El artista gaditano Juanito Makandé, en su concierto de este sábado
El artista gaditano Juanito Makandé, en su concierto de este sábado - E. Herrera (@jkkprkr)
Concierto

Juanito Makandé, el inquilino de la noche eterna

El artista gaditano ofreció un concierto multitudinario en el Auditorio Rocío Jurado para presentar su último trabajo, «El habitante de la tarde roja»

SevillaActualizado:

En realidad, el concierto de Juanito Makandé de este sábado no empezó a las diez, sino hace doce años. No hay otra manera de explicar, si no, el ambiente que allí reinaba. Su público, sus músicos, sus invitados… al final, resulta que estamos hablando de lo mismo: de una gran familia. Y la familia, la que no es de sangre, se hace como el camino, al andar. Por supuesto, para reunir a una familia tan grande, de más de seis mil personas, hace falta recorrer un camino bastante largo.

Por eso, el concierto que anoche ofreció el artista gaditano en el Auditorio Rocío Jurado, realmente, no empezó anoche. Sino hace mucho tiempo. Cuando tocaba la percusión por cuatro perras en las salas y tablaos de Sevilla. Así es como fue formando su gran familia sevillana: poco a poco, persona a persona, ganándose el amor y el respeto de todos y cada uno de los allí presentes. Solo así, es posible explicar lo de anoche.

Para esta cita tan importante –la salida de su quinto álbum de estudio– Juanito quiso rodearse de sus compadres más cercanos: Fran Cortés, Fernando Lamadrid, Enriquito Rodríguez y Antoñito Heredia. El concierto, pensado como una de esas fiestas flamencas que empiezan muy pronto y acaban muy tarde, comenzó puntual, a eso de las diez de la noche, con una declaración de amor: «Sevilla es la ciudad más bonita y más bella que yo he visto jamás».

Sin calentamiento ni preámbulos, Juanito despacha cuatro canciones de su último disco: «Soledad», «Oh mama», «Vivir sin miedo» y «Me marcharé». Así, «El habitante de la tarde roja» suena fresco y ligero. Entre los presentes se propaga con virulencia ese baile, típico de este tipo de conciertos, en el que se van dando pasitos sobre el mismo punto; una especie de taconeo a cámara muy lenta, que se puede hacer solo o acompañado. Vamos, que la gente estaba disfrutando. Algunos se sabían ya las nuevas letras y las coreaban, y otros simplemente las tarareaban con los pies.

Sevilla, al final, es para Juanito como si fuera un padre o una madre: siempre los echa de menos, pero sabe que debería ir más a menudo a verlos. Por eso, quizás, «Ya no soy un crío» sonó como una declaración de intenciones: Sevilla, Juanito ha madurado, y ahora tiene muchas cosas que demostrarnos. La primera, es que es capaz de reunir a toda esta familia en un solo recinto, y no por primera vez. La segunda, es que sabe rodearse de buenos amigos en el escenario. Ya no es un crío al que hay que cuidar con quién entra y con quién sale.

Por eso, para cantar uno de sus temas más famosos, «Calores», sube a las tablas Chiki Lora (Canteca de Macao). «A ver, iluminad con esos teléfonos de última generación, que veamos un cielo de luciérnagas», pide Juanito a su familia. Esta es, sin duda, la canción que prende la llama. A partir de aquí el ambiente es totalmente inflamable. Solo hay que ver la llamarada que levanta el gran Zatu (SFDK) cuando entra en escena. Mientras está sobre las tablas, el público, que no baja las manos, parece estar saludando continuamente a su César.

Juanito y Zatu, cantando un tema en el Auditorio
Juanito y Zatu, cantando un tema en el Auditorio - E. Herrera (@jkkprkr)

«¡Hay que follar más y pelearse menos!», vocifera Juanito desde el escenario, secundado por los gritos del respetable. De esta forma, suena «Kamikaze», un tema que en su grabación contó con la bendición fortuita de Ramón Plantón, a quien Juanito se encargó también de incluir entre sus invitados para el concierto de anoche. Aunque a él no le hace falta invitación: siempre está presente.

Sin avisar, se cuelan otros tres himnos callejeros, por derecho, que nacen en Juanito y terminan en Sevilla: «Tocar las nubes», «Pistolas y cuchillos» y «Arañando el aire». Antes de la pausa, Juanito remacha «A los inviernos los mata el amor» y «El llanto de las gallinas». Sin embargo, tras un breve descanso, Fran Cortés –«el hijo de Chiquetete, trianero puro»– toma el escenario para cantar «Ladra», uno de sus temas más famosos. Pero al público no le pilla desprevenido: esta también se la sabe. Al igual que tampoco les pilla a contrapié cuando sale al escenario Ander Valverde (Green Valley) para cantarse uno de sus temas con Juanito.

«Soy un alma libre, pero sencillo. Me gusta la cervecita fría, pasear con mi perra por la mañana y oler el bosque…», esgrime Juanito, y añade: «Esta canción va dedicada a todos y a todas, porque da igual como seas, da igual que seas hombre o mujer, da igual cómo te sientas: lo importante es si eres buena o mala persona». Así, suenan los primeros acordes de «Niña voladora», un himno que Sevilla canta a coro con Juanito, que ya no es el habitante de la tarde roja, sino el inquilino de la noche eterna.

Una vez más, Juanito amenaza con irse, pero después, amaga: «Bueno, me quedo, que me he dado cuenta que me he dejado las llaves en el coche». De esta forma, se cuela en las gargantas un sonoro «Eres para mí», que cuenta con la colaboración final de Macaco, que en principio avisa de que viene a «improvisar» con Sevilla, pero termina haciendo unos coros guturales al micrófono para que el público le siga. Menos mal que la improvisación fue breve.

Pero, aunque el concierto estuviera en su último tramo, la cosa remontaría. Para poner punto y final a una noche así, Juanito pasa a un segundo plano y les cede el relevo a sus compadres, para que se arranquen a «cantar por bulerías». Con Fran Cortés a la guitarra y Juanito a la percusión, el flamenco de las Tres Mil invade el escenario de la mano de Antoñito Heredia, que ofrece todo un espectáculo sobre las tablas. También suben Aitor y María, María José y Alba Luna, y Andrea Luz, que se marcan un palmeo y unos bailes, improvisados, de esos que recuerdan a los que se forman en los bares y en las calles de Sevilla cuando, por azar, se juntan uno que sabe cantar, con otro que sabe tocar la guitarra. El arte en su forma más pura.

Sin mediar palabra, Juanito y los suyos se despiden, ahora sí, de su público. Sin embargo, esto que parece un final, es solo el comienzo de un atardecer perenne, el de «El habitante de la tarde roja». Tras más de dos horas de concierto, Juanito deja a los suyos con ganas de más, como si les hubiera sabido a poco. Pero no se preocupen, al final, la familia es la familia, y Juanito es un tipo muy casero que sabe perfectamente que hay que ir más a menudo a verla. Le estaremos esperando, con nuestros botellines fresquitos, nuestras palmas y nuestras voces, preparados para su próxima visita. Cuando vuelva, haremos como que no ha pasado el tiempo, como hacen las familias de verdad.