Una imagen de «La Calisto», en la producción del Teatro Real
Una imagen de «La Calisto», en la producción del Teatro Real - Javier del Real

Calisto en la casa de fieras

Actualizado:«La Calisto»Teatro Real

A punto están de cumplirse los cincuenta años de la reposición moderna de «La Calisto», ópera de Giovanni Faustini y Francesco Cavalli, considerada piedra angular en los prolegómenos históricos del género. Prácticamente olvidada hasta entonces, su vuelta al Festival de Glyndebourne fue una hazaña más del inquieto director Raymond Leppard responsable de una eficaz edición musical. Poco a poco, la percepción del título ha ido cambiado en consonancia con las nuevas formas de interpretación y escucha de la música antigua. Lo que la London Philharmonic pudo ofrecer en 1970 tiene muy poco que ver con lo que ahora propone el grupo de músicos reunidos en el foso del Teatro Real, alianza de la Orquesta Barroca de Sevilla, el Monteverdi Continuo Ensemble y otros instrumentistas bajo la dirección de Ivor Bolton.

Tras Leppard vino algún intento importante, como el de René Jacobs, también con partitura propia a medio camino entre el rigor y la recreación personal. La actual «Calisto» se asegura la fidelidad de fondo gracias a la moderna edición musical firmada por Álvaro Torrente en 2011, cuya introducción es un meticuloso y admirable relato acerca de las singularidades de la obra y sus fuentes. Gracias a este texto, hoy «La Calisto», su fórmula, es más exacta, según término de Italo Calvino incluido en sus propuestas para el milenio, pero quizá no sea tan intensa: más leve, por ahondar en las profecías del escritor.

Con independencia del colorista añadido de algunos vientos, lo que se escucha en el Real parte de una calidad instrumental correcta, al margen de la circunstancial falta de exactitud de la percusión en el estreno de ayer.

El total es amable, educado, complaciente, especialmente cariñoso cuando apoya a Tim Mead que otorga a Endimione un tierna humanidad. Notable ante su «Cor mio, che vuoi tu?». Junto a Monica Bacelli, Diana, dibujan buenos momentos. Ed Lyon, como Pane, proyecta con autoridad; demuestra categoría en el gesto Guy de Mey, y, en este primer reparto también con presencia de voces veteranas, representa un punto de mordaz lascivia la actuación de Dominique Visse. Louise Alder hace crecer a la protagonista, el personaje más caracterizado en sus ánimos, desde lo insustancial a la solidez de cierre. Bien afirmado Andrea Mastroni como Silvano y más toscos Nikolay Borchev y, sobre todo, Luca Tittolo, el dios Júpiter.

Aún así, la obra crece arropada por una música formidable y una puesta en escena con sentido. También aquí hay que echar la vista atrás. La evocación histórica para Leppard firmada por Peter Hall, entonces director de la Royal Shakespeare Company, o la «veneciana» y celestial propuesta de Wernicke con Jacobs, se distancian de lo que David Alden trae a Madrid y estrenó en la Bayerische Staatsoper.

Es curioso observar cómo el aspecto musical es hoy más riguroso cuando se aborda el repertorio antiguo mientras se apuesta por la libertad de acción en la escena, lo que configura un total anacrónicamente digerible. Sobre todo porque Alden tiene la habilidad de ir atrapando al espectador hacia su casa de fieras. El empíreo anuncia un luminoso, aunque lo parezca poco esta esperpéntica reunión de personajes, de seres a cada cual más singular, insolente, desacomplejada y extravagante. Y porque el cambio es de espacio pero no de fondo.

«La Calisto» se explica desde el inmediato enredo teatral en un hotel/burdel de espíritu sicodélico. Importa la acción y poco la moraleja que apenas asoma ante los ojos del espectador tras la escena final. Calisto aparece vestida de baile al tiempo que el techo negro y brillante desciende con su blancos plafones semicirculares. Ella y la corte giran, y todo se refleja en la superficie. «Il ciel rida a’contenti» canta el coro de «menti celesti». A punto está de concluir una representación que logra por disipar las dudas y vacilaciones previas.