Kurt Cobain - ABC | Vídeo: Se cumplen 25 años de la muerte de Kurt Cobain (EP)

Depresión, el enemigo íntimo de los músicos

Tienen el triple de probabilidades de caer en la enfermedad en comparación con el resto de oficios. Analizamos la causas de este fenómeno con artistas y terapeutas

Actualizado:

Los casos de depresión que acaban en sucidio, como el de Kurt Cobain, o más recientemente el del cantante de The Prodigy, Keith Flint, son solo la punta del iceberg de un problema del que nunca se habla en la industria de la música, a pesar de que ya hay datos contundentes al respecto. En 2017, la asociación Help Musicians UK realizó un estudio con más de dos mil artistas, cuyas conclusiones resultaron escalofriantes: los músicos tienen tres veces más probabilidades de sufrir depresión en comparación con el resto de oficios. El 71.1% de los encuestados aseguró haber sufrido ataques de pánico o altos niveles de ansiedad en más de una ocasión, y el 68.5% confesó que sufría de depresión. Un año antes, la filial británica de Sony había abierto el primer departamento de asistencia psicológica (y hasta el momento el único) para artistas que hay en el sector discográfico, alarmado por la alta incidencia de la enfermedad en el sector. ¿Por qué ocurre esto?

«La posición del músico pop es realmente delicada», explica Francisco Pereña, psicoanalista y autor del libro «El melancólico y el creyente», entre otras publicaciones. «Para decirlo de manera genérica pero directa, vive una contradicción extrema, un verdadero desgarro: ha de representar lo que está fuera de la rutina social, lo marginal, y a la vez está exigido y obligado al éxito. El resultado es una esclavitud insoportable».

Así es probablemente como debió sentirse Cobain cuando apuntó aquella escopeta contra sí mismo el 5 de abril de 1994. «La obligación de ser “auténticos”, puesto que para la mediocridad ya están los otros, y de representar el éxito total, de pura apariencia y sobre todo de constante presencia, les crea un nivel de ansiedad muy alto porque no se les permite la ausencia, el retiro de la distancia, lo que les hace “auténticos” e “impostores” conjuntamente. Eso no es fácil de soportar», señala Pereña.

Veinticinco años después, esta presión se ve aún más agudizada por las redes sociales, «por tener que hacerse presentes a cada momento -señala el psicoanalista-, estén en un concierto o en un viaje vacacional. Han de alimentar la bulimia de sus seguidores, en verdad perseguidores, con fotos de cada lugar, de poses artificiosas de entusiasmo y de bello “look”». Así, un buen número de artistas de nuevo cuño «parecen estar obligados a la militancia de la “happiness”, sin espacio para respirar, estar triste o simplemente ausentes».

Soledad entre mucha gente

«El oficio de músico es un auténtico generador de incertidumbres», confiesa el archipopular Leiva, una estrella que no ha sufrido depresiones severas pero sí ciertos picos de ansiedad. «Primero por el tipo de vida que llevas, sin un hogar estable durante parte del año, y segundo por la irrealidad que supone subir a un escenario donde la gente te aplaude, y luego bajarte y ver que la vida es otra. Eso genera un pequeño trastorno de personalidad, porque a veces se intenta ser la misma persona arriba y debajo del escenario, y no siempre se consigue». Para el ex Pereza, lo más difícil es sobrellevar los contrastes de euforia colectiva y soledad total, «tener una ultracomunión con miles de personas, llegar al hotel y cerrar la puerta. Porque ahí los fantasmas vuelven, y el vacío que puedas sentir por otras cosas se hace incluso mayor. Gestionar ese equilibrio, a mí personalmente me cuesta un montón. En las giras se genera esa cosa extraña de la soledad entre mucha gente». Tal como describe Pereña, «la incapacidad para inscribir esa ausencia y esa soledad en sus vidas les convierte en puro vacío melancólico». Evidentemente no es el caso de Leiva, pero «ahí el vértigo suicida puede hacerse presente. Todo va a depender de los recursos psíquicos de cada sujeto, pero la situación de permanente éxito y de permanente presencia en la que viven es muy difícil de soportar, porque son esclavos de ella».

