Panorámicas de Galicia (V) Populismo, En Marea y declive

Cuando el «ejército zapatista» de Beiras se inició con AGE, sembraron las raíces de una Marea que, desde las victorias municipales, ha ido perdiendo vigor por las peleas internas

Jorge Suárez, MartiñoNoriega y Xulio Ferreiro caminan juntos por la calle tras una reunión de En Marea
Jorge Suárez, MartiñoNoriega y Xulio Ferreiro caminan juntos por la calle tras una reunión de En Marea - M. MUÑIZ
MARIO NESPEREIRA - @abcengalicia Santiago - Actualizado: Guardado en:

El 2012, uno de los peores años de la crisis, fue uno bueno para la Alternativa Galega de Esquerda, la primera protocélula de la hipótesis populista en Galicia. «Queda inaugurado o exército zapatista galego», proclamó Martiño Noriega en un mitin en la sala Capitol, durante la campaña de aquellas autonómicas. Era alcalde de Teo. Hoy lo es de Compostela. Entonces, volaban los zapatos al aire para emular la efigie «indie» de su mentor, Xosé Manuel Beiras, consecuencia de aquellos acerados debates parlamentarios contra Fraga. Fue la primera escena de una obra política de claroscuros.

Cuatro años atrás, el electorado más asomado al Atlántico empezó a familiarizarse con conceptos que entraron en España a mediados del 13, como los efectos de las borrascas que siempre empiezan por el noroeste: la quiebra democrática, la ruptura con el régimen del 78. Una enmienda a la totalidad, galvanizada en aquella AGE participada por Anova, Izquierda Unida, Equo y el Espazo Ecosocialista. El asesor de todo aquello: Pablo Iglesias Turrión.

Beiras consumaba su «sorpasso» histórico y personal a costa del BNG y dejaba su piano de A Reboraina, la finca que debe su nombre a una novela de Otero Pedrayo, dejaba el piano para entrar por las puertas nobles de pabellones de O Hórreo. Un regreso al Parlamento con nueve escaños. Punto de tres para el rupturismo.

Convirtieron la Cámara en una expresión de la telecracia, el concepto del irlandés Peter Maïr, pero las bajas en el seno de AGE mostraron los síntomas de un proceso de declive interno. Así y todo, las fuerzas centrípetas de la hipótesis populista gallega empezaron a organizarse para afilar los cuchillos en la siguiente batalla: las elecciones municipales del 25-M. Hasta setenta candidaturas autodenominadas de unidad popular empezaron a salpicar el mapa. La izquierda política de Galicia se atomizó en nuevas casas comunes para nacionalistas escindidos del BNG, afiliados y simpatizantes de las primeras agrupaciones de Podemos y personajes históricos del asociacionismo vecinal y de izquierdas.

La «escuela BNG»

Tras los comicios, la victoria de los alcaldes de Compostela, Martiño Noriega; La Coruña, Xulio Ferreiro; y Ferrol, Jorge Suárez, se instrumentaliza en el triunfo de lo nuevo sobre lo viejo, lo abierto sobre lo cerrado, lo fresco contra lo caduco. Eso y que el vector nacionalista de las ya bautizadas como mareas se apunta otro triple: Noriega y Ferreiro bebieron en las fuentes del viejo Bloque y una parte importante de los incipientes cuadros comparte el origen nacionalista.

La versión gallega del discurso populista se topa, tan pronto como entran por los ayuntamientos, con la cara de su demonio interno. El populismo de corte «errejonista» o de Laclau se articula entorno a la construcción de un respuestas nuevas para conflictos previamente ajenos a la lógica de competición política. El cambio de nombre en calles o los lemas de corte «welcome refugees» fueron primeras expresiones precarias. La hipótesis y sus representantes evidencian estar poco entrenados en la gestión de administraciones ya muy burocratizadas y elevadas sobre los esquemas simples de « de arriba versus los de abajo». Ante la incomprensión vecinal, la marea obvió la gestión de servicios básicos por otros conflictos etéreos.

Tras el verano de 2015 y una colección de encuentros con el BNG de cara a la galería, se da la En Marea que conocemos a día de hoy. Su objetivo: tener un grupo propio que la dirección de Podemos Madrid le había prometido, a sabiendas de que no tenía cabida en el reglamento del Congreso. La frustración se paga, seis meses más tarde y tras la repetición de las generales, en la pérdida del escaño de David Bruzos por Orense y 70.000 votos menos. En ese cierre de campaña, Xulio Ferreiro opta por estar al lado de Iglesias y no en el mitin final preparado por el partido.

Apenas días más tarde, se escenifican las tensiones. Los alcaldes del rupturismo exigen iniciar ya el proceso de elección del candidato, con un Beiras que mantiene en vilo a sus acólitos y Podemos despedazándose en sus crisis internas. El último síntoma del declive llegó, no de Galicia, sino desde Madrid. Iglesias tuiteó que Podemos debía estar dentro de En Marea como un Moisésque abre las aguas. El ala nacionalista torcía así el brazo al sector gallego de Podemos. En realidad, por partida doble: el candidato para las autonómicas fue buscado, respaldado e impulsado gracias a los cuadros de Anova y sobre todo dos de los tres alcaldes rupturistas, Xulio Ferreiro y Martiño Noriega.

Al magistrado en excedencia Luis Villares le han cargado toda esa mochila para iniciar la campaña de las autonómicas. Una ruta errática, la falta de movilización, las críticas de algunos dirigentes o la existencia de un equipo de asesores externos que el entorno de Villares desconocía lo sitúan en una mala casilla de salida para después del 25-S. La encuesta de GAD3 publicada por ABC apea a En Marea del «sorpasso», con entre 14 y 16 diputados.

La guerra de Errejón e Iglesias les ha estallado en el peor momento. La hipótesis populista en la Galicia de las mareas se resiente.

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