Lola Flores fue, además de una artista irrepetible, una gran madre
Lola Flores fue, además de una artista irrepetible, una gran madre - ABC

Lola Flores: la faraona que embrujó al mundo

Artista «con mayúsculas». Cantaora, bailaora y actriz

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Sólo una artista de pura raza como Lola Flores podía ser la fuente de inspiración para la mejor crítica musical que se haya escrito jamás. «No sabe cantar, no sabe bailar, no se la pierdan». El periodista que animó así a sus lectores a ir a verla a su primer concierto en Nueva York resumió en unas pocas palabras la esencia de La Faraona, pero también verbalizó con ingenio la misión última de todo artista: transmitir. Su mirada pétrea y su imponente presencia llegaron a estar muy ligadas a la imagen que de nuestro país tenían millones de personas en todo el mundo. Fue una embajadora emocional, una estrella que decía muchas cosas de España con un par de taconeos. Cuando tenía 16 años se plantó en el teatro Villamarta de Jerez para buscar una oportunidad en el espectáculo «Luces de España», cosa que por supuesto consiguió, y ese mismo año, debutó en el cine con Fernando Mignoni, que buscaba «una gitanilla con gracia» para su película «Martingala». Fue poco después cuando conoció a Manolo Caracol, con quien recorrería los escenarios de toda España mientras mantenían una tortuosa aventura romántica. Actuaron juntos en películas de culto como «Embrujo», en 1947, y «La niña de venta», en 1951, pero un año después la ruptura se confirmó cuando Lola voló a América para rodar «Pena, Penita, Pena» en México y conquistar al público de La Habana, Río de Janeiro, Buenos Aires y Nueva York. Ya de vuelta en España se enamoró perdidamente de Antonio González «El Pescaílla», con quien se casó en 1957 para formar una familia que amaría con locura, sin dejar nunca la vida artística.

«Llanto por la muerte de Lola». ABC titulaba la portada del 17 de mayo de 1995 que dedicaba al adiós a la Faraona. También ocupó las primeras páginas de los periódicos en 1987 por sus problemas con Hacienda.
«Llanto por la muerte de Lola». ABC titulaba la portada del 17 de mayo de 1995 que dedicaba al adiós a la Faraona. También ocupó las primeras páginas de los periódicos en 1987 por sus problemas con Hacienda.

Durante las siguientes tres décadas fue la folclórica número uno en los escenarios, en los platós de televisión y, para su pesar, también en los telediarios. Para el recuerdo quedan aquellas frases de «¡Si me queréis, irse!» en la boda de Lolita y Guillermo Furiase, o «Si cada español me diera una peseta…» cuando fue condenada por fraude fiscal. Era genio, figura, y quizá también un poco bruja: cuenta la leyenda que cuando Paquirri dejó a Lolita para entregarse a los brazos de Isabel Pantoja, le echó a la tonadillera una maldición gitana que terminó surtiendo efecto: «Ojalá que llores por todos los hombres que ames». Lolita, Rosario y Antonio (que apareció muerto quince días después que su madre) fueron el verdadero amor de su vida. Fue, además de una artista irrepetible, una gran madre y una mujer valiente que jamás dejó de tener ganas de vivir. El cáncer que acabó con su vida en su finca El Lerele estuvo veinticinco años dándole la tabarra, apareciendo y escondiéndose hasta su cobarde zarpazo final. Porque como dijo Carlos Herrera, «Lola no le tenía miedo a la muerte, la muerte le tenía miedo a ella».