La tercera Cataluña de Gaziel

Península recoge todas las columnas que publicó el influyente periodista catalán en el diario «El Sol» en los años 20

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Hay pocas dudas de que Josep Pla, Chaves Nogales y Julio Camba constituyen la triada de honor del periodismo español de la primera mitad del siglo pasado. Hay una cuarta firma que quizá no sea tan brillante como las de los tres «elegidos», y sin embargo los contiene a todos. Agustí Calvet, Gaziel, (1887, San Feliu de Guíxols; 1964, Barcelona) se abrió camino con sus diarios, el género que consagró Pla; dirigió «La Vanguardia», como Chaves Nogales «Ahora», y en su madurez intelectual se entregó al articulismo, la especialidad de Camba.

Pero antes de todo Gaziel fue un extraordinario corresponsal de guerra, algo que sus coetáneos no pueden decir. Su «Diario de un estudiante en París» (Diéresis) y los libros de crónicas «En las líneas de fuego», «El año de Verdún», «Narraciones de tierras heroicas» y «De París a Monastir» son portentosos testimonios de la Primera Guerra Mundial. Su formación filosófica lo llevó además a ser el intelectual de la derecha catalana más destacado de su época, siempre presto a participar en el debate político. No en vano convirtió a «La Vanguardia» en un periódico de referencia más allá de Cataluña.

Fruto de su voluntad de contribuir al debate –«a los articulistas españoles la alta política diríase que nos repugna», lamentaba– son los 110 artículos que publicó en el diario madrileño «El Sol» entre 1925 y 1930, cuando codirigía «La Vanguardia». Inspirado por Ortega y Gasset y dirigido a las élites, «El Sol» le ofreció la oportunidad de contar en sus páginas «las cosas de Cataluña y España», y Gaziel aceptó la propuesta del diario «más comprensivo de España»

Narcís Garolera recoge en «¿Seré yo español?» todas las colaboraciones que Gaziel publicó en el rotativo madrileño. El resultado es un tocho de más de 500 páginas que lleva a plantearse si no hubiera sido mejor publicar una selección de los mejores artículos. En Península han primado lo absoluto sobre lo antológico, y eso hace que para llegar a las mejores columnas –hay muchas y muy buenas– haya que pasar por otras que han envejecido mal.

En sus artículos defendía una tercera España: un improbable Estado ibérico que integrara a Portugal y que reconociera las distintas identidades. «El regionalismo cabe perfectamente dentro del federalismo». Con una gran habilidad para la metáfora, Gaziel comparaba a España con un león de dos cabezas –Madrid y Barcelona– que se ignoraban mutuamente, pero que se influían de forma decisiva: «Cuando una de las dos cabezas tiene fiebre, la otra la tiene también, y ambas la comunican a todo el organismo».

Para entender la cuestión catalana proponía distinguir el catalanismo –el movimiento político, «a veces un artificio, una negación de lo ajeno»– de la catalanidad: el «alma», lo «permanente» entonces y ahora, noventa años después. «No todos los catalanes son catalanistas –decía–, pero todos acaban por sentir la catalanidad». El Estado ibérico reconocería a una tercera Cataluña que debía salir de su recogimiento, y lo pedía escribiendo en Madrid. Este juego de equilibrismo le hizo ser criticado por unos y otros: «Hacemos de comadronas del espíritu público, y muchas veces, por toda recompensa, nos dan a beber la cicuta de la ingratitud».

Tras la Guerra Civil, marcado por su apoyo a la República antes del conflicto, Gaziel se convirtió en el señor Calvet, se alejó de las redacciones y puso fin a su carrera periodística.