Aline Griffith
Aline Griffith - IGNACIO GIL

Aline Griffith, la espía norteamericana que amó con pasión a España

La condesa viuda de Romanones falleció en Madrid a los 94 años de edad, tras una larga vida de película

MADRIDActualizado:

Con la muerte de la condesa viuda de Romanones, el pasado lunes, se da casi por extinguida una generación de grandes damas que marcaron la historia social de este país, además de ilustrar las crónicas literarias y mundanas más comentadas de los años 50 y 60. Periodista, modelo de alta costura, espía y escritora, llegó a España el 31 de diciembre de 1943 tras ser reclutada por la Oficina de Servicios Estratégicos (la OSS, antecesora de la CIA). Ella aceptó «por patriotismo». Con el alias de «Tigre», su primera misión fue la de descubrir al agente de Henrich Himmler en nuestro país, además de informar sobre lo que se cocía en la alta sociedad madrileña, mientras vigilaba a un ministro franquista a través de su secretaria.

Espectacular, divertida y con una mente mucho más abierta de lo que por aquel entonces discurría en nuestro país, tras su boda con Luis de Figueroa -con quien tuvo tres hijos, Álvaro, Luis y Miguel- Aline Griffith tuvo acceso a la creme de la creme de la vida social y a nuevas fuentes de información que le ayudaron a la hora de inspirarse en sus novelas o seguir como «espía» intermitente. Y eso pese a que el conde de Romanones le reprochó alguna vez que «los espías están mal vistos en España porque, aquí, espía suena a traición», tal y como relató a este periódico.

De Balenciaga a YSL

La condesa viuda de Romanones siempre supo contar como nadie las mil y una anécdotas que vivió tanto en nuestro país como en los muchísimos viajes que realizó por todo el mundo. Omnipresente en las listas de las más elegantes, fue musa de los grandes maestros de la aguja, de Balenciaga -quien confeccionó su vestido de novia- a Yves Saint Laurent, Pertegaz, Pedro Rodríguez o Elio Bernhayer. No sólo llevaba la alta costura con distinción y clase, sino que se mostraba igual de divina cuando montaba a caballo por la finca de su marido en Extremadura, «Pascualete», residencia que compaginó con su casa en El Viso, en Madrid.

Fue precisamente en las cacerías que se organizaban en «Pascualete» donde pudo conocer a un pariente de Lucila Domecq Williams, la exmujer de su hijo Álvaro. Se trataba de la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, quien en 2012 se quedó con una de sus mejores joyas, un collar de esmeraldas colombianas que Aline había lucido en diferentes acontecimientos antes de subastarlo, junto a buena parte de su joyero, en Sotheby’s. La condesa jamás hablaba de dinero, pero estaba claro que se había desprendido de sus piezas más valiosas cuando se reafirmó en su decisión de venderlas poco antes de que su casa en El Viso fuera asaltada. «Si no las hubiera subastado, se las habrían llevado los ladrones», repetía para pena de sus cuatro nietas, que no podrán recibir esas joyas.

A sus 94 años, Alinne Griffith se ha ido con la misma discreción con la que vivió estos últimos tiempos. Ya no se dejaba ver por las fiestas y reuniones. Mujer con una energía admirable, se quejaba de que no había que catalogar a las personas por su fecha de nacimiento, sino por su capacidad para emprender retos. Desde luego, ella jamás paró. De la misma manera que sus entradas en las veladas de sociedad eran triunfales, compitiendo en alhajas con otras invitadas como Cuqui Fierro -los periodistas siempre anotábamos cuál de las dos llevaba más quilates encima-, su curiosidad era insaciable. Recuerdo que durante un viaje en AVE a Sevilla se quedó fascinada con las excelencias del Ipad, al igual que dejó boquiabiertos a los invitados que viajaron con ella a una fiesta en Marrakech cuando, en lugar de regresar a España tras una noche agotadora, decidió alquilar un todoterreno para perderse por el Atlas con su amigo John Palmer. La condesa por aquel entonces ya era octogenaria, pero tenía la vitalidad de una mujer joven.

Nunca perdió su vínculo con su Nueva York natal, como tampoco dio un escándalo durante sus 40 años de matrimonio. Otra de sus grandes amigas españolas fue la duquesa de Alba, de quien siempre alabó el «tipazo» que tenía y el arte que derrochaba bailando. También, Naty Abascal, con quien competía en estilo en todos los saraos. Sin embargo, donde se sintió más feliz fue en «Pascualete», montando a caballo y despachando con los trabajadores de la finca. También, frente a su máquina de escribir, novelando unas historias que en su boca resultaban fascinantes. Su muerte marca el final de una época, tal y como ella vaticinó en uno de sus libros.