Aretha Franklin, en el Festival Español de la Canción de Benidorm en 1970
Aretha Franklin, en el Festival Español de la Canción de Benidorm en 1970

Aretha Franklin, una fuerza desatada de la naturaleza

Artista imprevisible y genial, ha muerto a los 76 años en Detroit, rodeada de su familia y sus amigos más íntimos, después de una larga enfermedad

Con la desaparición de la reina del soul se cierra un capítulo irrepetible de la música negra contemporánea y se pierde una seña de identidad definitiva

Muere Aretha Franklin, la gran diva del soul

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Era, sobre todo, descomunal, una fuerza desatada de la naturaleza. Aretha Franklin, imprevisible y genial, supo convertir sus canciones en un mosaico de vivencias y emociones de género, a las que la inspiración religiosa vivida cuando niña, imprimió una desbordante pasión. No es necesario decir que con su muerte se extingue una de las más grandes intérpretes de música negra de todos los tiempos. Un cáncer y otras enfermedades que acechaban su salud han acabado con la existencia de una artista mayúscula a la que siempre le vino estrecha la circunscripción en cualquier ámbito estilístico concreto.

Aretha Franklin fue una artista fundamental en el capítulo crítico del rhythm & blues y el soul durante los años 60 del siglo XX pasado. Hacía exactamente una década que el blues rítmico se había convertido en rock and roll, y ella, aconsejada por Sam Cooke, fue una de las primeras en contribuir a la divulgación del soul, una música que suponía la adaptación para el gran público del rhythm & blues afroamericano, y que fue un auténtico directo a la mandíbula del rock and roll, porque su vigencia se prolongó durante los años 60 y 70, llegando incluso hasta nuestros días.

Primeros pasos

Aunque crecida en Detroit, Aretha había nacido en Memphis, Tennessee, el 25 de marzo de 1942. Como tantas otras colegas de generación, comenzó probando con la música de las iglesias, proceso que, en su caso, tuvo un protocolo natural. Su padre, el reverendo L.C. Franklin, era una supernova del gospel, y su madre, Barbara Siggers, también cantaba profesionalmente. Por la casa familiar pasaban las personalidades más importantes de la música negra de aquellos años. Mahalia Jackson, de hecho, tras la marcha del hogar de la madre de Aretha cuando ésta solo contaba seis años de edad, fue su mentora principal, si bien es bueno precisar que la niña quedó al cuidado de personas pertenecientes a los círculos de Clara Ward. Este es motivo suficiente para que Aretha declarase siempre que aquella cantante de gospel había sido su influencia principal.

Todo en ella fue precoz. Lo fue formando en la Franklin Gospel Caravan, un combo itinerante creado por su padre, y lo fue también cuando realizó sus primeras grabaciones a los 14 años. Entre 1957 y 1959 tuvo dos hijos y, un año más tarde, cuando solo contaba con 18, el cazatalentos John Hammond la dio a conocer al mundo. Del mismo modo que el skyline define la silueta de una ciudad, Columbia Records, el sello por el que la artista fichó, trazaría en el siguiente lustro su perfil artístico. Aretha propuso un diálogo en profundidad entre el jazz, el gospel y el pop, pues no hay que olvidar, en este sentido, la senda que había abierto Sam Cooke, su consejero.

A partir de esta ficha básica, sus opciones fueron históricamente discutibles. Salvo su primer éxito, «Today I sing the blues», la canción que se incluía en el álbum «Aretha with The Ray Bryant Combo», de 1960, el resto de su producción para Columbia no fue precisamente destacable. Por sus venas corrían las diferentes sangres de Ray Charles, Clara Ward y Dinah Washington, a la que homenajeó en un disco de 1964, y, aunque la diversidad de tendencias en su música era un índice de su multiforme vitalidad, los productores malgastaron su talento. Tuvo que llegar Jerry Wexler en 1966, ofreciéndole un contrato en Atlantic, para que todo cambiase a mejor. Y lo hizo. Aquel tórrido y sugestivo soul de discos como «Aretha arrives» o «Lady Soul», de 1967 y 1968 respectivamente, la encumbraron definitivamente. Fue bautizada como Lady Soul, estrellas como Eric Clapton colaboraron en sus discos, y la opinión pública hizo de ella un mito y un sustantivo de las conquistas de la América negra, que no dudó en convertir su canción «Respect» en un himno de resistencia.

Tiempos convulsos

Aretha Franklin vivió tiempos de enormes convulsiones sociales para su pueblo y la más importante fue, sin duda, el asesinato de Martin Luther King. El suceso se produjo en 1968, un año en el que su foto apareció en la portada de la revista «Time» y en el que recibió, precisamente de manos de aquel pastor, el premio Christian Leadership Council. A aquellos aficionados, un público que había dicho adiós a la adolescencia bajo la provocación de Vietnam y había perdido su virginidad moral con los escritos de Amiri Baraka, no podía seguírseles ofreciendo los cantos apologéticos del «sueño americano» implantado por generaciones anteriores de intérpretes blancos. Esta mutación moral se observó, en líneas generales, en los nuevos artistas, y Aretha no fue una excepción.

En aras de la funcionalidad, es mejor ahorrarse ahora el tiempo muerto vivido entre 1969 y 1970, y saltar a su asociación con la orquesta de King Curtis, con la que compareció en el Philarmonic Hall de Nueva York y en el Fillmore West de San Francisco. De este último recital, junto a Ray Charles, hay documentado un disco con el que se puede disfrutar a lo grande: «Live at Fillmore». Es anterior a «Amazing Grace», este registrado, también en directo en 1972, junto a su padre y el Southern California Community Choir, con la dirección de James Cleveland. Para entonces, Aretha Franklin, mujer que siempre puso la emoción a debate, ya había roto sus relaciones con el productor Jerry Wexler y buscó el talento de otros, Quincy Jones, entre ellos.

Todo fue en vano. La música disco había llegado a las vidas de los cantantes negros del momento, y Aretha no conseguía encontrar el rumbo exacto para acceder a la cartografía de su futuro. Arista se convirtió en su nueva fonográfica, y cómplices como Curtis Mayfield, Lamont Dozier y el guitarrista y cantante George Benson se dejaron ver en los créditos de algunas de sus nuevas producciones. «Granujas a todo ritmo», la película de John Landis, le abrió un hueco en su reparto en 1980, y, durante un tiempo, pareció que renacía su éxito. Sin embargo, el paso de los meses puso las cosas en su sitio. Ni las producciones nuevas de Luther Vandross, ni sus duetos con Elton John, Whitney Houston o Frank Sinatra, consiguieron que sus fans dejasen de evocar aquellas hazañas de la época de Atlantic.

Las sucesivas reconversiones sonoras experimentadas por la música soul, cogieron a Aretha con el paso aún más cambiado. Publicó discos recopilatorios, realizó alguna que otra grabación ocasional y tuvo apariciones públicas muy puntuales, como las que le procuró su gira «The Queen is Or», mediada la primera década del milenio. En 2009, su canción «My country this of thee», de cruda intensidad, volvió a escucharse durante la ceremonia de investidura del presidente Barack Obama. Poco después, una intervención clínica la obligaba a vivir en la retaguardia. Su última aparición pública se produjo en 2017, con motivo de un concierto que la Fundación Elton John organizó en Nueva York con el fin de recaudar fondos para la lucha contra el sida. Con Aretha Franklin se cierra un capítulo en la música negra contemporánea y se pierde una seña de identidad definitiva.