Leiva
Leiva - Maya Balanya

Otro importantísimo generador de ansiedad es la posibilidad de aparición de bloqueos creativos. «Tenemos pánico a la falta de creatividad. Todos tenemos terror a que se seque la fuente», sentencia Leiva. Y es que cuando irrumpe «la esterilidad creativa, cuando los músicos “desaparecen” -apunta Pereña-, ya no están en presencia constante y ahí su desmoronamiento puede resultar no fácil de evitar, porque se dan cuenta de que han dado todo su “ser” a cambio de un postizo finalmente inservible».

«Estoy completamente de acuerdo con esa frase», señala Iván Ferreiro, un artista que hace años sufrió varios episodios de ansiedad, pánico y depresión. «Lo peor es que no lo entiende nadie, porque se supone que eres un tío interesante, creativo, que vive haciendo lo que le gusta, alguien especial… ¿cómo cojones vas a estar deprimido? Yo no podía contarlo, y los que lo veían no lo entendían. Empecé a dormir mal y la gente lo asociaba con el mito del artista que siempre se acuesta tarde, en lugar de pensar que a lo mejor me pasaba algo».

Cuando la ansiedad le acechaba, el músico gallego sentía la necesidad irrefrenable de ponerse a grabar, «a hacer cosas, lo que fuera, porque confundía la depresión con el aburrimiento». En ocasiones eso derivaba en un insomnio extremo que terminó llevándole hacia una depresión «de verdad», que hacía que muchos días «no tuviera el día para ponerme a trabajar cuanto tocaba, o al revés, que mis músicos no pudiera seguirme porque yo llevaba un ritmo frenético».

Iván Ferreiro
Iván Ferreiro - ABC

En esas ocasiones en las que Ferreiro no se encontraba anímicamente bien, la sensación de culpa le invadía por «no tener ganas de estar con nadie, ni de conocer gente, ni siquiera de estar con mis amigos o mis compañeros de grupo, cuando se supone que nuestra vida es eso, conocer gente y estar de puta madre todo el rato. A veces me obligaba, y de pronto, cuando estaba sentado con ellos, me daba cuenta de que lo único que realmente me apetecía era estar en cualquier otro sitio, solo. Ahí entra el miedo, la angustia».

Durante aquella época, la cosa se puso bastante fea una vez que tuvo que viajar a Argentina. «En un piso de Buenos Aires me dio un ataque de pánico, estando completamente solo. Ahí descubrí lo que eran los ataques de pánico. Creía que eran como ataques de ansiedad fuertes, pero es otra cosa. Crees que te mueres, literalmente. Encima no tenía teléfono. Tuve que bajar a la calle, buscar un locutorio, llamar a mi hermano Amaro a España, acojonarle a él y a toda mi familia… Fue un susto muy grande».

El músico gallego sabe de primera mano que estos peligros son más difíciles de afrontar siendo solista, y cree que buena parte de los picos de ansiedad que aquejan a tantos colegas tiene que ver con «el síndrome del impostor». «Todos los que alcanzamos cierto éxito creemos que tenemos más de lo que nos merecemos, que cualquier día todos se van a dar cuenta de que no somos para tanto y se nos va a acabar el sueño de vivir de esto. Cuando ese pensamiento se apodera de ti, todo lo bueno que tiene este trabajo desaparece, y te domina la culpa. La gente te para por la calle y te felicita, y en lugar de celebrarlo lo sufres».

La montaña rusa

Igual que Leiva, Ferreiro cree que otra de las claves de la incidencia de la depresión en este trabajo «es que tiene muchas subidas y bajadas. La música funciona como una droga, y no lo digo en el sentido cursi de la palabra. Cuando toco, aunque esté jodido, me sienta bien. Es como hacer deporte, te equilibra. Pero cuando acaba el concierto, la soledad del hotel puede ser jodida. Por eso, yo cada vez más intento quitarle importancia a las subidas y bajadas, procuro llevarlo todo de forma más plana a nivel emocional. Por ejemplo, antes no podía ver a nadie antes de dar un concierto porque estaba excitadísimo, y ahora lo llevo todo de una forma más natural. Ahora puedo ir a La Riviera a tocar con Love of Lesbian, y a la media hora estar en la cama durmiendo como un bebé».

A Iván le diagnosticaron Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) hace unos años, lo cual le hizo sentir un enorme alivio porque por fin entendía algo de lo que le pasaba. «Salí del médico llorando de felicidad, porque descubrí por qué yo funcionaba así, y que mi insomnio y mi depresión venían también de ahí». El médico incluso le dijo que había encontrado el trabajo perfecto para esconder el TDAH, «porque me permitía la hiperactividad, y también el vacío, no hacer nada. Con esta profesión, si estoy mal puedo permitirme el lujo de quedarme todo el día viendo la tele hecho un ovillo».

