Vídeo: El pasado mes de febrero, Nadia Murad, volvía a casa después de 3 años secuestrada por el EI - ATLAS
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La lucha de Nadia Murad contra el Estado Islámico

La joven activista yazidí relata en «Yo seré la última» cómo los terroristas la convirtieron en una esclava sexual

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Nadia Murad (1993, Sinyar, Irak) no hubiera querido salir nunca de Kocho, por muy duro que fuera vivir en una pequeña aldea perdida de Irak, teniendo que trabajar en la granja y pese a profesar una religión, el yahidismo, perseguida históricamente por los suníes. Jamás habría salido de Kocho porque su familia vivía allí, y ganaban lo suficiente para llevar una vida feliz y sencilla. En cambio, ahora se ha establecido en Alemania y, a su pesar, ha sonado como candidata al premio Nobel de la Paz.

Víctima del Estado Islámico, que en 2014 la sacó de su casa para secuestrarla y después esclavizarla, violarla y torturarla, Nadia Murad quiere ser la última chica en el mundo con una historia como la suya. Como una chica que, de niña, rodeaba a los soldados estadounidenses suplicándoles lápices y caramelos, y que años más tarde vio cómo los terroristas mataban a siete miembros de su familia en un solo día.

«Yo seré la última» es un imponente manifiesto contra la barbarie terrorista, la manera que ha encontrado Nadia de desafiar a aquellos que la denigraron hasta el punto de arrebatarle la condición de ser humano. «Cada vez que relato mi historia, siento que les quito un poco de poder a los terroristas», dice. Desde su cautiverio han pasado poco más de tres años; no es un recuerdo tan lejano. Y por eso es tan nítida su memoria.

«El EI llegó a las afueras de Kocho a primera hora de la mañana del 3 de agosto de 2014, antes del amanecer. Yo estaba tumbada en un colchón», escribe. Venían de atacar varias aldeas cercanas, matando a los que se negaban a convertirse al islam y degollando a quienes huían o eran demasiado lentos para seguir las órdenes del EI. Los terroristas, dice Nadia, «eran exactamente iguales que en la tele y en los vídeos de propaganda subidos a internet».

Acostumbrados a ser amenazados durante siglos por sus creencias religiosas, la minoría de los yazidíes nunca se había enfrentado a un intento de genocidio como el perpetrado por el EI. Lo primero que hicieron fue separar a los hombres de las mujeres. A los que parecían más jóvenes les hacían levantar los brazos para comprobar si tenían vello en las axilas. Solo se libraban de ser fusilados los que no tenían. A las mujeres jóvenes como Nadia las convertían en esclavas sexuales. «Jamás imaginé que fuera a tener algo en común con mujeres de Ruanda», dice.

Su relato es estremecedor. Desde el primer día de su cautiverio fue sometida a abusos sexuales, y enseguida fue vendida a un hombre con el que la casaron: «Con esos “matrimonios”, el EI proseguía con su lento exterminio de chicas yazidíes. Fuéramos adonde fuésemos, nos recordaban que no éramos más que propiedades, podían toquetearnos y violarnos». Cada segundo de la primera violación que sufrió fue aterrador, recuerda: «Él era grande como una casa. Y yo era como una niña, llamando a mi madre entre sollozos».

Más duro aún fue el castigo al que la sometieron por intentar huir de la casa en la que estaba encerrada: una violación múltiple. Aquella noche uno de los guardias, antes de que le tocara violarla, se quitó las gafas y las dejó con delicadeza sobre la mesilla: «Supongo que le preocupaba que se rompieran». El día a día de Nadia se llegó a convertir en «violaciones y nada más». «El miedo era mejor –escribe–. Con el miedo, existe el supuesto de que lo que está ocurriendo no es normal. La impotencia es parecida a la muerte».

«Yo seré la última» es el relato de una víctima, pero sobre todo el de una superviviente. Nadia consiguió escapar de sus captores y huir al Kurdistán. Allí comenzó a contar su historia, que luego repetiría ante miles de personas. Nombrada embajadora de Buena Voluntad de la ONU para la Dignidad de los Supervivientes de la Trata de Personas, trabaja por llevar al EI ante la justicia por el genocidio contra los yazidíes.