Verónica Echegui, como Gelsomina en «La Strada»
Verónica Echegui, como Gelsomina en «La Strada» - Sergio Parra

Mario Gas se disfraza de Fellini

El director lleva al teatro de La Abadía «La Strada», adaptación teatral de la mítica película italiana

MadridActualizado:

«Il teatro e la vita non son la stessa cosa», dice el personaje de Canio en la ópera «Pagliacci». «Se vive con perplejidad bajo la carpa del circo, que es la vida», dice Mario Gas, director de «La Strada», adaptación teatral de la mítica película de Federico Fellini que acaba de estrenarse en el teatro de La Abadía. Ambas obras tienen en común ese ambiente poéticamense sórdido del circo ambulante, de esos cómicos nómadas que hacen del camino su hogar y que simbolizan el transcurrir de nuestras vidas, donde conviven realidad y ficción, sonrisas y lágrimas.

Como en «La Strada», una obra que «habla -cuentan los responsables de la producción- de todos nosotros, de nuestra dificultad para cambiar, para luchar contra las ideas preestablecidas que moldean nuestro pensamiento de forma invisible, de nuestra ceguera para romper las cadenas que nos impiden salir de la caverna y conocer... para ser más libres».

«Todo comienza -siguen- cuando una muchacha ingenua y tranquila es vendida por su madre a un forzudo de circo, bravucón y violento, para que le ayude en su espectáculo ambulante. En el camino surge entre ambos un atisbo de amor, que no consigue aflorar a causa del orgullo de él y la timidez de ella. Ambos comparten una profunda soledad y una vida de marginación, desarraigo y miseria, hasta que se encuentran con El Loco, otro artista de circo que provocará los celos de Zampanò y con ello un trágico desenlace».

Fiel a la película

Gerard Vázquez firma esta adaptación teatral de la película de Fellini. Hace ya casi una década que la compañía Versus Teatro la llevó a escena en Barcelona y dos años después Luis Carlos de la Lombana la presentó en Nueva York y en castellano. Ahora vuelve al escenario de la mano de Mario Gas, que califica la adaptación de «muy fiel a la película». Verónica Echegui, Alfonso Lara y Alberto Iglesias conforman el reparto de esta producción, que cuenta con la escenografía de Juan Sanz, los figurines de Antonio Belart, la iluminación de Felipe Ramos, la videoescena de Álvaro Luna y la banda sonora de Orestes Gas.

«Tengo que confesar -dice Mario Gas- que tengo la película en mi subconsciente cinematográfico, como tanta gente de varias generaciones. Hay imágenes que me siguen atrapando y las vislumbro como si fuera ahora, aunque no la veo desde mi adolescencia».

No quiere Mario Gas contar cómo es su puesta en escena. «Tenemos la tendencia a explicar con palabras todo aquello que tal vez tengamos miedo de que el público no vea». Pero sí recita su credo particular. «Creo firmemente en Fellini; Fellini es uno de los cuarenta o cincuenta directores que te acompañan toda la vida, hagas cine o hagas teatro, porque son iluminadores de tu imaginación, de tu compromiso, de tu intelecto, de tu manera de entender el mundo del cine, del teatro, del arte y de la vida. Fellini está ahí y con “La Strada” yo intento caminar por el camino que ha transitado él, pero siempre dentro de mis circunstancias, mi perspectiva y mi mirada».

Perplejidad

Y ¿cuál es la mirada de Mario Gas sobre esta obra? «No lo sé. La tiene que ver el público que venga al teatro». Sí quiere el director hacer una referencia a una película de 1968 -«que no tiene nada que ver», aclara-: «Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos», de Alexander Kluge. «Define muy bien como metáfora la situación del ser humano y de estos cómicos ambulantes. Se vive con la perplejidad bajo la carpa, que es la vida. Decía un pescador catalán de la Costa Brava: “Tengo ochenta y cinco años y todavía no he entendido nada”».

«Los personajes de “La Strada” -continúa Mario Gas- son sus peores enemigos: viven, se manifiestan, son como son, sueñan, aman, temen, viven en un ambiente deprimido, en un mundo que les tiene coartados, en un mundo que sobrevive a duras penas -en la película era el de la posguerra italiana, pero ahora pueden ser muchísimos lugares y mundos-. Y estos personajes que luchan por su supervivencia tienen un halo trágico del que ellos mismos no saben salir; y construyen una serie de anhelos y de esperanzas que acabarán siendo truncadas; uno de ellos, Gelsomina, por sí misma ante la desesperanza de un castillo de naipes que, pese a la dureza del mundo que la rodea, creía que podía mantenerse en pie. Hay un elemento, que es El loco, que es eliminado por la incontrolabilidad de la fuerza bruta, y sin saber por qué ante unos celos mal reprimidos; y hay un personaje, Zampanò, absorto ante la inmensidad del mar al final, de espaldas, que escenifica muy bien esa sensación de pérdida de un mundo en el que hay que sobrevivir a pesar de no entenderlo».

Elegía sin nombre

«“La Strada” -resume el director- es una elegía sin nombre de unos personajes que viven, luchan, sabiéndolo o no, y acaban pereciendo anímica o físicamente en el intento. En esta función están tres rasgos que definen el trabajo de Fellini: el neorrealismo, el mundo del circo y sus propias vivencias oníricas». El circo, añade, tiene muchísima fuerza en esta historia, pero es una metáfora de la vida. Y concluye: «Es una tremenda, triste, bella y poética historia de frustración, deseo, ilusión... Y no me atrevería a llamarla de amor, porque cuando los tres personajes nos cuentan la historia nos dicen que la próxima vez sí nos contarán una historia de amor».

Pero en realidad sí lo es, admite Mario Gas. «Pero es una historia de amor tan triste que los propios personajes no la consideran así y concluyen la obra prometiendo: “Algún día contaremos una bonita historia de amor”. Yo creo que toda historia humana es una historia de amor y desamor. Ésta es profundamente una historia de amores mal canalizados y desencontrados, que acaba trágicamente. Tiene algo del fatum, de la tragedia griega... “La Strada” es una sencilla historia de tres seres humanos que colisionan y se relacionan en un ambiente que no les es favorable».

«La Strada». Teatro de La Abadía. Del 22 de noviembre al 30 de diciembre