El mapa de los festivales en España: más de 20 años en busca de la experiencia perfecta

España contó en 2016 con 851 festivales, veinte menos que en 2015. Mientras algunos hablan de burbuja, desde el sector aseguran que es un «buen momento»

En 2017, la temporada de macro festivales estivales ha colgado el cartel de «todo vendido» en muchas citas, y en otras han batido su propio récord de asistencia

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La década de los 90 fue testigo de cómo en España nació un fenómeno en la música en directo cuyo desarrollo era difícil de prever. Si en Reino Unido festivales como Glastonbury encaraban su 25 aniversario o Woodstock ya había hecho historia en Estados Unidos, en 1994 Barcelona acogía la primera edición del Sónar, convertido hoy en meca de la música electrónica y la tecnología. No es el único nombre, pero sí uno de los más representativos, con el que se gestó una oferta residual que ahora es parte fundamental del ocio nacional.

La música en directo facturó en España 223,2 millones de euros en 2016 (casi 30 más que en 2015). Y aunque no existe un registro de datos sobre cuál es la aportación que corresponde a los festivales, las cifras ilustran la magnitud de este fenómeno: 851 festivales a lo largo de la geografía nacional en 2016, según datos de la Asociación de Promotores Musicales (APM). De todos ellos, al menos diez superaron los 80.000 asistentes. Cinco lograron atraer a más público que la gira internacional más importante del pasado año: en tres noches de conciertos, Bruce Springsteen congregó a un total de 160.000 personas. Por su parte, el festival Viña Rock (Villarobledo, Albacete), también de 3 días de duración, citó a 200.000. Muy por encima, el Arenal Sound (durante 6 días en Burriana, Castellón) contó con 300.000 asistentes. Así lo recogen las estadísticas el Ministerio de Educación, Cultura y Educación.

¿Existe una «burbuja festivalera»

El número de asistentes de este tipo de eventos va en aumento. Y pese a ser un sector que tras la crisis ha tenido que reinventarse, y en el que hay poco margen de beneficio y mucha inversión, «es un buen momento» según apunta Carolina Rodríguez, promotora del Low Festival de Benidorm, que en 2017 ha conseguido su tercer «sold-out» consecutivo.

La consolidación de los festivales, y la aparición de nuevos carteles, ha propiciado que en los últimos años se hable del fenómeno de «la burbuja festivalera» en España. Pero si se analizan los datos de asistencia o su impacto económico, las cifras dibujan un sector al alza y capaz de atraer año a año a más público. Solo en Castellón -la Comunidad Valenciana ocupó en 2016 el cuarto puesto en cuanto distribución de festivales con 81 en total- cuatro eventos han dejado un impacto de 60 millones de euros, tal y como confirmó la Diputación de Castellón.

Según los datos recogidos por la APM, entre 2015 y 2016 tan solo veinte carteles han desaparecido. Desde el año 2014 (momento en el que la crisis económica azotaba el sector) a la temporada estival de este 2017, muchos de los festivales más potentes bien se han mantenido o han crecido.

De entre las diez citas nacionales más importantes, el Arenal Sound, que encabeza la lista, lleva desde el año 2014 en tendencia ascendente. Cerró su quinto aniversario en 2014 con 250.000 asistentes y ha crecido hasta alcanzar los 300.000. No es el único festival nacional que aumenta sus cifras. De récord ha sido la edición XXIV del Sónar de Barcelona, que ha cerrado en 2017 con 123.000 espectadores rompiendo su techo histórico. El festival catalán también ha crecido respecto a 2016 (115.500 espectadores).

Pero no solo los nombres consolidados son capaces de batir récords. El recién llegado Mad Cool ha revolucionado el panorama festivalero nacional. Apoyado por Live Nation, aterrizó en 2016 en Madrid y apostó por un cartel ambicioso en el que aunaba clásicos como The Who con bandas nacionales como Vetusta Morla con numerosos desconocidos para el gran público que triunfaron en sus actuaciones. El resultado fue una primera edición que le colocó entre los 10 festivales más importantes de España. Según los datos de la APM, congregó a 102.500 personas. No con menos épica en 2017, y con los Foo Fighters como reclamo principal -su última actuación en la capital fue en 2011-, colgó el cartel de «todo vendido» (135.000 personas).

Otras dos citas históricas, el Primavera Sound y el FIB de Benicasim, se mantienen en el top 10, aunque en los últimos años han tenido más oscilaciones en sus espectadores. En el caso del Primavera Sound, uno de los más masivos del país, en 2015 contó con 170.000 asistentes: 20.000 menos respecto a 2014. Pero en tan solo dos años ha aumentado su capacidad de concentración: esta edición ha contado con 208.400 festivaleros, y más de un 55% de su público es extranjero. El FIB de Benicasim, por su parte, disfruta ahora de una nueva época dorada después de que, tras casi 20 años de historia, se llegase a temer por su desaparición. Azotado por los problemas económicos, cerró en 2014 una de sus peores ediciones con 120.000 espectadores. Un año después, tan solo fue capaz de atraer a 115.000 (una cifra muy alejada de los 200.000 de récord con que cerraron en 2009 su 15º aniversario) Sin embargo, tras su crisis, en 2016 recuperó su influencia y congregó a 170.000 «fibers»; en 2017, han aumentado hasta los 177.000.

