Luka Modric, cuando era un niño
Luka Modric, cuando era un niño - ABC

Balón de OroModric, el niño que se estiraba a sí mismo

Una biografía del centrocampista cuenta las dificultades que tuvo que superar de joven el reciente Balón de Oro

Actualizado:

Después de los entrenamientos, Luka Modric se quedaba a hacer el pino. Era un niño talentoso en la cantera del NK Zadar, pero media quince centímetros menos que los demás. Los compañeros, extrañados al verle boca abajo como un murciélago, le preguntaban el motivo. «Porque soy pequeñito y tengo que crecer», contestaba.

Modric se sobrepuso a su físico y a un entorno crítico. Creció en la Guerra de los Balcanes. Mataron a su abuelo, y fue un niño refugiado huyendo de las milicias serbias. Se refugió en el fútbol.

No era un jugador de «favela». Su «favela» fue el Hotel Kolovare, donde tuvo que alejarse cuando su familia perdió la casa.

Modric recorría el hotel como el niño de «El Resplandor», pero sin triciclo, con la pelota cosida al pie.

Pero además, en Modric, endeble y bajito, hubo una superación física.

Vicente Azpitarte y José Manuel Puertas lo cuentan en «Luka Modric, el hijo de la guerra», una estupenda y documentada biografía del jugador. Tras ser rechazado por la cantera del Hadjuk Split por paticorto, su descubridor, Tomislav Basic, con talento de puericultor le ordenó dejar de entrenar. Pensaba que su cuerpo, descansado, daría el estirón necesario. Así fue. Puede decirse que, de otro modo, de un modo intuitivo, natural, y lleno de superstición, a Modric le hicieron un «Messi». Ya había talla para el futbolista que quería ser.

Modric está hecho de todas esas dificultades, y de una determinación absoluta. Un niño que entrenaba su técnica y su destino. Recuerda en eso a otro croata del Madrid. Cuentan que Petrovic, con esa edad, no pasaba menos de cinco horas tirando a canasta.

El gen croata

Los autores del libro arrojan una explicación de la facilidad croata: la mentalidad dálmata, una especie de «tozudez positiva», algo que define la palabra croata «dispet». Una persistencia obsesiva: Petrovic tirando triples antes de entrar a clase, Modric estirándose a sí mismo por ganar unos centímetros a su crecimiento...

Con subvención plena del Estado, los niños croatas practicaban todos los deportes: voleibol, fútbol, tenis, baloncesto, waterpolo... Como si algo del olimpismo originario hubiese sobrevivido en el adriático. Sobre el esplendor físico de sus habitantes, caía el efecto de la política deportiva del Régimen de Tito. El deporte también como expresión del socialismo y el nacionalismo subyacente. Eso explica la coincidencia de la guerra con unas generaciones asombrosas de deportistas. Después de los Petrovic, la Jugoplastika de Kukoc, o el Prosinecki campeón de Europa con el Estrella Roja.

Petrovic fue el «dispet» encendido. Brazos en alto, jaleo al público, liderazgo de roquero. Modric es el «dispet» callado y virtuoso, el liderazgo blando, meramente deportivo. Un jugador preservado del ruido, de cualquier distracción. Familiar, obstinado, prudente. De niño aún le costaba imponerse como líder en los partidos.

Entre los dos, justo en el estallido del conflicto, estuvo Prosinecki, que fue el trauma, el fútbol detenido, reducido progresivamente a la nada. Como si sus músculos inexplicables somatizaran esos años.

Modric no solo hereda el «dispet», también la calidad técnica y táctica del deportista croata. Sin Xavi, nadie en la Liga controla la pelota como él. Además, tiene la versatilidad digna de un compatriota de Toni Kukoc.

Fue Juande Ramos el que le llevó al Tottenham, donde jugó de mediocentro, de segunda punta, por una banda y de interior.

Juande quería jugar a la española y cambiarle la dieta a los ingleses. Los jugadores le apodaron «The ruthless» (el despiadado) y no duró. Luego llegaría Harry Redknapp, que se presentó en el vestuario con una botella de ketchup. «He oído que habéis pasado hambre, tíos». Britanizó el estilo del Tottenham, pero Modric, liviano y de juego raso, también se adaptó.

En 4-3-3

Algo tiene de talento callado, no del todo evidente, que los entrenadores han de descubrir. Primero fue su padre deportivo, Tomislav Basic; Juande, Mourinho luego, Ancelotti y Zidane. Con todos mejoró. En el Madrid, su ubicación óptima llegó con la ruptura de los esquemas conocidos. De la «política táctica». El 4-2-3-1 de Mourinho tuvo que hacerse 4-3-3 para él. Más aún con Ancelotti, que hizo de la necesidad virtud y le cargó de trabajo. Nadie imaginaba que en sus espaldas, como Astérix con menhir ajeno, podía descansar el Madrid.

La experiencia del niño refugiado conformó su carácter. Como si tuviera un sentido profundo de la integridad, de lo importante. No hay nada superfluo o accesorio en él.

En la actualidad, en Croacia no se discute que Modric sea su mejor futbolista de todos los tiempos. En Madrid es el líder del juego. Tiene 33 años y está, por fin, donde debía, pero de alguien que después de ser mejor quiso ser más alto, y lo logró, cabe esperar más. Siempre más.