Rufus Wainwright, durante su actuación en el Liceu
Rufus Wainwright, durante su actuación en el Liceu - Oriol Campuzano

Rufus Wainwright, mucho mejor que una noche en la ópera

El canadiense repasa en el Liceu sus dos primeros discos con una actuación memorable

BarcelonaActualizado:

Hacía tanto tiempo que encadenaba giras en solitario y se presentaba en formato austero, armado únicamente con piano y esa voz que todo lo llena, que nos habíamos olvidado de lo que es capaz de hacer Rufus Wainwright cuando dispone no solo de unas cuantas cartas sino de toda la baraja. El ensalmo, es cierto, anida en su garganta, pero la cosa mejora –y de qué manera– cuando uno cuenta con escuderos de la talla del guitarrista Gerry Leonard (compinche del Bowie crepuscular) y el batería Matt Johnson (socio de Jeff Buckley durante la grabación de «Grace») y, sobre todo, cuando el repertorio no se conforma con rescatar emociones moldeadas décadas atrás, sino que fabrica nuevos recuerdos a partir de inflexiones vocales prodigiosas, memorables incursiones en canciones ajenas y, como diría su adorado Cohen,nuevas pieles para viejas ceremonias.

Esto último es especialmente relevante ya que, en su regreso al Liceu de Barcelona,escenario sobre el que ya lloró a su madre hace nueve años con un escalofriante show, el canadiense venía a celebrar los veinte años que han pasado desde que debutó en 1998 con «Rufus Wainwright». Una efeméride que ha dado pie a una de esas giras conmemorativas que tantas suspicacias despiertan pero que resuelve de manera magistral, seleccionando y desordenando lo mejor de su debut y añadiendo un segundo acto dedicado a «Poses», disco que publicó en 2001 y que, ahora sí, interpreta de cabo a rabo.

Como bisagra entre ambos trabajos, una inmejorable y estremecedora versión del «Both Sides, Now» de Joni Mitchell, y, también a modo de estreno, la cabaretera «Sword Of Damocles», una suerte de encuentro imaginario entre Barbara y Scott Walker que, lamento post-Trump mediante, deja claro que ni los sonetos de Shakespeare ni esas óperas servidas de dos en dos han hecho mella en su condición de atildado aristócrata del pop.

Así que ahí estaba Rufus, acompañado por un primoroso quinteto y luciendo una vistosa chistera que, sin embargo, no escondía truco alguno: sólo la honda emoción de canciones que, como «April Fools», «Danny Boy» o«In My Arms», conjugan casi a la perfección el melodrama, el coqueteo melódico y ese melancolía de autor de la que se empapó su álbum de debut. Todo ello salpicado por los dicharacheros parlamentos de un artista que, como buen entertainer, se maneja con idéntica precisión en la comedia y en la tragedia.

Con «Barcelona», su oda a una ciudad que no había pisado en su vida antes de componer la canción, llegaron las disculpas por el amasijo de tópicos y también los primeros destellos de madurez de un artista que, nunca mejor dicho, parece haber encontrado definitivamente su voz a fuerza de alejarse de las cabriolas y el exhibicionismo estéril. Una sensación que no hizo más que crecer en cuanto le llegó el turno a «Poses» y Wainwright fue despachando pinceladas de genio aquí y allá, colándose entre las teclas juguetonas de «Cigarettes & Chocolate Milk», inyectando rigor dramático a «EvilAngel», acunando suavemente la nostalgia de «Greek Song», o desplomándose sobre el piano con «In A Graveyard». Destellos de magia que, servidos uno detrás de otro, dejaron al público al borde de una silenciosa conmoción.

Aún faltaba la habitual tanda de bises, con «Imaginary Love» y«Going To A Town» ampliando el arco narrativo y «Across The Universe» y «Hallelujah» convocando a la fiesta a los fantasmas de Lennon y Cohen, pero el trabajo ya estaba hecho y, a esas alturas, Wainwright ya había seducido al público, a los acomodadores e incluso a la moqueta del Liceu con un recital maravilloso y de belleza expansiva. Una noche mágica.