Frente a los buenos datos que disipan la sombra del estallido de la burbuja está el reto de hacer de los festivales un sector sostenible. Muchas de las citas coinciden o apenas tienen una semana de diferencia y la competencia ha crecido al tiempo que lo han hecho las críticas del público, que denuncia falta de originalidad para completar los carteles o la dificultad de encajar eventos en el calendario.

Si el público reclama que los festivales no tengan los mismos grupos o que no compartan fechas, en contraposición, sobre lo ajustado del calendario, desde el Low Festival aseguran que tanto el momento económico como que «haya una cultura musical muy arraigada» hace que no existan muchos problemas. «En cada festival cambia el tipo de consumo y el público. Y no solo luchas con los nacionales, sino con que tu festival cuadre con otros más internacionales», defiende la promotora.

«Quizás es una burbuja más del concepto, del hecho de pensar que es sencillo montar un festival», reflexiona la directora del Low Festival sobre esa posible saturación. «Puede que lo que se entiende como burbuja esté en una escala de festivales más pequeños. Entre los grandes y los estabilizados es muy difícil meter la cabeza», matiza. «No hay festivales grandes que aparezcan de la nada, salvo que tengan un gran soporte detrás. El perfil va más por uno de pequeña escala que quema las bandas nacionales. Esos son los que pueden crecer o sucumbir», defiende la promotora Carolina Rodríguez.

Tampoco desde Heineken (patrocinador de cuatro grandes festivales nacionales) perciben que exista saturación. Para Inés Arnal, responsable de marketing de Heineken España, el estilo de vida o el clima, que son factores que hacen atractivos a España, han propiciado que los festivales se hayan multiplicado. «Valoramos positivamente que la oferta de música en directo se amplíe tanto en variedad como en cantidad», asegura.

En busca de «la experiencia única»

Si para muchos los festivales son un elemento de desarrollo económico y turístico, su auge también se ve desde el sector como la prueba de que la cultura, y en especial el estallido de la música nacional, es parte fundamental de la sociedad. Precisamente, el desarrollo cultural en el país es una de las claves del éxito para la directora del Low Festival. Además, bajo su punto de vista, otro cambio ha sido la cercanía con el público. «Se le escucha más, y también se mira más el nivel de exigencia para garantizar una experiencia global. Antes ir a un festival era algo mucho más salvaje», asegura.

En este sentido, los promotores cada vez se esfuerzan más en sus estrategias en redes sociales, en mejorar sus instalaciones o ampliar su oferta gastronómica convirtiendo así la idea de vivir una experiencia única en el verdadero atractivo de un festival. Desde del Low Festival el objetivo es el de «buscar el fenómeno. Que el público sienta que parte de su identidad no está con la banda que viene a ver, sino con el festival».

Una percepción que trasciende de promotores a patrocinadores. Inés Arnal asegura que su campaña estival «Necesitas un festival» reivindica precisamente esa «experiencia transformadora de la música en directo». No en vano, la compañía busca festivales que coincidan con su personalidad. «Cosmopolitas, innovadores y con proyección para bandas emergentes. Buscamos que supongan un punto de encuentro de miles de espectadores y que les inviten a abrir su mundo», sentencia.

El turismo, factor de consolidación

Si el estilo de vida, el desarrollo cultural, el clima o la calidad se perfilan como elementos de interés en los festivales españoles, entre las claves para entender su atractivo también se sitúa el factor turístico. Cada vez más, las ciudades aprovechan los eventos que acogen como reclamo para, a través de actividades complementarias, acercarse a los asistentes.

Entre estas destaca la de trasladar actuaciones a puntos clave para, así, fomentar el turismo por toda la ciudad. Otra estrategia es la de organizar un evento en el que el público tenga que alojarse en la ciudad para consolidar así la colaboración entre organización y ayuntamiento.

«Ya no somos un elemento invasor. Un festival se entiende como un añadido turístico, lo que garantiza ayudas reales para crecer. Ayudas necesarias que pueden ser un arma de doble filo porque si un festival es dependiente, desaparece, que es lo que ha pasado con la crisis», asegura Rodríguez al hablar de la evolución de las relaciones entre instituciones y eventos.

No solo las instituciones aparecen en los carteles de los festivales nacionales. Los patrocinadores son parte de ellos, y en muchos casos único apoyo económico. Para Heineken «tienen un papel fundamental como facilitadores de cultura». En su opinión, «una relación sana siempre debe ser ‘win-win’ para todas las partes». O lo que es lo mismo, que se den colaboraciones en las que el evento «se beneficia de capacidades y también de aportaciones económicas del patrocinador y este de los conocimientos de los expertos de la industria cultural para entender mejor a sus consumidores». Así, se dibuja un mapa lleno de sinergias en el que público, organizadores y colaboradores persiguen, edición a edición, una nueva historia que contar.