse. Hoy en día todo lo que no sea decir que Rajoy es un chulo, un pretencioso, que es el PNV el que tiene que apoyar un gobierno «de la derecha» y tal y tal, es un entreguista. Si escucha usted a cualquiera de los socialistas que despacharon a Sánchez de manera destemplada, parece que lo hubieran hecho por el bien de la estabilidad de España... siempre que esa estabilidad no pase por el jodío PP de los cojones. Lo malo es que pasa por él, y todos lo saben, con lo que a cada bravuconada de la izquierda habrá que poner la misma cara que ponen las vacas viendo pasar el tren: nadie se atreve a dejar de disimular y todos esperan con ansiedad que alguno de los líderes de la asonada establezca la pauta discursiva a la que sumarse. Pero de momento no hay manera: Susana callada, Vara callado. Zapatero callado, Rubalcaba callado... Javier Fernández, el gestor de la gestoría, es un tipo solvente y, especialmente, discreto, que es lo que precisa la ocasión; Rajoy tampoco es un deslenguado, con lo que los contactos entre ambos serán productivos independientemente del ruido que se produzca fuera. Y ese es el camino. Ayer Rajoy desactivó el recalentamiento que se estaba produciendo en los desorientados cuadros socialistas afirmando que no iba a exigir nada al PSOE a cambio de la abstención, hecho que calmó esa excitación que produce en toda militancia, de base o exquisita, la proliferación de titulares de prensa en los que se supone que el PP quiere exprimir al PSOE o bien machacarlo en terceras elecciones. A nadie se le escapa que el próximo gobierno ha de tener mínimas garantías de estabilidad, pero ello deberá pactarse y se supone que entre personas inteligentes no deberá haber problemas. Si fueran más allá, es decir, si su inteligencia política llegase a cotas de excelencia, un pacto sincero entre las dos fuerza políticas que han gobernado España podría suponer la estabilidad del despegue económico y el orillamiento de las fuerzas populistas que condicionan la política de grandes ciudades españolas. Enviar al desván de las ideas inútiles a los populistas reinantes en diversos ayuntamientos significa, en épocas de despegue, el ocaso de los demagogos y radicales varios, de los charlatanes baratos que han llenado España de discursos decimonónicos y regresivos. Sólo hace falta voluntad política y cierta inteligencia histórica. No digo que no exista. Sólo me malicio que no prolifera.

Y al socialista que primero hable de abstención, recuerden, un estanco.

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