Pablo Derqui, en «Callígula»
Pablo Derqui, en «Callígula» - Jero Morales

Pablo Derqui: «Si yo tuviera la desazón de Calígula, me pegaría un tiro»

El actor interpreta al protagonista de la obra de Albert Camus en una producción dirigida por Mario Gas

MadridActualizado:

«Los caminos del poder, la escritura torcida, los caracteres que se quiebran, la honestidad aparente contra la locura destructora cobran vida como expresión de la nada, del hedor que produce existir sabiéndose finito e infeliz; el sufrimiento incomprensible, el abismo existencial, la arbitrariedad contra una casta corrupta, el disolvente feroz de un monarca castigador que persigue hasta las últimas consecuencias lo imposible, la luna... Y la búqueda implacable del verdugo, verdugo que deberá acabar con su vida». Son palabras de Mario Gas sobre Calígula, al que Albert Camus convirtió en los años cuarenta del siglo pasado en el protagonista de una de sus más aplaudidas obras teatrales. Gas trae ahora al teatro María Guerrero, del Centro Dramático Nacional, la producción de este texto que estrenó en Mérida el pasado año, y en la que Pablo Derqui (Barcelona, 1976), un actor tan brillante como hipnótico, interpreta al excéntrico emperador. Sobre su visión del personaje habla en esta entrevista.

Calígula es un personaje complicado por lo poliédrico.

Como todos los grandes personajes que son referentes en la historia del teatro. Trascienden la condición humana, son imposibles de abarcar, porque aglutinan tal cantidad de preguntas, nos interpelan de tantas maneras que es difícil buscar un trasunto psicológico. Calígula se puede abordar de mil maneras, pero eso es lo que lo hace bonito y siempre apetecible para cualquier actor.

¿Es para el actor un arma de doble filo el hecho de que sea un ser tan histriónico?

Una de las premisas que tiene Mario Gas cuando empieza a trabajar con un texto es «entenderlo»; monta las obras con la intención de entenderlas, no como el que se pone a trabajar la piedra para ver qué sale. Y cuando empezamos a trabajar sobre «Calígula» nos dimos cuenta de que la obra tiene, en primer lugar, una gran dimensión filosófica e individual. Y que Albert Camus, su autor, estaba dibujando un personaje muy lúcido, más que un loco. Lo que hace interesante el texto es que puedes llegar a entender un poco a Calígula. Hemos huído, siguiendo esta visión, de cualquier pretensión histriónica del personaje, porque no se correspondería con el retrato que hace Camus, que presenta a alguien con extrema lucidez, con extrema sensibilidad. Debido a ello, padece en sus propias carnes esa sinrazón que todos vivimos, y despliega esa política que, por otra parte lo que pretende es despertar a los demás. Calígula no es un histrión ni un loquito, hacerlo así nos calmaría, porque sería etiquetable, encarcelable o tratable psiquiátricamente; al contrario, es alguien muy cercano, y eso hace el texto aun más interesante.

¿El Calígula de Camus es un héroe, un antihéroe o ninguna de las dos cosas?

Tiene un poco de las dos cosas. Es alguien que genera rechazo, pero al mismo tiempo nos interpela y entendemos su desazón. Es alguien con connotaciones negativas, pero lo reconocemos... Sería más un antihéroe, pero que conecta con nosotros, en el que nos reconocemos, insisto. Podría ser lo que llamamos un héroe moderno, que no es ni bueno ni malo. Huye del maniqueísmo. Si contra algo lucha Calígula es contra los preceptos morales. Cuando un personaje le dice que él cree que hay acciones más bellas que otras, él responde que todas son equivalentes; el bien y el mal no existen, y si existen son lo mismo. La vida y la muerte son también lo mismo: vivimos, pero nos morimos. Es duro pensar así, pero es lúcido.

Albert Camus escribió la obra hace más de medio siglo. ¿Qué la conecta con nuestros días?

Está hablando de los límites del poder, de los autoritarismos, de la libertad... Está hablando del mercantilismo, de la importancia del capital por encima de las personas... Está hablando de la corrupción de las élites políticas... Pero mucho: «Gobernar es robar, todo el mundo lo sabe -dice Calígula-. Pero están las formas. Yo por ejemplo robaré sin tapujos, así olvidaréis las minucias». Es una frase completamente actual. Todo el mundo sabe que el poder comporta corrupción. Calígula se da cuenta de eso... Dice también: «Si la hacienda pública, el capital, tiene importancia, entonces la vida humana no la tiene». A alguien que le habla de dicha importancia del capital, le responde: «Las vidas de todos los que piensan como tú, que el dinero lo es todo, no valen nada. A partir de ahora voy a ser lógico». Y decide matar a mucha gente después de obligarles a testar sus bienes al Estado. Es terrible, pero hoy en día el dinero está por encima de la vida de las personas. Eso es así. Hay una cierta hipocresía admitida que necesitamos para para poder vivir tranquilamente en sociedad y no angustiarnos. Calígula es alguien que vive esa angustia, y la vive tanto que no puede dormir.

Lleva ya más o menos año y medio con esta función. ¿Cómo influyen personajes así en la vida real de un actor, lo modifican de algún modo del que sea consciente?

A nivel psicológico o anímico no afecta. Nuestro oficio es algo muy artesanal; tú dedicas un tiempo a diseñar el disfraz que te vas a poner cada noche, y que es cierto que luce mejor o peor según el día. Hay un mayor cansancio físico que mental. Lo que me ha aportado este personaje ha sido un mayor trabajo del texto, de la palabra en escena. Si bien es un personaje al que hay que dar vida, sobre todo son palabras. Y se ha primado mucho la palabra en esta función. Camus es heredero del teatro francés, aunque sea teatro moderno, del absurdo, existencial; viene de Corneille, de Racine. La retórica de Camus es muy elevada, y en ese sentido nos ha hecho trabajar muchísimo la elocución y el sustento de la palabra en la escena. Esta obra me ha permitido trabajar ese músculo. Pero también hay un cansancio físico. Yo me siento después de la función como si hubiera jugado un partido de squash: hecho polvo, extenuado. Pero te permite dormir plácidamente. No vivo su desasosiego. Hay personajes, y éste lo es, que trascienden la condición humana. Yo me pegaría un tiro si tuviera su desazón. Camus decía que la historia de su Calígula es la de un lento suicidio. Y yo no me voy a querer suicidar nunca.