Sin embargo, como señala el psicoanalista Francisco Pereña, cuando ese «no hacer nada» se prolonga demasiado, entra en juego otro tipo de presión. «Las compañías discográficas son extremadamente crueles, porque a los músicos no les permiten el fracaso, la necesidad de tomar distancia. Son objetos de consumo, mercancías efímeras». «Esa es otra parte muy rara de esta profesión», reconoce Ferreiro. «La gente te consume. Cuando voy a tocar a un festival soy un producto, lo sé. Pero a la vez soy una persona. Ese grado de exposición es complicado de digerir, porque sientes que en el fondo nadie te conoce de nada. Y encima la gente piensa que sí, que sí que te conoce. Eso te hace sentir muy, muy solo».

Pereña añade que en algunos casos, «la droga cumple un papel importante», ya que les protege del canibalismo del público». En el de Ferreiro fueron los porros los que le daban «una especie de pátina que me protegía del mundo», y cuando los dejó tuvo una sequía creativa de tres meses. «Era la época del disco “Casa”. No se me ocurría nada, pero ahí llegó la ayuda de Ricky Falkner para romper la racha. Desde entonces no me ha vuelto a ocurrir, y ahora me siento en la gloria».

Ese tipo de apoyos externos son un elemento «esencial» en estas situaciones, dice Ferreiro, que encuentra «muy interesante» el hecho de que una discográfica británica abriese un departamento de asistencia psicológica para sus artistas. «Estaría muy bien que eso fuera más común», dice el cantautor, que no obstante cuenta con «un manager que me cuida y me quiere mucho, que sabe leer las situaciones e intuir cómo me siento en cada momento. También mi hermano, que está en mi banda conmigo. No me quita ojo».

La maldición de la «depre» en este oficio afecta a músicos de cualquier edad, nivel de éxito o género. En el mundo hiper-artificioso del K-Pop podría fácilmente convertirse en epidemia, y la electrónica tampoco se salva, con casos muy mediáticos como el de Avicii, o no tan conocidos como el de la española Eme DJ, que relató su experiencia en un estremecedor hilo de Twitter. «La mayoría de las veces tengo ansiedad antes de un bolo, pero no llegan a ser ataques, solo un poco de nervios. Lo malo es eso, cuando mi cabeza se colapsa de tal manera que solo siento miedo a que la ansiedad vaya a más y termine por bloquearme, y vomitar o tener diarrea», confesaba la pinchadiscos, que una vez llegó a tener que pedir a su vecino que le acompañase a urgencias. «Me vio bajar en pijama tambaleándome pálida por las escaleras del edificio, y pensó que me habían agredido. "Sólo es un ataque de pánico" fue lo único que pude decirle, porque a veces me da tan fuerte que no puedo ni hablar».

Eme DJ
Eme DJ - ABC

La DJ madrileña cree que el ego «tiene mucho que ver» con el tema de la ansiedad y la depresión, en una especie de relación inversamente proporcional. «Mi conclusión es que a mayor ego, menor autoestima. Y más intentas que la gente te valore positivamente, a cualquier precio. Te expones más e intentas caer bien todo el rato. Agotador». Ella, que ha llegado a tener problemas de contratación tras hacer públicos sus problemas, también se ha sentido mal porque «se supone que ser DJ es el trabajo mas sexy del mundo. ¿Cómo es posible que alguien que gana dinero haciendo lo que más le gusta tenga estas mierdas? Yo misma me hundí más porque sentía que no disfrutaba de mi curro, porque tenía que estar guay y ser la hostia, estar todo el día postureando». Eme DJ asegura que conoce a muchos artistas que sufren ansiedad y depresión como ella, pero todos tienen «el mismo miedo» de contarlo.

Un artista pop que cae en este tipo de espirales nunca es un genio torturado, es un enfermo. Y siempre debería preocuparse más por sí mismo que por la imagen que pueda dar en una industria que, no lo olvidemos, sólo premia la autenticidad cuando ésta es amable y, por tanto, explotable. «Si los músicos no toman distancia interna de la impostura que les rodea, quedan excesivamente expuestos a la desvitalización», concluye Pereña. «Hay una expresión alemana, das Licht der Offentlichkeit verdunkelt alles, que se podría aplicar a esto. Se podría traducir como “la luz del público lo oscurece todo”».